tribuna de opinión

Una puerta abierta, la arquitectura de la hospitalidad

  • Los autores analizan cómo las interminables colas para acceder al Real Alcázar distorsionan su imagen y funcionamiento en una ciudad que aspira a la excelencia patrimonial

Una puerta abierta, la arquitectura de la hospitalidad Una puerta abierta, 	la arquitectura 				de la hospitalidad

Una puerta abierta, la arquitectura de la hospitalidad

Los bienes patrimoniales se han visto sometidos a los condicionantes y actividades que caracterizan el tránsito de las ciudades hacia la globalización electrónica. Podríamos decir que sus condiciones de contorno han mutado como resultado de su pertenencia, no ya a un medio local, sino global. Sus imágenes, producidas por un ejército de visitantes, les preceden, envolviéndolos con una especie de halo que adelanta su apariencia, simplifica la complejidad de sus ambientes y amenaza su identidad. Las demandas que ahora se les hacen sobrepasan con mucho las prestaciones para las que fueron construidos. Los comportamientos de sus habituales y masivos usuarios corresponden a modos de vida muy diferentes de aquellos a los que sirvieron sus espacios.

Todo ello plantea que su gestión, su cuidado y su conservación, su adaptación justa a estos nuevos tiempos, se haya complejizado extraordinariamente, desbordando a menudo las previsiones y los protocolos dispuestos para ello. Nadie piensa, ante este desafío, que se deba tomar la vía de las soluciones radicales: la limitación, por ejemplo, de sus visitantes o el rediseño de su gestión.

En una situación como la descrita, no deja de sorprendernos gratamente el contenido y la estrategia planteada por el Proyecto Patrimonial que la Administración de los Reales Alcázares de Sevilla ha propuesto para solucionar el acceso de los visitantes al monumento. La presencia cotidiana de interminables colas para acceder al conjunto distorsiona, paradójicamente, la imagen y el funcionamiento de una ciudad que aspira -por su historia y su idiosincrasia- a la excelencia patrimonial, que es tanto como decir sostenible. Actuar sobre esta disfuncionalidad supone no sólo resolver el alojo conveniente de una actividad externa, sino establecer la continuidad adecuada, la articulación precisa, entre monumento y entorno, que ahora tiene en sus visitantes globales un desafío que nunca conoció. Puerta, jardín-compás y patio, una secuencia histórica que convocaba a las diferentes estancias que lo rodean, se convierten en un dilatado umbral de recibimiento y espera que resuelve las exigencias de funcionalidad y habitabilidad para un acceso de masas a su interior.

En nuestra reciente historia democrática se apostó, desde la gestión institucional del patrimonio, por un marco legal y administrativo capaz de establecer una opinión objetivable y, con ello, compartida por la mayoría de los ciudadanos. La experiencia de estas últimas décadas nos ha demostrado que ello no era suficiente para una sociedad guiada por los medios de comunicación, en la que cualquier causa es juzgada en un foro pretendidamente abierto, en el que instituciones, agentes culturales y sociedad establecen un intercambio de opiniones que pretenden garantizar un entendimiento certero de cada problemática patrimonial. Así, investirse de la autoridad que da el conocimiento del bien y crear opinión pública, ha sido una manera plausible de conseguir un acuerdo cultural que ilumina la problemática relación entre sociedad y patrimonio.

La estrategia de cualquier proyecto patrimonial debe partir de aquí, entendiendo que la certeza de su propuesta consiste en establecer una opinión compartida por la mayoría social, necesitada de ajustes, a partir de la manifestación de los puntos de vista que se aportan, y que recorre desde el diagnóstico de la problemática tratada a la difusión de su actualización. Así ocurre con este proyecto, donde se apuesta por un conocimiento relacional capaz de incorporar al científico también la sabiduría de las experiencias y anhelos de otros actores convocados al sitio, valorando las dinámicas propias del conjunto y su entorno.

Entenderemos fácilmente este modo de proceder, ya contrastado por expertos e investigadores, si vemos con mayor detenimiento la propuesta planteada para la Puerta del León por la dirección de los Reales Alcázares, con el equipo del arquitecto Francisco Reina y del arqueólogo Miguel Ángel Tabales. La lógica de la intervención atiende más a encontrar las claves desde las que desvelar y dar a conocer a los distintos agentes y ciudadanos las posibilidades del sitio y de su memoria, que a la mera respuesta funcional y formal. Un proceso que incide directamente en la transmisión del conocimiento y la gestión del monumento, pero también y con ello, en una participación que se traduce en revisar la imagen decantada por un turismo de masas que la hace refractaria para muchos ciudadanos, que no anima a vivirlo, a la visita casual o distraída.

Así, una pequeña intervención en los tornos de acceso a los Alcázares que pretende resolver lo coyuntural de un problema sobrevenido como son las largas e inhóspitas colas de visitantes, nos permite releer, desde otros puntos de vista, el modo convencional con el que es visto el monumento, dotando con un potencial valor a cada escenario y elemento afectado, hasta llegar a una comprensión -casi holística- del conjunto: una parte del mismo se convierte en interlocución con el todo. En el conocimiento riguroso del bien, de sus estructuras, pero también en lo que de narrativo tiene su vivencia cotidiana, están las respuestas y posibilidades para recomponer la situación que presenta en la actualidad, la inapetencia que supone la dificultad de detener el paseo por la ciudad y aguardar un incómodo turno de entrada.

La propuesta plantea la recuperación del carácter público del Patio del León, como espacio de intercambio entre la ciudad y los Palacios del Alcázar al que ya accedían los vecinos desde el siglo XIV, valorando la potente escenografía y monumentalidad que construyen puertas, torres y murallas; y más allá, la línea de cielo del conjunto catedralicio. Un recinto potente que recupera su unidad con un plano de suelo neutro que respeta el arbolado, y que habilita en un lateral los accesos de los visitantes a través de una discreta fisura hacia la casa militar, ámbito con condiciones favorables para resolver todo el sistema de control de acceso. Además, la recuperación de la hipotética solución histórica del paso tanto al palacio del Yeso como al recinto primitivo del Alcázar desde el Patio de la Montería, permite un tránsito tangencial más adecuado.

De los tornos de la entrada a la sección unificadora que recompone sentidos pasados y habilita otros nuevos para encaminarse a un futuro cercano más integrado con la ciudad y sus ciudadanos. Dilatar la línea de control de acceso que supone la actual Puerta del León es desvelar o recuperar otras vivencias y experiencias del sitio, reactivarlo con la gente de la ciudad. El Alcázar, la puerta y patio del León, sus árboles y sombras, sus texturas... Se configuran así como lugar de encuentro y convocatoria para propios y extraños, sus elementos y efectos se disponen para acompañar al visitante en una experiencia siempre, y para todos, singular. Sabiendo además que este efecto se replica en su apeadero, en el Patio de Banderas, en sus jardines, en el Paseo Catalina de Ribera, en el patio de la Casa de la Contratación… Habilita un sentido nuevo.

¿Han tenido la oportunidad de que un arqueólogo le explique un espacio patrimonial, unos de esos ámbitos históricos de la ciudad o el territorio, que milagrosamente han llegado hasta nosotros? Cuando lo hacen, la visión espacial que tenemos de las formas y los espacios en los que estamos inmersos: patios, compases, pórticos, huertas, galerías o jardines, se cargan -irremisiblemente- de tiempo, de historias. Han envejecido de repente, trasmutando su apariencia, para decirnos que ellos tienen su propia biografía encarnada en múltiples rostros. Es esa comprensión la que arma esta propuesta y, por ello, una promesa de un mejor Alcázar.

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