Los invisibles

"El único recuerdo de la Encarnación es la plaza llena de jaramagos y hierbajos"

  • Dirige el hotel que fundó su padre hace casi medio siglo. La mejor atalaya para ver las setas de Jürgen Mayer en la Encarnación. Fue 'negro' en la Junta y su auténtica pasión es la literatura.

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EUSEBIO Moreno tuvo al quinto de sus seis hijos el penúltimo día de 1958. Tres meses después, 20 de marzo de 1959, tuvo un hotel, el Ducal, primero que se abría en Sevilla tras la guerra. Don Eusebio tiene 95 años. Aquel niño, Íñigo Moreno, relevó a su padre en la dirección de este hotel de la Encarnación.

-¿Cómo fue su entrada?

-Apoteósica. Llegué en el 93. Sevilla había vivido la fiebre feroz de los hoteles. Sólo para la Expo se abrieron cuarenta. Sobraban ocho mil camas. Todo el mundo había venido a Sevilla y no tenían ganas de volver. Cuando se inauguró éste, hacía muchos años que no se abría ninguno. Mi padre me preguntó si iba a saber. Yo no había vendido ni una bolsa de pipas, pero esto no era la NASA. Y estaba harto de soportar jefes.

-Estudió Periodismo. ¿Le hacía más ilusión dirigir un hotel que un periódico?

-A mí lo que me habría gustado ser es escritor y mujeriego. No he sido ni una cosa ni la otra. Mi trayectoria de periodista se repartió entre tres años en Radio Aljarafe en los que me divertí mucho, no gané un duro y trabajé como una bestia, y la Oficina del Portavoz del Gobierno. Con Ángel Ojeda en Hacienda, López Martos en Obras Públicas y en la Expo. Hice de negro en cosas que se publicaron sin mi nombre. Las que lo llevan no las conseguí publicar.

-¿A la literatura llega por el periodismo o por el hotel?

-Llego por el vacío y el aburrimiento de una adolescencia problemática. Un verano en El Puerto de Santa María entré en una librería y compré Cien años de soledad. Cuando lo terminé, me dije a mí mismo: Hay que ver lo que te estás perdiendo. Ese día me impuse como disciplina leer cinco horas diarias. Como si fuera un trabajo.

-Para eso es mejor ser recepcionista que director de hotel...

-Y si tienes turno de noche, no te digo nada.

-¿Hay clientes que se alojan para ver mejor las setas?

-Todavía no, que yo sepa. Sí vienen muchos periodistas. Y con frecuencia, la gente de la obra me pide permiso para subir a la azotea y verla desde aquí.

-¿Le desespera el retraso?

-Nadie quiere una obra enfrente de su habitación de hotel. Además, está muy feo. Aunque el único recuerdo que yo tengo de este espacio es lleno de jaramagos y hierbajos. Las setas, económicamente, para nosotros es la solución más rentable, pero hubiera preferido una más humana. A ver cómo se integran. Junto a la Catedral levantaron una casa regionalista. En su momento se darían bocados y hoy están integradas.

-¿Cambió el perfil del cliente?

-Los conserjes antiguos contaban que antes la gente en los pueblos se casaba y su luna de miel consistía en pasar la noche de bodas en un hotel de la capital. Bajaba el novio avergonzado, con la novia detrás, y preguntaba: ¿Podemos salir? Hoy las cosas son distintas. Mi padre ha ido al pueblo de mi abuelo, Estepa de San Juan, en Soria, en una diligencia tirada por mulas, y ahora, mientras se tomaba su copa de manzanilla, podía estar viendo a Pedro Duque en su estación espacial.

-¿Por qué son tan literarios los hoteles?

-En un hotel hay muchos encuentros fortuitos y donde hay mucha casualidad acaba por ocurrir algo. En un hotel pasan muchísimas cosas. La gente se encuentra, liga, parece prosaico, pero es así. Una vez llegó un cliente mexicano y el conserje comprobó al ver el pasaporte que los dos habían nacido el mismo día del mismo mes del mismo año. Entró la mujer del turista y había nacido el mismo día del mismo mes del mismo año que la mujer del conserje.

-¿Se inspira en sus clientes?

-Algunas notas he tomado en mi novela Los nuevos trabajos de Persiles y Sigismunda. También sale este hotel con otro nombre, hotel Condal, y hago una parodia de mí mismo como director de hotel exagerando mi carácter.

-¿Es muy exigente con los hoteles cuando viaja?

-Ni con los hoteles ni con los restaurantes. Lo único que me gusta cuando salgo fuera es caminar, patearme las ciudades. En La Habana me alojé en el Nacional, el mejor hotel de Cuba. Pedí un mojito y no me lo sirvieron porque en plena crisis no tenían ni limones.

-¿Es cliente del mercado?

-Muchas veces compro en el mercado el bocadillo que me tomo sentado al sol con el libro que llevo a todos lados. Ahora estoy con Vida y destino, de Grossman.

-Siendo inédito, ¿se siente John Kennedy Tooole en La conjura de los necios?

-Es al revés. Yo estoy vivo y mi madre se murió. Mi padre sí ha leído mi novela.

-¿Un libro puede ser tan balsámico como un buen hotel?

-París era una fiesta, de Hemingway, lo leí como antidepresivo. Lo malo es que idealizas París.

-¿Las fiestas primaverales son un reclamo turístico de Sevilla?

-De primer orden. Lo que pasa es que se han perdido las auras. Las auras románticas y misteriosas.

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