Al sur de Manuel J. Lombardo

Al igual que a los Habsburgos hispanos, a Manuel J. Lombardo le gusta vestir de negro, el color de la muerte, la etiqueta, los hidalgos pobres y los cinéfilos festivaleros. Nacido en Jaén, llegó a Sevilla para alistarse a esa oronda legión de modernos gracias a la cual la ciudad no se ha quedado girando eternamente alrededor de su propia melancolía. Hombre de ánimo cambiante y fiera ironía, usa el humor y el sarcasmo como una coraza con la que intenta protegerse (evidentemente sin conseguirlo) de las cuchilladas de la vida.

Sin embargo, al sur del personaje que ha decidido interpretar, habita el Lombardo más interesante: un hombre de una cultura cinematográfica enciclopédica, de inteligencia rápida y chispeante, disfrutón de la comida, el vino y la amistad.

Como crítico muestra una independencia casi patológica que le lleva a cuestionar no sólo las ramplonas películas del Hollywood más comercial, sino también algunos mitos y héroes del discurso oficial de la modernidad de Andalucía, España y la Humanidad.

Hace tiempo, una adolescente le dijo al entrevistador que lo primero que buscaba de las páginas de Diario de Sevilla eran las críticas de Manuel J. Lombardo. Las montañas de Santander fueron testigo. Pocos pueden presumir de semejante currículum.

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