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Nunca es tarde para las mil noches

  • Creación. Doble presencia de Fernando Quiñones en 'Las mil noches de Hortensia Romero' que interpreta Montse Torrent y un libro de Alejandro Luque sobre su amistad con Borges

Montse Torrent, caracterizada como Hortensia Romero en la obra de Quiñones. Montse Torrent, caracterizada como Hortensia Romero en  la obra de Quiñones.

Montse Torrent, caracterizada como Hortensia Romero en la obra de Quiñones. / d.s.

Atéllez le pasa como al Dios de La Peste: está en todas partes. Uno de los sitios en los que estaba ayer el director del Centro Andaluz de las Letras era, con la lluvia fina de las cinco de la tarde, en una mesa del Habanilla con la actriz portuense Montse Torrent, que se metió en la piel de Las mil noches de Hortensia Romero de Fernando Quiñones, una de las obras con mayor número de representaciones que en vida del autor chiclanero, veneciano consorte, que es como ser carnavalero al cuadrado, ya llevó a los escenarios Ramón Rivero.

Es la segunda presencia de Quiñones en el día de ayer, el finalista del Planeta con La canción del pirata. En las librerías está la reedición que Alejandro Luque ha hecho de los años de amistad de Borges y Quiñones, diametralmente opuestos en lo ideológico, afines en la esencia de la creación, hermanos del disparate. En la fotografía que acompaña esta crónica, aparece Quiñones detrás del escritor argentino, escoltado por Dámaso Alonso y Luis Rosales. Los suecos que premiaron a Bob Dylan -habrá que decirles que Perales ha publicado una novela- ningunearon al autor del Aleph que en 1984 participó en Sevilla en un Seminario de Literatura Fantástica. El jurado del premio Cervantes tampoco estuvo muy fino y se lo dio ex aequo, el latinajo de las clasificaciones de los ciclistas, con el poeta Gerardo Diego, compañero de generación de Dámaso Alonso, el más irlandés del grupo.

Borges no ganó el Nobel ni Quiñones el Planeta, pero siguen conquistando lectores

Juan José Téllez y Alejandro Luque son amigos, paisanos y comparten con quien suscribe la condición de hijos putativos de Jesús Hilario Tundidor, poeta zamorano nacido en la República que así nos reconoció en un seminario de periodismo y literatura que se celebró en Granada. Una cita en la que tuve ocasión de conocer a Jesús Pardo, autor de unas corrosivas memorias que tituló Autorretrato sin retoques, y a Raúl Guerra Garrido, considerado por Fernando Aramburu, el autor de Patria, como el pionero de los que se atrevieron a novelar la infamia de Eta, con novelas como La carta o Lectura insólita de El Capital con la que ganó el premio Nadal. Las noticias de esta semana me han llevado a otra de sus novelas, que tituló Copenhague no existe.

En la mesa de La Habanilla hablamos con Montse Torrent de teatro. Esa gozosa costumbre del Madrid que descubrimos como estudiantes de Periodismo, donde te podías encontrar con La casa de las chivas, de Jaime Salom, La resisistible ascensión de Arturo Ui, de Bertolt Brecht, que José Luis Gómez dirigió con versión de Camilo José Cela -el académico de Huelva ya fue Pascual Duarte en el cine-, Las arrecogías del beaterio de Santa María Egipciaca, de José María Martín Recuerda, o La sopera, con Manolo Gómez Bur, que reinaba en las carteleras de la Gran Vía donde figuraba como acontecimiento cinematográfico Papillón.

Montse Torrent ha hecho a Valle y Chejov con todos los grandes del teatro andaluz

Montse Torrent ha trabajado con todos los grandes del teatro andaluz: Juan Carlos Sánchez la dirigió en Así que pasen cinco años, obra que treinta años después vuelve a montar Ricardo Iniesta con el grupo Atalaya; con Antonio Andrés Lapeña trabajó en una de las piezas de Valle x Tres; José María Rodríguez Buzón llevó la batuta de Querido Chejov y Alfonso Zurro, director de La Jácara, en Retablo de comediantes. Josefina Molina la dirigió en La lozana andaluza, la adaptación que Alberti hizo de la obra de Francisco Delicado. Y ahora esta Hortensia Romero de Quiñones con dirección de Pilar Távora.

El cine y la televisión fueron para el teatro lo que internet ha sido para el cine y la televisión. Las nuevas tecnologías son muy viejas: vienen para quedarse, pero siempre con la fecha de caducidad. El mañana viene con el ayer en la etiqueta, como los versos de Quevedo. En el Lope de Vega terminaron ayer las funciones de El cíclope y otras rarezas del amor, de Ignasi Vidal, sobre textos de Cortázar. El autor argentino, a diferencia de las nuevas/viejas tecnologías, cada vez goza de mejor futuro. En el Ave, hace unos días, dos chicas iban con su lectura ferroviaria: una con El cuento de la criada, de Margaret Atwood; la otra leía Rayuela de Cortázar, de quien en La hora cultural de TVE recordaron su traducción de Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar. Uno de mis encuentros con Cortázar fue su edición de Paradiso, de Lezama Lima, con dibujos de René Portocarrero. Teatro de autor con dos intérpretes excelentes, Eva Isanta y Manu Baqueiro, que son como parientes de millones de familias españolas que los siguen a ella como la Cuqui de La que se avecina, la descacharrante pareja de Amador, el mandanga albaceteño; a él como el Marcelino de El Asturiano, el bar de la serie de sobremesa Amar es para siempre, secuela de la historia que imaginó un triunvirato de guionistas entre los que figuraba Antonio Onetti, que también está en el florido currículum de Montse Torrent.

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