Un trabajador de Airbus presenta un libro de filosofía

  • Rubén Muñoz elige para presentar su obra 'Elogio de la contemplación' al profesor que le dirigió su tesis y tesina.

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Aunque trabaja en los aviones, en el departamento de seguridad de Airbus, Rubén Muñoz Martínez (Sevilla, 1978) es un "funcionario de la humanidad". Es la definición que Husserl daba del filósofo, la pasión de este joven, que ayer, para que le presentara su tercera obra, eligió a José Villalobos, que fue su profesor de Filosofía y le dirigió la tesis doctoral y la tesina. De la primera, titulada La significación ontológica de la palabra en Heidegger, hizo una versión divulgativa que tituló Resonancias y silencios de la palabra.

El psiquiatra Jaime Rodríguez Sacristán, autor del prólogo, introdujo en el Círculo Mercantil este Elogio de la contemplación. "¿Se imaginan ustedes que alguien vaya a televisión a hablar de la contemplación?", preguntó Villalobos. "¿O a la radio? Al tertuliano lo echarían al día siguiente y no le pagarían".

La contemplación es la mejor receta para estos días de tribulaciones, como Villalobos prefiere llamar, con los Salmos, a la crisis. En presencia de su mujer, Rubén Muñoz leyó el texto que dedica "a mi amante, la Filosofía".

Su profesor y director de tesis inscribe el libro de su alumno y discípulo en los diarios filosóficos, género que cultivaron Leopardi o Paul Valery. "Olvidó ponerle fecha", bromeó. Claridad sin fecha, como el libro de poemas de Juan Sierra.

Lo saluda como nuevo joven filósofo curado de modas. "Yo he conocido tres o cuatro modas y todas pasan: el marxismo, la analítica, la edad del pavo de los posmodernos". La contemplación saldrá de las tertulias y los best-seller, pero está en el día a día. "La revolución es de la masa y es perversa", dice Villalobos, "pero la rebeldía es individual, el motor de la historia. La generosa inadaptación, la llama el doctor Marañón".

El autor de Elogio de la contemplación es un rebelde con causa que escudriña los significados del silencio. Celebra el profesor la emergencia de un autor que escribe fuera de la Universidad, "cerrada y clientelar".

El joven escritor echa en falta no poder hablar "con Borges, Bergson o Heidegger". Su obra no es un guiño a los elogios novelescos de Saramago (de la locura, de la ceguera). Es otra deferencia con su maestro, Villalobos, y su Elogio de la radicalidad. Un maestro que glosa la paciencia, la fortaleza, que dedicó 43 años de su vida a la docencia y ahora escribe "para que me lean cuatro amigos y mis hijas". Y su discípulo.

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