Sevilla

El 'vacío' más lleno de Sevilla

  • El Consistorio planea 'resucitar' 162 años después la configuración física de la vieja plaza del Salvador del arquitecto Balbino Marrón, que apenas duró 15 años en la larga historia de cambios y tránsitos de este foro

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El Salvador no es el origen. Más bien al contrario: el espacio público, el foro político, civil unos días, religioso otros, es lo que explica que en un momento determinado, entre los siglos XVII y XVIII, un grupo de sevillanos levantaran en este solar patrio la actual colegiata, catedral suplente y oficiosa de Sevilla. Claro que, antes del templo cristiano, ahora rehabilitado, hubo otras sedes previas: un templo romano primero; una basílica visigoda después. Incluso una mezquita omeya durante bastantes siglos. La plaza fue siempre una extensión física del edificio religioso y político -entonces ambos conceptos iban de la mano- adjunto. Hasta el punto de que lo que se alteraba a lo largo del tiempo comenzó a ser ya este inmueble principal mientras el foro permanecía -con usos diversos y múltiples- estable, sin dejar de ser. Casi inmutable.

Su función más prolongada consistió en funcionar como cementerio, cosa que fue hasta el siglo XVII. Antes ejerció como escenario de la vida cotidiana -la lucha por el poder; la batalla por la superviviencia- tanto en la etapa de la urbe romana, como cuando Sevilla era conocida como cabeza de Vandalia. Isbilya consagró definitivamente al enclave como sede su primera mezquita y avivó los usos comerciales a su alrededor, dando nombre al sinfín de plazas más diminutas que todavía sobreviven. Durante siglos estuvo sin urbanizar, cambiando de forma y función urbana al capricho del edificio que en aquel momento histórico fuera su señor principal. Pero sobreviviendo a días y noches extraños, cuando la ciudad, siendo la misma, era completamente distinta.

Su configuración actual deviene de los años ochenta del pasado siglo XX. Es la suma de múltiples herencias previas, unas más afortunadas que otras, pero todas trascendentes en cierta medida para consolidar al Salvador como el vacío -todo espacio público es un paréntesis en el continuo de la trama urbana- más vivo de Sevilla, al ser escenario por igual de celebraciones, bodas, procesiones, desfiles y un largo rosario de episodios sevillanos. Actividades del común. Hogar de decesos y zoco de mercancías mutantes. Allí se han vendido desde frutas -los ancestros de los comerciantes de la Encarnación empezaron a mercadear entre sus lindes- a arena, tierra, pan y ladrillos. No es pues raro que en el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán se la cite precisamente como bolsa de materiales de construcción y derribo, toda una metáfora de aquella Babilonia menor que fue la ciudad durante el Siglo de Oro. También tuvo sus sucesivas etapas de ágora provinciana, pasillo egregio para el desfile del Corpus y gigantesco aparcamiento en superficie. Un lugar al que igual ibas a ver un entierro que a disfrazarte (durante las máscaras de San Sebastián). Donde podías torear -funcionó como talanquera durante el XVII- o acudir al atardecer a oír misa junto a las familias de la burguesía sevillana. Un microcosmos histórico.

Como toda gran plaza, el Salvador conserva parte de estas distintas pieles. No se empedró hasta el XVI y los adoquines, que a algunos les parecen casi eternos, no llegaron hasta el XIX. Durante este siglo es cuando su aspecto cambió más en menos tiempo. Justo de esta época -1846- data el diseño de plaza-salón de Balbino Marrón, tomado ahora como referencia. Este arquitecto dividió el espacio en dos ámbitos: el central, a modo de paseo con bancos y árboles; y su perímetro, destinado a la circulación. Pero su ágora no resistió más de 15 años. Las críticas de los comerciantes forzaron su sustitución por un proyecto de plaza elíptica firmado por Heredia Tejada. Desde entonces no ha hecho más que perder terreno en favor de los coches, un proceso que tuvo su punto álgido hace casi 40 años, cuando todo su pavimento se cubrió con la marea de asfalto que ahogaba a la Sevilla que pasaba de la dictadura a la democracia. Entonces se quería favorecer al coche, máquina de la modernidad. Hasta la estatua de Montañés, colocada en 1923, tuvo que dejarle su sitio. Se la llevaron a la Avenida. No volvió hasta 1983, cuando se quitó el asfalto. Desde entonces espera en un rincón volver a ser el centro de una plaza peatonal. Distinta y, al mismo tiempo, la de siempre. Eterna.

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