La Sevilla del guiri

Contra viento y marea

Cuando veo a un africano vendiendo pañuelos en un semáforo, me identifico. Cuando veo a una suramericana, probablemente licenciada en su propio país, trabajando en algún antro, me identifico. Cuando veo un campo de Lepe lleno de polacas cosechando fresas, me identifico. No necesito imaginar cómo sería dejar atrás la familia, los amigos, la cultura y, a veces, el idioma. No necesito imaginar qué sería más importante que esto para ser feliz. No necesito imaginarlo porque soy inmigrante y vengo de un país donde casi todos los ciudadanos provienen de inmigrantes.

Necesito tener cuidado. Los estadounidenses tendemos a asumir que todo el mundo es como nosotros. No quiero caer en el error tan prepotente de pensar que un africano currando diez horas al día a 50 grados de calor, inhalando gases de combustión, golpeando los parabrisas de los coches, cuyos conductores en su mayoría, en sus burbujas climatizadas, no les echan cuenta, es como yo, un profesor de inglés que sólo necesita trabajar 15 horas a la semana, conversando en su propio idioma, para ganarse la vida. Pero algo en común tenemos. Yo diría incluso que tengo más en común con él que con la mayoría de los españoles.

La gente que ve a estos inmigrantes luchando tanto y se pregunta "¿tan mal les va en sus propios países como para aguantar lo que están aguantando aquí?" no están cogiendo la idea. No dudo que hay inmigrantes aquí para evitar el hambre, la persecución o una guerra. Y claro que la seguridad en las calles de España, la asistencia sanitaria universal, el Gobierno estable serán siempre incentivos. Pero el quid de la cuestión no radica tanto en el destino o el origen de los inmigrantes como en sus inquietudes.

El ser inmigrante es algo que llevo en mi sangre. Mis bisabuelos por parte de mi madre vinieron a Estados Unidos desde Polonia y Lituania. Los antepasados por parte de mi padre vinieron de Irlanda. Ambos lados se componían de gentes pobres y humildes, quienes querían empezar de nuevo sus vidas en un sitio en el que sus inquietudes les beneficiaran. Hubo algunos antepasados míos que se rindieron ante la presión, se convirtieron en borrachos, mantenidos. Destrozaron sus sueños y también los de sus familias. Pero la mayoría lo consiguieron contra -como se dice aquí- viento y marea: una locución que me parece especialmente idónea al hablar de los inmigrantes.

Debido a las olas de inmigrantes durante los últimos 150 años en Estados Unidos, es probablemente el país con el más amplio rango de términos despectivos para identificar extranjeros: Kike (judío), Chink (chino), Wop (italiano), Spic (hispano), Kraut (alemán), Squarehead (escandinavo), Polock (Polaco), Mick (irlandés). Pero en mi familia, Polock y Mick han llegado a ser términos de orgullo. Nos recuerdan el vigor y voluntad que tuvieron que tener nuestros antepasados para conseguir sus sueños a pesar de tanto desprecio y prejuicio. Las palabras representan nuestra herencia de valor.

Entonces soy guiri. Lo digo como grito de guerra. Y estos días, hacer mi vida en España me está dando más fruto de lo que nunca había pensado. Estoy casado con una sevillana. Tenemos dos hijos. El Gobierno español nos facilita muchísimo más criar niños pequeños que el Gobierno de mi país. Tenemos la subvención de casi 6.000 euros por niño. Gracias a la asistencia sanitaria universal, no tenemos que pagar un dineral para conseguir una póliza de seguro médico, como tendríamos que hacer si viviéramos en Estados Unidos. Puesto que mi mujer tiene derecho a trabajar sólo por las mañanas y mi trabajo me permite trabajar sólo por las tardes, no necesitamos ayudarnos de una guardería -otro gasto y preocupación evitados.

Un día el frutero de mi barrio me vio con mis dos hijos y me dijo: "John, te ha tocado la lotería". Estoy completamente de acuerdo, pero los niños son solamente una parte del premio. Tengo los niños, una mujer preciosa, apañada y cuerda, una casa propia, un trabajo estable, el apoyo del Estado, seguridad, comodidad, paz y todo eso sin tener que renunciar a mi sueño de escribir casi todos los días para alimentar mi alma.

Por la suerte de mi nacionalidad, he vivido el ciclo entero del inmigrante en tres años en lugar de tres generaciones. Me encuentro en una situación irónicamente parecida a la del nativo. Por un lado, en vez de dar gracias a España por haberme dejado vivir bien, surge la tentación de empezar a pensar que tengo el derecho de vivir así. Es decir, convertirme en ese tipo de persona al que, el hecho de tener que esforzarse le parece una injusticia y piensa que todo el mundo está aprovechándose de él. Por otro lado, surge la tentación de seguir trabajando al máximo porque no sé otra manera de vivir, o porque siempre quiero un poquito más. Aunque no quiero perder nunca mis inquietudes, hay que saber cuándo llega la hora de tomarse las cosas con calma.

Es inevitable que la vida nos ponga limitaciones. El Gordo es vivir en un país en el que estamos limitados tan sólo por el camino que elegimos. Gracias a mis inquietudes -a la suerte, y a la bondad de Dios- me encuentro en un país así. Si la falta de dinero limita a mi familia a no comer fuera de casa, esto es por valorar más tiempo libre que dinero. Si me pagan menos de lo que merezco como profesor de inglés, esto es por mi elección de tener un horario cómodo y alumnos preparados que un buen sueldo. Si los mojones y las esquirlas de vidrio de mi barrio exigen que mi mujer y yo llevemos a nuestros niños fuera del barrio para jugar, esto es porque lo preferimos a ser esclavos de una hipoteca descomunal.

Nuestro país no nos está limitando, sino nuestras elecciones, preferencias y valores. No podemos pedir más. Somos afortunados. Es verdad que nos ha tocado la lotería, como a toda la gente que vive en España. Si no lo veis así, recomiendo que sigáis el ejemplo del africano vendiendo pañuelos en un semáforo, o la suramericana bien formada trabajando en un antro, o las polacas cosechando fresas en Lepe -emigréis a un país en el que podáis, contra viento y marea, conseguir vuestra fortuna.

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