Liga Santander

Una mancha indeleble (5-0)

  • El Sevilla realiza una actuación indigna en el Santiago Bernabéu y sale goleado frente al Real Madrid

  • Los profesionales sevillistas avergonzaron a los suyos en la primera mitad

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Vergonzosa actuación del Sevilla Fútbol Club en el Santiago Bernabéu y, como consecuencia de ella, una mancha indeleble para todos sus responsables, desde el presidente, José Castro, hasta el director deportivo, Óscar Arias, pasando por el cuerpo técnico que encabeza el convaleciente Eduardo Berizzo y todos los futbolistas que se vistieron de rojo para ponerle una alfombra de idéntico color al Real Madrid para que éste volviera al nivel de antaño. El Sevilla, este Sevilla y no sirve ninguna comparación con el pasado a la hora de analizar el rabioso presente, fue un verdadero pelele en un recinto en el que todos los que tienen sangre en las venas intentan engrandecer su figura en lugar de empequeñerse como si fuera la cría de un reptil.

Eso fue lo que transmitió, sin embargo, la escuadra sevillista para echarle esa mancha a la entidad que tardará en ser borrada. Porque ni siquiera basta con derrotar al Levante el próximo viernes, por muy verdad que sea que lo que se litiga en cada partido de fútbol, son los tres puntos que están en juego y que todos tienen el mismo valor con independencia de quién sea el rival que está enfrente. Bla, bla, bla... La imagen también cuenta, por supuesto que sí, y el papel desarrollado por los hombres dirigidos por Ernesto Marcucci fue verdaderamente lamentable, indigno de una plantilla que parte con aspiraciones de meterse en la máxima competición continental y cuyo consejo de administración presume de que es la más cara de la historia de la entidad.

Pues, con la mayor parte de ese dineral sobre el césped, incluidas varias de las inversiones principalísimas del verano, léase por el orden que se prefiera Muriel, Kjaer, Banega y Jesús Navas, el sonrojo de sus seguidores no pudo ser más bochornoso. La primera media hora del juego fue infinitamente peor que la protagonizada no hace muchos días por el Fuenlabrada, sí por un equipo que milita en la Segunda B. Y que no venga nadie ahora a tildar a la comparación de oportunista y desafortunada. Claro que sé que todos los partidos son diferentes, que el Real Madrid no jugó con la misma intensidad, que los futbolistas eran otros, aunque también esta vez no había más que mirar a la zaga del once de Zidane para darse cuenta de que no estaban muchos elementos fundamentales, que esto y que lo otro, pero la única conclusión que procede es que unos se mataron por su escudo y otros lo pisotearon, al menos en esta ocasión.

El Sevilla ideado por Marcucci y cabe suponer que por Berizzo ni siquiera fue capaz de aguantar la primera ventolera, se cayó con inusitada rapidez. En los tres primeros minutos ya había concedido dos saques de esquina y Sergio Rico había tenido que salvar el primero cuando entre Kjaer y Muriel, particularmente el colombiano, el fichaje de los 20 millones, se empeñaron en que Nacho anotara el primer tanto. Porque no se lo pudieron poner más fácil en un saque de esquina que teóricamente ya se tenía que ir hacia la otra banda sin mayor peligro. Pero no, el hombro de Muriel dejó la pelota muerta en el área pequeña y el Real Madrid ni siquiera había necesitado empezar a sudar para estar ya por delante en el marcador.

Claro que es un palo duro ponerse por debajo en el marcador en el Santiago Bernabéu a los tres minutos, por supuesto que sí, pero un equipo que se precie de orgullo levanta la cabeza e intenta venirse arriba en lugar de arrugarse como si se tratara de una esponja echada en el agua. El Sevilla, entonces, trató de hacer ese gilifútbol que consiste en tocar y tocar sin avanzar ni un solo metro. Fueron instantes de algo de apariencia y mucha mentira, de un centro de Banega magnífico en una falta al que nadie acudió de verdad a rematarlo o de un disparo de Carole que tampoco ofreció la más mínima sensación de peligro para Keylor Navas.

Y todo se iba a derrumbar definitivamente en la primera ocasión en la que el Real Madrid salió con velocidad desde atrás. Bastaba con eso ante la lentitud en el repliegue del centro del campo sevillista. Llegó por el centro, a través de Marco Asensio, que se aprovechó del pasillo central que dejaban los visitantes, para meterle un balón profundo a Cristiano Ronaldo. Carole hizo la estatua en lugar de intentar hostigar al portugués y el campeón actual de la Liga y de la Liga de Campeones había necesitado muy poquito para estar con un dos a cero a favor en el marcador.

Ya estaba claro que el Sevilla se encaminaba hacia un ridículo insoportable para los suyos, otro más cada vez que visita semejante rodeo desde que ganara hace ya una década casi con Manolo Jiménez al mando y, paradójicamente, muchos sevillistas estuvieran incluso cabreados por la forma de hacerlo. Cosas del destino, desde entonces casi todo han sido ridículos y en esta ocasión, pues también. Porque el castillo acabó de desmoronarse, si no lo estaba ya, con un penalti de lo más ingenuo de un Jesús Navas que había hecho muy poco por volver a la titularidad que le concendieron en un día tan señaladito. Unas manos impropias de un partido de la máxima categoría y tres a cero a la media hora para coronar un parcial verdaderamente vergonzoso, indigno de una plantilla que pregona tener ciertas aspiraciones.

Pero, bueno, quedaba una hora por delante para adecentar al menos esa imagen. Al contrario, el final del primer periodo fue incrementando esa vergüenza que sentían todos los sevillistas para solaz de un Real Madrid en pleno paseo. Allí nadie metía la pierna, nadie pegaba una voz, ni siquiera era un querer y no poder. Cinco al intermedio y el temor a un resultado de escándalo, algo que no sucedió porque los locales dieron aquello por finiquitado. El problema no era el Madrid, era la mancha que el Sevilla le había echado a su trayectoria. Costará mucho trabajo borrarla, sin duda.

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