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La soledad de interpretar un perenne uno contra uno

  • El Sevilla basa su sistema defensivo en un duelo individual por todo el campo que acaba abriendo pasillos interiores (4 goles llegaron así)

  • Sin coberturas ofensivas, la presión es banal

Nolito y Lenglet se lamentan tras uno de los cinco goles del Real Madrid. Nolito y Lenglet se lamentan tras uno de los cinco goles del Real Madrid.

Nolito y Lenglet se lamentan tras uno de los cinco goles del Real Madrid. / inma flores

Actitud, pasividad, inocencia, conformismo, falta de agresividad... Todas esas sensaciones y acusaciones pueden hacérsele, uno por uno, a los futbolistas que ayer vistieron de rojo y que hicieron posible el bochornoso espectáculo que no mereció ver ni un solo sevillista en el Santiago Bernabéu. Pero todos esos defectos, con unos más señalados que otros en función cada cual de sus características físicas o futbolísticas y condicionados por su distinta posición en el campo y la función que le encomienda el cuerpo técnico, puede decirse que resultan de un extraño sistema defensivo en el que el colectivo se sustituye por una constante situación de uno contra uno distribuida por todo el campo.

La presión es siempre individual. Hasta en momentos de duda de un rival, por un mal control... el ataque de los de Marcucci (no ayer, sino de manera muy recurrente) no pasa de un uno contra uno, de una intimidación individual en la que el jugador acosado tiene más facilidades que si, como en general ocurre en el fútbol, hay una cobertura ofensiva, es decir, uno o dos jugadores acompañan por detrás al que va delante en la presión.

El sistema acaba convirtiéndose en un cruel verdugo para sus propios futbolistas

Y no lo hacen por miedo a separarse demasiado del par que cada cual tiene encomendado, por lo que el Sevilla no hace presión sectorizada. Se limita al seguimiento individual de un jugador definido para que éste no reciba con comodidad, abandonando incluso la posición zonal que marca el puesto para el que cada jugador está incluido en un once, lo que en el fútbol se conoce con infinidad de expresiones: la zona del lateral izquierdo, el carril del 8, etcétera...

Es un perenne duelo individual en el que el sevillista sufre la soledad del boxeador acribillado a golpes. Navas con Marcelo, Nolito con Achraf, Carole con Lucas Vázquez, Franco Vázquez con Modric, Pizarro con Kroos y así sucesivamente hasta provocar con los movimientos de los rivales los huecos que se convierten en autopistas para estrellas del despliegue físico de las del Real Madrid.

La elección de un triángulo con escaso ritmo que además hasta la salida de Geis era isósceles con el ángulo más agudo en la soledad de Pizarro convierte todavía al sistema defensivo del Sevilla en verdugo de sus propios futbolistas, incapaces de recuperar un solo balón y hasta de hacer falta al rival, pues siempre llegan tarde. Es la pescadilla que se muerde la cola. No estás, no llegas...

Pero tampoco hay que olvidar que con tres piezas en la zona de destrucción como Banega, Franco Vázquez y Pizarro, el ritmo de juego es difícil hacerlo competir a la velocidad con la que conducen y circulan hombres como Modric, Lucas Vázquez o Cristiano Ronaldo. Y los pasillos es normal que aparezcan.

Será por casualidad (seguro que no), pero los tres primeros goles se originan desde el centro -en zonas de Banega o el Mudo- hacia un pasillo interior entre el lateral y el central. La jugada del córner del primero, el disparo de Lucas Vázquez que repele Sergio Rico (entre Mercado y Kjaer); la acción del segundo (entre Carole y Lenglet) y el penalti de Jesús Navas (otra vez entre Mercado y Kjaer). Y hasta el quinto también llegaría a través de la utilización de un pasillo interior entre el central y el lateral.

El fútbol es un actividad de duelos individuales basado en el colectivo, nunca al revés. Y menos para defender. Desafiar eso en el Bernabéu ya es para nota.

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