Sociedad

Enrique, rey en el corazón de una reina

  • Margarita de Dinamarca llora la pérdida de su marido, con el que llevaba casada 50 años

  • El príncipe será incinerado y no tendrá funeral de Estado

Luchó toda su vida por ser reconocido como rey, en vez de príncipe consorte. Aunque no lo logró, tras su muerte, el príncipe Enrique de Dinamarca se salió con la suya y será incinerado en la más estricta intimidad, en vez de reposar en la catedral de Roskilde. Sus cenizas serán esparcidas en el mar y en los jardines del Palacio Fredensborg, su residencia desde hace cincuenta años, desde que pasó de ser un diplomático francés a esposo de la reina Margarita, quien hoy llora el fallecimiento del gran amor de su vida.

"Si quiere que me sepulten junto a ella, debe hacerme rey consorte, eso es todo", afirmó a la prensa. El príncipe Enrique lo tenía claro; de ahí su fama de enfant terrible de la realeza europea en su juventud, rebeldía de la que hizo gala hasta sus 83 años. Quería con locura a Margarita, y era la gran debilidad de la reina. Pero esto no impidió que en su papel de consorte se sintiera infeliz, pues se consideraba un "segundón" o un "florero" según sus propias palabras. "Su alteza real, el príncipe Enrique, murió el martes 13 de febrero a las 23.18 (hora local) en el castillo de Fredensborg", residencia oficial situada a unos 40 kilómetros al norte de la capital danesa, indicó ayer la casa real, que precisó que en el momento de su muerte estaba acompañado de su mujer y de sus dos hijos, Federico y Joaquín.

Nació como Enrique de Laborde de Monpezat, hijo del conde André de Laborde de Monpezat, periodista y agricultor, y de Renee Doursenot. Unos padres viajeros le llevaron a pasar su infancia en la Indochina francesa. De regreso se licenció en Derecho y Ciencias Políticas en la Sorbona y, de nuevo se marchó para pasar largas temporadas en China y Vietnam, entre otros destinos. Con fama de culto y excéntrico, apareció disfrazado de panda en una gala, grabó un tema con un grupo de rock y se dejó ver una vez por una comuna anarquista. El miembro más deslenguado y rebelde de la familia real danesa tampoco dudó en dejar plantada a su mujer en más de un acto oficial. Pero Margarita se lo perdonaba todo. Sólo se pusieron de acuerdo en quererse.

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