El apagón de Zapatero

  • Los buenos propósitos que planteó el hasta ahora presidente en materia audiovisual quedaron maltratados por la crisis · Su cadena más próxima, La Sexta, está destinada a fusionarse con una Antena 3 en dulce estado

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Un Robin Hood español. Un justiciero que viniera a resolver los problemas y desigualdades en una España aterrorizada por los malos. Esa fue la idea que los directivos de TVE presentaron a la productora Globomedia para que la desarrollara. De ahí surgió Águila Roja, la ficción más notoria que ha generado la cadena pública desde Cuéntame. Llegaba el nuevo héroe español, nacido bajo la presidencia de Luis Fernández, el primer rector de la cadena pública elegido por consenso entre PSOE y PP. Águila Roja, que aumenta su número de seguidores en proporción inversa al déficit de la crisis, es la esperanza de los desheredados y los excluidos, la misma ilusión con la que Rodríguez Zapatero llegó a la Moncloa en la primavera de 2004. Su primera decisión en lo audiovisual fue crear un comité de sabios: encomendarse a un oráculo de cursis para que por boca divina, más bien laica, pronunciaran qué necesitaban de verdad los ciudadanos españoles como espectadores del plasma. Al final, casi un año después de análisis, todo quedó en un perogrullo de recomendaciones evidentes como más calidad en los medios públicos y menos publicidad en los intermedios. Y una Ley Audiovisual que aún ha de reforzar su posición de árbitro.

Buena voluntad para decisiones regulares y malas consecuencias. Es la concatenación de ocho años de gestión ajusticiados finalmente por una crisis mundial feroz que vino a arramblar el apagón analógico y a tambalear el nuevo modelo de financiación de RTVE. Más canales, más competencia, para menos ingresos y menos recursos: un panorama obligado a reconfigurarse en los próximos años, estuviera o no el PP en el Gobierno.

De la bonanza de la primera legislatura a la catástrofe económica de la segunda median lo sucedido con los dos grupos mediáticos más próximos al presidente saliente. En noviembre de 2005 Prisa convertía su codificado Canal + en licencia en abierto total bajo la marca Cuatro. La cadena no lograba sobresalir en índices, mientras el grupo matriz se ahogaba en una deuda de 5.000 millones de euros entre su expansión portuguesa y las consecuencias de la fusión entre Canal Satélite y Vía Digital (funesta conclusión del pulso mediático del aznarismo). Al cabo de cuatro años Prisa se tenía que deshacer de Cuatro, comprada por Berlusconi, por Mediaset España, para sustentar su grupo de canales en la TDT, entrando a su vez en el negocio de la plataforma digital. Confirmada la fusión, la compra, un año después, Telecinco pasaba a controlar otras licencias en abierto de Prisa, tras la clausura de CNN+. Aquel regalo a deshoras de Cuatro obedecía a una compensación de Zapatero a su entorno más próximo, de donde surgiría el proyecto de La Sexta, con la intervención decisiva de su entonces secretario de Estado de Comunicación, Miguel Barroso, esposo de la ministra Carme Chacón. Las productoras Mediapro (que pasaría a controlar los derechos de los principales clubes de fútbol, con la consiguiente guerra con Sogecable, Prisa) y Globomedia, más El Terrat y Bainet, trazaban una cadena basada en el entretenimiento y el deporte, con una línea editorial tendida sin remilgos hacia el presidente, y sustentada por el capital traído por la poderosa mexicana Televisa. La forzada licencia analógica, a punto de llegar la TDT, puso de uñas al resto del panorama de medios. El Mundo y ABC lograban un múltiplex en el espectro digital, cuando se concebía que el nuevo modelo televisivo iba a ser un abanico de pluralismo. Otro fiasco.

La Sexta, que arrancaba a principios de 2006 y se puso en el mando con el frustrante Mundial de Alemania, va a acabar fusionada, más bien absorbida, por Antena 3 en los próximos meses. Con Berlusconi en su casa, Planeta es el grupo que parece mejor posicionado ante este futuro imperfecto de 2012.

En 2004 Zapatero encomendó su nueva televisión pública a una entonces perfecta desconocida: la catedrática Carmen Caffarel. De forma expeditiva la directora de RTVE se cargó el Noche de fiesta de Moreno y en su lugar optó en las noches por documentales, reposiciones de Los gozos y las sombras y Estudio 1, cine clásico o 59 segundos. Conclusión: La 1 dejó de liderar la audiencia frente a Telecinco, mientras los Telediarios cedían su liderazgo ante los de Antena 3.

Un año después la vicepresidenta Fernández de la Vega le explicaba que un servicio público sin público no servía para nada. Entre las reacciones de Caffarel estaba la contratación del andaluz Pablo Carrasco (actual director de la RTVA) al frente de los contenidos de TVE. Pero el mayor problema que tenía el ente audiovisual era su déficit de más de 6.000 millones de euros, más de 1 billón de pesetas. La directora tuvo que practicar un ERE que afectó a 4.000 trabajadores de más de 50 años (una sangría de experiencia). Aprovechando los tiempos de abundancia, RTVE se quedaba sin deudas y la renovada corporación contaba con un presidente de consenso, Luis Fernández. Su modelo pasaba por la ambición de miras (encargándose ficciones como la mencionada Águila Roja), la variedad y la independencia informativa (el Gobierno ya se sentía respaldado por Cuatro o La Sexta). Llegó a tener la soberbia de cambiar toda la imagen corporativa y se quedó con las ganas de una mastodóntica sede única. Un ejemplo de programa de su época es el carísimo formato de Tengo una pregunta para usted. Zapatero se vio marcado así por el precio del café.

La TDT, exigencia continental, que repartía también el café para todos de las licencias, se cristalizaba en el otoño de 2005. La España de ZP, que se sentía más potencia de lo que era, aceleró más que nadie en digitalizar su red. En abril de 2010 se cumplía el calendario, pero la treintena de canales en abierto no trajeron más calidad, ni más pluralismo. Sólo cantidad y apreturas en la tarta publicitaria. En pro de una televisión pública más independiente y mirando de reojo al modelo trazado en Francia por Sarkozy, el 14 de abril de 2009 Zapatero anunciaba la "drástica reducción" de publicidad en TVE que se convirtió en la supresión total, tal como venían exigiendo las cadenas privadas, englobadas en UTECA, desde quince años atrás. A partir de enero de 2010 TVE, con 1.200 millones de presupuesto como tope, dejaba su porción de 500 millones anuales a cambio de un pequeño porcentaje (3%) de los ingresos de la competencia y una aportación del 0,9% de las empresas de telecomunicación. La Comisión Europea ya ha tumbado este modelo de financiación de TVE llamado a convertirse en un buen quebradero de cabeza para el futuro rector de la corporación.

Fernández dimitió por encontrarse con este cambio tan radical en la casa y en noviembre de 2009 Zapatero proponía como sucesor a un ex ministro de 81 años (toda una broma después del ERE), Alberto Oliart. Su mal talante en las distancias cortas, ante sus consejeros y en el Congreso, lo compensó con una gestión que terminaría en superávit, mientras menguaban las dotaciones para sostener las parrillas del grupo.

Tras tantos enfrentamientos, la dimisión de Oliart llegaba este julio, dejando a RTVE en una diabólica presidencia rotatoria de consejeros por orden alfabético. Todo un espejo del naufragio en estos meses huracanados de provisionalidades. Hasta la TDT se comprime, como decidió el último Consejo de Ministros. Habrá que resintonizar todos los canales para dejar espacio radioeléctrico a los móviles: supondrá unos refrescantes 2.000 millones de euros.

Nada es como era en 2004. Pero nada volverá a ser como es en 2011.

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