¿Qué es un fin de semana?

  • Antena 3 estrena hoy la segunda temporada de 'Downton Abbey', la serie de Carnival Films que recupera el gusto por las producciones de época de alta factura

Todos, absolutamente todos, queremos ser lady Grantham. A todos nos encantaría ser, aunque fuera un rato, deliciosamente insoportables. "No seas derrotista -le increpa a una de sus nietas-. Es muy de clase media". "Está bien, querida -le comenta a otra, al respecto de uno de sus pretendientes-, pero digamos que Richard no es precisamente una amenaza para los Plantagenet". "¿Qué es un fin de semana?", se pregunta la dama, alucinada ante semejante concepto, en el extremo opuesto de lo que esa misma frase puede representar hoy día en boca de un autónomo.

Confieso una debilidad especial por lady Grantham, que es uno de los, esperables, hallazgos de la serie pero es que la condesa viuda me recuerda enormemente a mi abuela. Sí, una tuvo una abuela que, como Violet Grantham, consideraba a los críos una molestia, le hablaba de usted a la criada y fingía escandalizada sorpresa por todo. Como Maggie Smith, mi abuela abría desmesuradamente sus ojos vacunos e inflaba los belfos al musitar, "¿En serio, querida?". Pero la matriarca de Downton Abbey no es el único elemento infalible e indispensable de la producción de Carnival Films y la cadena inglesa ITV: la serie, que le valió a Antena 3 sus mejores cotas de audiencia el invierno pasado, está llena de detalles que llevábamos mucho tiempo esperando, como el turrón de chocolate, y que no sabíamos ni que necesitábamos. Y, al parecer, así era: necesitábamos desesperadamente a un grupo de actores que supiera pronunciar el inglés de esa manera; necesitábamos con furia un mayordomo con resoplidos de barítono; necesitábamos a una cocinera gruñona y de buen corazón, vestida de rosa, como una Miss Piggy de las candelas; necesitábamos cenas de guantes largos y sobremesas en la penumbra de la cocina; moríamos por la aparición de un heredero perfecto e inesperado; necesitábamos a un chófer irlandés y rebelde y a un grupo de jovencitas aristócratas envueltas en confusión y sedas, cada una, con su rol correspondiente -la eterna segundona amargada, la muchachita emancipada, la lady víctima de su condición-.

Necesitábamos a Downton. Ya ven: a estas alturas de la película, después del Ala Oeste, de The Wire, de Los Soprano, de Treme, de todo lo que se supone que hemos evolucionado en los últimos veinte años, resulta que estábamos ahitos por toparnos con una versión actualizada de Arriba y Abajo. Deseábamos, con cada fibra de nuestro ser, toparnos con la placidez de encuadres que ofrece una casa señorial inglesa, sus pequeñas y grandes miserias y su sentido del orden. No hay que subestimar el inmenso poder que, sobre nuestro aterrorizado hipotálamo -ese que es bien consciente de que todo lo que nos rodea es un desastroso caos- ejercen las pautas, las tradiciones, todo lo que nos pueda hace creer en una cierta armonía, en una carcasa de seguridad y orden. Cualquier cosa que se vista de caricia en mitad de la incertidumbre. Y, ¿qué mejor que el retrato de una Arcadia falsa, pero Arcadia al fin y al cabo, de almidones y extintas costumbres, donde todo tenía su sitio y los melocotones sabían a auténtico chicle de melocotón?

O tal vez sea como proclamaba el poeta Yeats -como le citaba lady Heather a Grissom-, que no es sino en la costumbre y la ceremonia donde residen la inocencia y la belleza.

A partir de hoy martes nos reencontramos con todos ellos, con lady Grantham, con Matthew y Mary, con la encantadora Anna y con el homérico Mr. Carson. La temporada comienza, como no podía ser menos, directamente en La Somme. Por supuesto. Y amenaza con zambullirse con gusto en lo folletinesco. "La guerra -nos avisan en cortes y previas- lo cambiará todo en Downton".

¿Sí? Pues vaya. Porque, como pensaría lady Grantham, más vale no menearlo.

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