La suerte tenía un precio

  • De la fortuna con los escaparates de 'El precio justo' a la constancia diaria de '¡Boom!'

Entonces Un millón para el mejor era un millón de pesetas, una fortuna en pleno desarrollismo, en 1968. Al cambio del poder adquisitivo de hoy serían unos 400.000 euros. Nadie se llevó aquel millón que anunciaba el programa de Enrique de las Casas en TVE. Los esforzados concursantes, desafiados entre preguntas y pruebas de habilidad como cambiar una rueda pinchada, rondaron las 250.000 pelas en los mejores casos, como en los de Rafael Canalejo, el alcalde de Bélmez, Mercedes Carbó o Secundino Gallego El hombre de los pájaros. Porque los concursantes adquirían la popularidad instantánea con el cariño de un público en blanco, negro y vida gris. La ilusión era ganar dinero, pero también la de hacerse popular un rato. Los concursos fueron durante siglos la única ventana para que los ciudadanos anónimos tuvieran su minuto de gloria. La televisión a su vez se mostraba generosa. No tanto como la Lotería de Navidad, pero lo suficiente para encandilar a los millones de embobados seguidores que veían Un, dos, tres y que suspiraban por un Seat Ritmo o por un apartamento en Torrevieja, o en Jávea. O por tener delante a La Bombi. Y para probar suerte, nada mejor que mandar una postal, tan analógica.

Los grandes premios eran excepcionales en la televisión del entretenimiento, para amasar una cantidad lucida en El tiempo es oro, a mediados de los 80, había que bracear por toda su biblioteca. El derroche multimillonario no llegaría hasta 1988 con la cúspide del deslumbramiento concursante: El precio justo. Joaquín Prat, que ya tenía aquella lejana e histórica vitola de haber sido el presentador de Un millón para el mejor, era el animador que sobre en ristre animaba "a jugaaar" y a proponer, desde la chiripa y la intuición, que los participantes se llevaran el gran escaparate adivinando su precio. El mayor banquete fue de 40 millones de pesetas, con coche, apartamento, joyas, yate y cosas así (se lo llevó un camarero de Lugo, Manuel Martínez). Estamos hablando del génesis, de la época del pelotazo. Etapa encarnada en la figura de Juan Guerra, simple profeta Jeremías del actual evangelio de la corrupción, con Mario Conde como redactor de sus salmos. Chicho Ibáñez Serrador, para no ser menos, también dio un golpe espectacular dando en el Un, dos, tres, en 1992, un premio así de gordo como El precio justo (y por partida doble, a los concursantes y a los sufridores en casa). TVE, que no le importaba endeudarse hasta las cejas, entonces tenía que imponerse en todos los aspectos en las privadas, que daban premios algo cutrones en concursos salchicheros: La ruleta de la fortuna, VIP con todas sus secuelas, El Gordo y cosas así. Los magacines también tenían sus rifas, sus secciones de premios por vía telefónica, herencia de radio rancia. En Sabor a ti, donde creció la actual Ana Rosa llegó a dar de una tacada, con sus combinaciones del panel, casi 40 millones. En Canal Sur las preguntas enciclopédicas de Tal como somos, que sumaban cantidades mientras se mantenían los enigmas, llegaban a revolucionar incluso los archivos municipales.

50x15, que comenzó con tibieza en Telecinco hasta convertirse en el fenómeno que fue a mayor gloria de la ceja de Carlos Sobera, entregó sus 50 millones a un barcelonés, Enrique Chicote, pero alcanzar esa cima era imposible salvo que los productores bajaran algo el listón, como fue en aquel caso. Por entonces, en la transición entre siglos, Holanda daba el mayor premio de la historia, 10 millones de florines, 5 millones de euros, en su versión con maletas de Allá tú. En España los premios fueron a la baja y en Saber y ganar había que estar semanas para acumular un millón de pesetas, como bien sabe el jerezano Manuel Romero (entre sus logros, un millón de euros en Pasapalabra). Se acabaron los billetes sorteados.

Las privadas, ajustando presupuestos con el estreno de los euros, relegaron sus grandes botes a los concursos diarios. Ya eso ocurría en Estados Unidos con el longevo Jeopardy!, que ha dado más de 3 millones de dólares a varios pitagorines. Pasapalabra entregó en Antena 3 en 2006 2,2 millones de euros a Eduardo Benito y ya en Telecinco la labia de Christian Gálvez acompañó a un desempleado, Juan Pedro Gómez, a ganar 1,6 millones y a la paciente Paz Herrera, 1,3 millones. Constancia y brillantez premiadas con efecto retardado, cualidades que hay que también cuidar para alzarse con los premios de los realities o los talents. Ya no se dan millones ni apartamentos por adivinar una cifra. A Los Rockcampers les ha costado salpicarse mucho para llevarse en esta semana el premio máximo dado por un concurso español, 2,3 millones en ¡Boom!. La tómbola sigue, pero como bien sabemos, en la televisión nadie regala nada. Se acabó eso de dar un apartamento sólo por optar por el cachivache traído por Bigote Arrocet.

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