Tardes en el recuerdo

Diálogo entre Curro y 'Flautino'

  • Lunes de preferia, 1984. Se lidiaron toros de Gabriel Rojas para Curro Romero, Rafael de Paula y Paco Ojeda. Llegaba Romero con el crédito a la baja, pero Sevilla seguía esperándolo y se reencontró con él cuando abril moría.

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BISIESTO año de 1984 y nada hace presagiar lo que va a suceder en esta tarde de lunes del alumbrado en la del amarillo albero. La Feria va discurriendo sin grandes sucesos, se pueden contar con los dedos de la mano los detalles a tener en cuenta y en éstas que amanece 30 de abril en todos los almanaques de Occidente. Y en esta despedida del mes de abril se anuncia el cartel que más expectación ha levantado desde que dos meses antes viera la luz con la puesta en escena que cada año hacía Diodoro Canorea en Río Grande.

Hasta llegar a ese día grandioso del último de cuantos conforman el mes de abril, Curro Romero llegaba tras un Domingo de Resurrección compartido con Paquirri y Galloso en el que estuvo por debajo de sus compañeros de cartel, mató el sábado de preferia la de Manolo González en compañía de Antoñete y de Tomás Campuzano sin que pasase nada para la posteridad y llegaba a este lunes del alumbrado ferial con el personal esperándole sin demasiada confianza en el milagro.

Se anuncian seis toros de Gabriel Rojas para Curro Romero, Rafael de Paula y Paco Ojeda. El gitano de Jerez sólo viene a esta corrida y tanto Curro como Ojeda han pasado de puntillas por sus compromisos anteriores, dos el camero y uno el marismeño, que había matado el día antes la de Juan Pedro en compañía de Paquirri y de Curro Durán. Se coloca el cartel anhelado de que no quedan entradas y la expectación se desborda cuando aparecen en la puerta de cuadrillas Curro vestido de grana y azabache en una época donde se prodigaba bastante con esos bordados negros, Paula de nazareno y oro y Ojeda de gris plomo y oro.

Y pasará que la corrida no va saliendo a gusto de los toreros. No puede decirse que no pongan de su parte, pues hasta Romero y Paula se afanan con sus primeros mientras que Ojeda busca y rebusca para encontrar una distancia y un acoplamiento que se le niega por culpa de un lote muy a contraestilo. Además, tanto el jerezano como el sanluqueño se eternizan con la espada y suena un aviso para cada uno. Decididamente la tarde no daría más de sí para ambos.

Sí que dio para Romero, que iba a cuajar en el sexto una de las faenas más macizas de su vida. Le tocó en suerte Flautino y aunque en el capote no pasó nada digno de mención, sólo ver la decisión con que Curro tomó estoque y muleta ya hizo presagiar el suceso que iban a contemplar estos ojos que ha de comerse la tierra. Todo lo que se diga, todos los adjetivos que se viertan en negro sobre blanco serán insignificantes y sin que puedan dar una remota idea de lo que le bajó al Faraón directamente del corazón a sus muñecas de privilegio.

Sin probarlo y muy fuera de las rayas de picar, Romero bordó el toreo en redondos para ir cerrando paulatinamente el círculo y rematar con el de pecho por la hombrera contraria. Con eso se aclara que lo que estaba haciendo era, llana y simplemente, el toreo de siempre. Tres series de redondos sobrenaturales para que el público se pusiera en pie al verlo torear con la muleta en la izquierda en unos naturales plenos de pureza y naturalidad en los que Flautino, que quería comerse el engaño, llegaba hasta más allá de la cadera. Un kikirikí para el recuerdo, más naturales y el desplante que ilustra esta entrega periodística. Lo mató muy de verdad y Romero dio una parsimoniosa vuelta al ruedo, una de esas vueltas al ruedo que el irrepetible camero daba como nadie nunca jamás supo darla, circunvalando una plaza entregada y enamorada como jamás se enamoró de nadie más.

Sevilla, en esa despedida del mes de abril, inauguraba esa noche su Feria y nada mejor para abrir la fiesta que irse a ella con el regusto de una faena de su torero del alma. Hay que insistir en que la faena, o el diálogo de Curro con Flautino fue una de las obras más brillantes que el torero cuajó en su dilatada vida de torero mágico. Quizá parecida a sus faenas del debut de novillero, quizá a la del sobrero de Tassara en aquel Corpus de un cuarto de siglo antes, o a la del toro sexto de Benítez Cubero la lluviosa tarde en que reapareció Antonio Ordóñez en Sevilla. Para mi recuerdo, comparable con la de una tarde de lluvia en San Miguel en que, sustituyendo al Cordobés, bordó el toreo cuajando un toro de Manolo Camacho alternando con Pedrés y el mexicano Gabino Aguilar, quizá...

Pero es que la conjunción que se produjo entre Curro y Flautino fue tan memorable que cuando muchos años después y con el torero ya retirado tras aquella despedida tan íntima en una plaza de carros, ese momento en que Curro se aflamenca en el desplante va a ser el elegido para que un artista de la gubia como Sebastián Santos lo inmortalice para siempre. Aunque en la comisión que propulsó ese monumento había quien prefería otro tipo más progresista, la insistencia de algunos miembros de esa comisión no cejó hasta lograr que saliese adelante la opción del inconfundible desplante.

Y ahí, en los jardines que fueron la casa del doctor Alemán se encuentra inmortalizada la figura personalísima de Curro Romero desplantado y ya sin Flautino, que Flautino se fue al desolladero sin las orejas mientras Sevilla se entregaba sin condiciones a su torero eterno. Aquello fue más diálogo que faena torera, pues la compenetración de toro y torero fue tan perfecta y tan rematada que se quedó en nuestras retinas para siempre. Faenas de Romero hubo muchas grandiosas, pero ese diálogo con el toro de Gabriel Rojas dio para tanto...

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