Enorme fachada, escaso fondo

Decía Gregorio Corrochano que la primera premisa para analizar bien un espectáculo taurino era no perder de vista al toro. Y es que el toro -no ese animal bobalicón que sale al ruedo en demasiadas ocasiones-, suele tener numerosas transformaciones a lo largo de la lidia. Varios cuadris de ayer fueron muy exigentes en cuanto a su lidia, pero por encima de todo prevaleció la fachada, excelente. Cuando saltaron los dos primeros astados al ruedo, fueron ovacionados de salida.

La terna compuesta por Antonio Ferrera, Leandro y Eduardo Gallo, se marchó de vacío tras un espectáculo que, salvo momentos puntuales, transcurrió por la senda del aburrimiento, con unos diestros que apostaron por faenas largas y machaconas, en las que no hubo medida. Los avisos y más de dos horas y media de duración son otros dos signos de un espectáculo anodino.

El veterano Antonio Ferrera, voluntarioso y con tablas, se enfrentó en primer lugar a un toro tardo, pero que humillaba cuando metía la cara. El extremeño, que cumplió en banderillas, se dilató en una labor sin ligazón, ovacionada por parte del público.

El cuarto se estrelló contra un burladero. En su lugar saltó otro toro de Cuadri, el de mayor peso del encierro, que precisamente no fue el de más trapío. Bravucón de salida, echando las manos por delante, puso en graves aprietos al matador en el segundo tercio. Ferrera llamó la atención del respetable cuando utilizó el capote para colocar y fijar al astado. Otra cosa fue la ejecución de la suerte de banderillas, en la que estuvo impreciso hasta el punto de no prender el tercer par. El trasteo, que comenzó con precauciones y sin ajuste, terminó en un serio arrimón.

Leandro apenas si tuvo presencia ante el segundo, con el que además estuvo mal en la suerte suprema, en la que se salió en los envites.

Ante el quinto, un ejemplar encastado, destacó en una tanda con la diestra y un par de largos naturales. Tras ello, el toro comenzó a reponer con prontitud, y la posible faena, de nuevo pésimamente rubricada, se esfumó.

Eduardo Gallo se las vio en primer lugar con un ejemplar con numerosas transformaciones a lo largo de su lidia. Tuvo una salida mortecina, despertó en el caballo, cumplió en banderillas y acabó orientándose y midiendo al torero en la muleta. En el segundo tercio, Domingo Siro prendió dos pares de categoría, por lo que saludó tras una gran ovación. El salmantino, en los medios, hilvanó los mejores muletazos de la tarde en una serie diestra, con varios muletazos alargando la embestida del cuadri y con pases de pecho soberbios. Por el pitón izquierdo, el toro, tardo, cortó y se orientó. Tras un pinchazo, Gallo mató de estocada hasta la bola.

Con los arcos maestrantes de testigo, ya iluminados por la luz artificial, saltó un animal largo como un tranvía y bien armado, como toda la corrida. El salmantino se embraguetó para enjaretar unas preciosas verónicas. El público las ovacionó como si fueran campanas anunciadoras de que el signo del festejo podría cambiar. Pero el salmantino no tuvo opción, ya que el animal resultó aplomado.

Con bastante desilusión el personal salió desencantado de la Maestranza cuando anochecía en Sevilla.

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