Pregón 2018

Falcones y la bravura que sortea la muerte

  • El escritor y abogado Ildefonso Falcones arremete contra la prohibición de los toros en Cataluña en un pregón taurino donde rebatió los argumentos animalistas en los que se sustenta.

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Apenas habló de sí mismo. Lo suficiente para que el auditorio supiera que su pasión por la lidia arrancó en la niñez, cuando el conserje de la comunidad de vecinos donde vivían en la Barcelona de los 70, que trabajaba también en la puerta de toriles de la Monumental, le llevaba a los toros de la mano. El escritor que llegaría a ser nunca olvidó al conserje; y la afición incipiente la cimentó Ildefonso Falcones (Barcelona, 1959) con las retransmisiones de las corridas que ofrecía aquella televisión aún en blanco y negro y, sobre todo, con unas emociones que los toros le permitieron compartir con sus seres queridos, especialmente con su madre.

"Creo haber vivido tardes inolvidables, pero por encima de aplausos y trofeos, los toros me traen el recuerdo a mi madre. Esas vivencias, las más cercanas a su muerte, aquellas en las que aprisionaba mi mano cuando un adolescente como El Juli entraba a matar unos animales casi más altos que él, son algo que nunca agradeceré suficiente a quienes hacen posible la Fiesta. Estoy seguro de que muchos de ustedes también guardarán recuerdos de personas queridas entrelazados con tardes gloriosas".

Fueron trazos biográficos muy breves porque Ildefonso Falcones quiso entrar pronto al trapo de la cuestión -la crítica a los antitaurinos y la defensa del toro bravo- sobre la que pivotó su pregón de la temporada taurina de Sevilla, un acto organizado por la Real Maestranza de Caballería en colaboración con el Ayuntamiento y que volvió a acoger el teatro Lope de Vega.

Falcones ofreció un pregón sobrio y muy documentado, donde su experiencia como abogado durante más de 36 años impuso su voz a la del exitoso autor de best-sellers como La catedral del mar. Un estilo preciso y sin florituras le sirvieron para ahondar en las normas y polémicas que le obligan ahora a vivir su afición lejos de Cataluña, "fuera de un país que, por más empeño que pongan algunos, ya celebraba festejos taurinos en la Barcelona del siglo XIV, y no gracias a un rey basto, guerrero, sino a Juan I, intelectual, mecenas, amante de las letras y la poesía, instaurador de los Juegos Florales en la capital catalana, pero que no por ello dejaba de disfrutar con los toros".

La tradición taurina catalana, nunca exenta de polémicas, se truncó definitivamente en el año 2010. Después, con la declaración por parte del Estado de la tauromaquia como Patrimonio Cultural Inmaterial, el pleno del Tribunal Constitucional dictó una sentencia en octubre de 2016 que declaraba nulo el precepto que prohibía las corridas de toros en Cataluña; "una sentencia controvertida pero que no ha modificado la realidad que se vive en Cataluña desde la prohibición: continuamos sin toros", precisó. La causa, o la vía de escape, en su opinión, estriba en que esa misma sentencia establece que las comunidades autónomas tienen la facultad de prohibir determinado tipo de espectáculo por razones vinculadas a la protección del animal. "Así que por más que la prohibición genérica haya sido derogada, tanto la Generalitat de Cataluña como el Ayuntamiento de Barcelona, que en 2004 se declaró ciudad antitaurina, podrían de forma tangencial hacer prácticamente inviable la celebración de una corrida de toros tradicional en el territorio catalán, haciendo uso de esas facultades que les reconoce el Constitucional, facultades que son aplicables a todas las comunidades que tengan asumidas las competencias en espectáculos públicos y en protección de animales".

Arropado desde los palcos y la platea por muchos de los pregoneros que le antecedieron en este cometido sobre las tablas del Lope, como Esperanza Aguirre, Ramón María Serrera o Andrés Amorós, el autor prosiguió con arrojo: "A nadie se le escapa que la inclusión de la tauromaquia como Patrimonio Cultural Inmaterial en el ordenamiento jurídico nacional constituyó una estrategia para proteger la Fiesta de ataques como el producido en Cataluña y en otros muchos lugares, al albur de posturas antinacionalistas, demagógicas o simplemente populistas. Incluso aquí en Andalucía se han alzado voces contra la Fiesta".

Falcones se extendió, llegado este punto, en aspectos relativos a las posiciones defendidas por unos movimientos animalistas que cada día ganan más terreno y cuyas teorías están teniendo reflejo en las diversas legislaciones que se aprueban en España, a nivel más autonómico que nacional. "La liberación animal y el fin de su sufrimiento están considerados desde los grupos políticos y filosóficos afines como una de las causas que ocupará -y parece que eso se está produciendo- un lugar en las reivindicaciones sociales del siglo XXI (...) Los animalistas no sólo encarnan el bien común, esa idea indiscutible, sino que se imputan la representación de la mayoría social y, sentada esa premisa, promueven la tensión pública, el rencor contra la casta, en este caso un colectivo que encuentra arte y sentimiento en las corridas de toros, algo que los animalistas no pueden percibir a través de una actividad que califican de cruenta".

Pero las corridas, continuó, "son espectáculos violentos pero nunca crueles" porque "la crueldad implica el disfrute enfermizo de la desgracia o del dolor ajeno y no creo que haya un buen aficionado que se recree en el dolor que inevitablemente se le original al toro. El seguidor de la Fiesta persigue una muerte limpia y rápida, la suerte máxima de una faena en la que el dolor originado al animal haya sido el estrictamente necesario para una lidia correcta".

El pregonero pasó así a ofrecer argumentos "ante la vorágine animalista y en defensa de la Fiesta", asumiendo la violencia y el dolor que se le origina al toro como parte consustancial de la lidia. Entre ellos, citó algunas tesis defendidas en la discusión parlamentaria en Cataluña por el maestro Luis Francisco Esplá y por el filósofo Francisco Wolf, quien le antecedió como pregonero en el atril del Lope de Vega en 2010 y abogó por que la muerte del toro, "un animal imposible de encasillar debido a su hábitat y a la relación hostil con el hombre", según sus términos, debía producirse "en combate, defendiendo su libertad y peleando contra quien impugna su supremacía". Posturas éstas, lamentó Falcones, que no tuvieron demasiada resonancia en el parlamento de su tierra "porque aquellas comparecencias no fueron más que un simple trámite para llevar adelante una prohibición que, me atrevería a sostener, más que defender los derechos de los animales lo que pretendía era desterrar de Cataluña una tradición considerada españolista y por lo tanto supuestamente ajena a lo que, algunos pocos, pero que gritan mucho, consideran los valores de la sociedad catalana".

"El toro es bravo no sólo porque animal y ganadero cumplen los requisitos reglamentarios sino porque lo demuestra en la plaza", reivindicó Falcones, antes de preguntarse retóricamente por la preferencia de un toro bravo: "¿Morir en un matadero como los mansos o hacerlo peleando en la plaza de la que además, algunos, los mejores, salen vivos?" "El toro bravo", remarcó, "está destinado a luchar o ser sacrificado, nadie va a alimentarlo sin la contrapartida de un rendimiento. Nadie, ni los ganaderos ni el Estado ni los animalistas ni los abolicionistas".

Tras defender que no se deberían lidiar los toros mansos, "aunque eso requiriese modificaciones reglamentarias como la de la propia norma andaluza, que establece que la mansedumbre de la res nunca será motivo suficiente para acordar su devolución a los corrales", Falcones cerró su intervención celebrando a los toros bravos "que deciden morir con grandeza en los medios, rechazando el amparo de las tablas y entregándose a su suerte con arrogancia y a la vista de todos para que nadie ponga en duda sus valores". Y así, el pregonero se despidió citando los nombres de todos los animales que merecieron el perdón en la plaza de la Maestranza, desde Zancajoso a Cobradiezmos, dos de los cuales lo fueron también en una tarde como la de ayer, la del Domingo de Resurrección, "un día propicio para que se repita la gesta del toro bravo que sortea la muerte mostrando su casta y su trapío".

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