Magistral Enrique Ponce, pero sin espada, y una oreja para José María Manzanares

GANADERÍA: Toros de El Ventorrillo, aparentemente bien presentados, pues aun con buenas hechuras y pitones, lamentablemente en algunos hubo sospecha de manipulación artificial. Corrida mansa y, tanto o peor, difícil. TOREROS: Enrique Ponce, ovación y gran ovación tras dos avisos. Sebastián Castella silencio y silencio tras aviso. José María Manzanares, oreja y palmas. Incidencias: Plaza de Bilbao. Casi lleno.

Ponce, tantas veces el de la magia y prestidigitación, nada pudo hacer con el primero, un toro rajado y huido, que a partir de la segunda serie recorrió toda la plaza desentendiéndose del engaño. El de Chiva lo había toreado elegante con el capote, con gusto, suavidad y ritmo. Pero hasta ahí.

La sorpresa fue en el cuarto. Un toro complicadísimo, que puso a prueba la profesionalidad nada menos que de los hermanos Antonio y José María Tejero, que tuvieron que andarse "rejoneando" para dejar cuatro banderillas, pasando también varias veces en falso. Llegó el toro a la muleta frenándose y tirando gañafones. Malo sobre todo por el lado derecho. Pero se pudo Ponce a base de técnica y aguante, hasta desengañarlo. Impensables los muletazos que llegó a cuajar, largos, profundos y con aroma.

Faena grandilocuente por el final que alcanzó, recreándose el toreo en lo fundamental y en los adornos. Primero por la izquierda y a continuación a derechas. Y después los molinetes, las roblesinas, unas y otras en ración doble, un circular por detrás ligado a un cambio de mano por delante.

Enorme caudal de torería que había tenido su punto de partida en la raza y el compromiso de la gran figura que es Ponce. Aunque se fue todo al traste por culpa de la espada. Pésima espada esta vez.

Toro complicado asimismo el tercero, pero al que Manzanares entendió y doblegó con técnica y torería. Mal estilo en el capote y en el caballo, saliéndose suelto. No fue fácil el toro, que salía distraído de los pases. Manzanares acabó haciéndose con él, toreándole al final con deleite y buena compostura. Faena notablemente a más, con premio de una oreja. Castella no tuvo suerte con los suyos.

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