Manzanares y su dulce postre

  • Con el público alentando al torero, el alicantino corta dos orejas a un nobilísimo toro de Juan Pedro Domecq en el cierre de un espectáculo en el que se marchaba de vacío

Llenazo. Tarde espléndida. Manzanares ante el reto de su carrera. Ovación en el paseíllo, que se redobla posteriormente y a la que el torero corresponde, saludando montera en mano. Todo parece que saldrá sobre ruedas. Pero como los Toros no son teatro, que diría aquel, falta conocer el libreto, el toro de lidia que saldrá. En este caso, seis. En los cinco primeros actos, la función se va diluyendo. Y ésta crónica comienza por el final, justo antes de que saliera el sexto toro, Guasón, precisamente el de menos guasa del encierro, porque resulta nobilísimo.

El torero, hasta entonces, no había logrado ni una vuelta al ruedo. La mayoría del público, casi como un resorte, se pone en pie. Suena una ovación estruendosa, que debió ser pura vitamina para Manzanares, que mira a la puerta de chiqueros. Allá que se marcha. Se hincha de rodillas. Frente a toriles, una larga cambiada. Y otras dos en los medios. Las palmas echan humo. De pie, lancea a verónica y remata con una media de rodillas. La ilusión se dispara. Y crece cuando el torero realiza un quite por tafalleras rematado con una preciosa cordobina. Cuidan al toro en varas. El astado se duele en banderillas, donde se luce Curro Javier; como en la brega lo hace Luis Blázquez.

Manzanares brinda al público. Y entonces el alicantino sirve un dulce postre que hace olvidar un amargo menú previo. Por momentos consigue que el tiempo se ralentice en el albero. Es como si el reloj se tendiera de manecillas caídas sobre la arena y se negara a caminar con el torero convertido en emperador de luces. En ese momento mágico, transfiere al toro a un segundo plano. Impone ritmo y pausas de manera caprichosa y el público queda como hipnotizado. Con la llama del temple en su mano, el fuego crece y decrece a su antojo y consigue que la belleza sea la luz especial de una faena resplandeciente. Especialmente llega en dos series diestras, con el cuerpo relajado, acompañando con la cintura al noble astado y un cambio deslumbrante. El torero parece que ha crecido un palmo. Con la izquierda se saborean un par de naturales. Los remates, como trincherillas o pases del desprecio, son de orfebrería cara. También con la derecha gusta en una tanda que abre con una capeína y en la que baja la mano. Apuesta fuerte en la suerte suprema y lo que apunta a recibir se resuelve con un espadazo al encuentro. Tarda el toro en caer y precisa un golpe de verduguillo. El torero y el público respiran. Dos orejas. Triunfo en el cierre, in extremis.

La historia anterior fue historia de escaso relieve. Con el primer astado, un Cuvillo, aceptablemente presentado, astifino, flojo, el torero recuerda a su progenitor al dibujar un quite por chicuelinas. Con la muleta, alternó pasajes con muletazos desceñidos con otros de calidad. Falta toro. Con el complicado y blando segundo, de Domingo Hernández, un castaño con volumen, cumplió sin más. El precioso cárdeno de Victorino Martín -recibido con una ovación-, vareado y peligroso, hundió al torero moralmente y estuvo a punto de herirle en un muletazo. Sus hombres de plata, Trujillo y Blázquez se llevan una gran ovación por pares arriesgados.

Al cuarto, de El Pilar, un colorado con clase, pero inválido, apenas si le hicieron sangre para un análisis en el primer tercio. Manzanares, después de varios derrumbes del astado, corta el trasteo. El quinto, con el espectáculo ya tocado, fue devuelto por la presidencia, ante su flojedad. En su lugar, un sobrero de Juan Pedro Domecq, que tras un puyazo perdió varias veces las manos en banderillas. Manzanares -al que su progenitor, en el callejón, le aconseja sobre la lidia- intenta el lucimiento, pero no puede bajarle la mano y el trasteo a media altura, no alcanza vuelo.

Como siempre dicen los taurinos, si matar dos toros es complicado, lidiar seis es casi jugar a la ruleta rusa. Si no, que se lo pregunten a varias figuras, incluido Manzanares padre -sufriendo en el callejón lo indecible y vitoreando a su hijo al final-, quien hace 23 años saldó su apuesta sin trofeos. Pero el destino en esta ocasión fue más amable y sonrió al joven Manzanares en el cierre de un festejo, en el que no tuvo la seguridad y contundencia habitual con la espada.

El epílogo, como ya hemos descrito, se acerca a la gloria que debió soñar durante estos días el joven torero alicantino antes de acometer el reto de ayer. Un toro nobilísimo, al que toreó con ritmo y temple, con un público enardecido que, por fin, ya en la anochecida, ondeaba sus pañuelos para solicitar los trofeos en la Maestranza.

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