Morante, capote de seda y fuego

De seda fue una media con la que paró el tiempo Morante. Abrió el capote de manera suave y con la fragilidad de las alas de mariposa, ondeó en vuelo eterno para fundirse con el torero en bronce sobre la arena. De fuego, varias verónicas sepultando sus zapatillas en la arena, con lances en los que cargó la suerte de manera implacable, rematando con una media honda, antítesis de la anterior. El torero de la Puebla, uno de los mejores capoteros de todos los tiempos, iluminó la Maestranza con alto voltaje de emociones en cada lance. Porque hubo mucho más toreo de capa que ya ha quedado grabado sobre el albero dorado de la plaza de Sevilla. Por ejemplo, en el recibo a ese cuarto dibujó tres verónicas de escándalo. Y llevando al astado al caballo, con suavidad pasmosa, estuvo a punto de ser cogido. Volvió a abrirse de capa y entonces, nacieron verónicas de fuego, raciales, toreando con todo el cuerpo y llevando sometido al toro para rematar con una media brutal. Las ovaciones se sucedieron, con un público enardecido por la emoción, entre tanto sonaba un pasodoble para un pasaje de belleza cumbre.

Morante quiso más. Pero el toro, no. En faena arrebatada y dedicada a Ángel Peralta, brilló al comienzo del trasteo en varios pasajes de mano baja, pero el toro se rajó. El de la Puebla, exhausto tras despachar de pinchazo y estocada al toro, recibió otra enorme ovación. No quiso dar una vuelta al ruedo, que parte del público le solicitaba.

Los citados momentos brillantes y fabulosos no pueden esconder que una corrida de Cuvillo con deficiencias en su presentación y en su juego y que llegó precedida de un nuevo lío en los corrales. Hasta 16 toros tuvieron que examinar los veterinarios. Habían rechazado siete por falta de trapío y otros tres por falta de peso.

Morante, con el que abrió plaza, un precioso jabonero con el que el tercio de varas fue un simulacro, ya había dibujado dos verónicas preciosas, cargando la suerte. Había comenzado la faena con bellos ayudados. La labor, con muletazos de calidad en sus comienzos, bajó de tono, con el toro a menos.

Sebastián Castella dio la talla ante el quinto, un ejemplar chico, pero con movilidad, al que recibió con una larga cambiada de rodillas frente a toriles, que continuó con un farol, también de hinojos. En el platillo, llegó a alternar hasta tres falleros con muletazos diestros, con el toro acometiendo desde la lejanía para cerrar con un pase de pecho solemne. Con la derecha, mayestático, hilvanó cuatro derechazos templados empalmados al pectoral. Enorme ovación y ¡música!. Cuando el francés se echó la muleta a la izquierda, el toro estaba ya rajado. El trasteo acabó en chiqueros. Estocada. El toro tardó en caer y el torero no empleó con celeridad el verduguillo. Sonó un aviso y el posible premio se esfumó.

El segundo, con extraños en sus acometidas, parecía burriciego de salida. También renqueaba. Se apagó pronto. Castella, que había lanceado con fibra, sufrió una cogida, afortunadamente sin consecuencias, como también lo fue la costalada que se llevó su picador Josele. El diestro se entregó en una labor de difícil lucimiento, por las dificultades del astado.

Alejandro Talavante también brilló más con su segundo oponente, el que cerró plaza. El torero, que había pasado por la enfermería por un corte con su estoque en la mano izquierda, salió muy decidido en busca del triunfo. Larga de rodillas a portagayola. Faena con un comienzo torerísimo. Si con la derecha brilló, brotaron en una serie con la izquierda cuatro naturales largos y limpios excelentes, rematados con un soberbio pase de pecho. Acompañado por los sones de la Banda de Tejera, concretó una serie diestra con suaves muletazos y un cambio de mano deslumbrante que fueron muy ovacionados. Con el toro ya apagado, arrimón y unas bernadinas de infarto, por lo ajustadas. Se había pasado de metraje. Sonó un aviso. Perdió premio al no acertar en el primer envite en la suerte suprema.

Con el manejable y flojísimo segundo, al que aplicaron otro simulacro como tercio de varas, Talavante no llegó a entenderse. Al entrar a matar en el primer envite, se cortó con la espada. Se mantuvo en el ruedo, con una fuerte hemorragia en la mano izquierda, hasta despachar al toro con otro pinchazo, estocada y cuatro descabellos.

La tarde fue memorable. En letras de oro, un Morante con capote de seda y fuego.

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