crónica taurina

Motivos para creer en el futuro

  • Alejandro Pavón, David de Miranda, Juan Ramón Jiménez y Alejandro Conquero, aprueban con valor por encima de una novillada con el hierro de Aguadulce que les puso a prueba toda la tarde

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Ganadería: Se lidiaron cuatro erales con el hierro de Aguadulce, puro encaste Núñez, que tuvieron buena presencia. En cuanto a juego, los tres primeros fueron ásperos y enterados para los novilleros. Poca entrega que además conjugaron con una embestida buscona en demasía para los actuantes. En sentido contrario destacó por su nobleza, aunque muy falto de fuerza, el lidiado en cuarto lugar. TOREROS: Alejandro Pavón. Dos pinchazos y media en buen sitio. Ovación y Saludos desde el centro del ruedo. David de Miranda. Estocada, oreja. Juan Ramón Jiménez. Estocada, dos orejas. Alejandro Conquero. Estocada, dos orejas; Incidencias. Plaza de toros de El Campillo. Media entrada escasa en tarde de mucho calor.

Calor, calor y calor. Mucho calor ambiental y menos del otro, el que le hace falta a una tarde de toros. El calor de ambiente en el tendido que quedó reducido a una sensación de media plaza, que seguramente fue menos, porque a lo que menos invitaba la tarde ayer en el Campillo era a rozarse con el compañero de localidad. Así que, corra el aire.

Quienes sí se arrimaron fueron los novilleros a los erales que les dejó en sus manos el sorteo.

Bueno en realidad, a veces los que se arrimaron a ellos con ansias, fueron los novillotes, empeñados en no dejar respirar a los de luces.

Pero en sentido general, y no quiero que se me distraiga la crónica, los toreros estuvieron por encima de una novillada muy áspera, enterada de dónde quedaba el torero, si no es que antes ya se venían vencidos sin querencia alguna al engaño.

Novillotes de asco para las ganas con las que se anunciaron para torear los de Huelva.

Por ello, el mérito de que Alejandro Pavón y David de Miranda volvieran una y otra vez al sitio donde habían probado el jarabe de los golpes que una embestida sin clase les había llevado contra el albero. Eufemismo, al fin y al cabo, esto de albero, pero al que se utilizó por aquello de describir la importancia que los chavales le dieron a una tarde donde faltó publico, aunque no seguidores.

Volvió a estar más que decoroso Alejandro Pavón. Más que por encima de la condición de un eral con volumen, Pavón se empeñó en querer ponerse de verdad una y otra vez en el sitio, y una y otra vez le llegaron los hachazos en el capote y las duras volteretas sobre la tierra. Pero si algo se saca consecuentemente de todo esto, además de que el de Zufre no estuvo listo con los aceros, es que el novillero dio la sensación de poder con lo que salga por chiqueros. Para alguien que esta empezando a caminar en la profesión es sin duda un buen tramo andado.

Me gustó ayer más que nunca ese valor sereno de Miranda. Puesto en el centro del anillo, el Triguereño le robó al eral la primera voltereta en el pase cambiado por la espalda. Valor para quedarse y volver. Valor para querer mandar sobre un bicho que se había aquerenciado con el terno verde oscuro bordado en mexicano que Miranda llevaba puesto. Fue imposible el toreo. No ya quedándote, sino incluso queriendo llevar toreado a un bicho que a duras penas, y de uno en uno como le llegó en forma de consejo, fue como pudo abrochar su seria faena al eral.

En la misma honda se aplicó Juan Ramón Jiménez con el tercero de la tarde. Otro complicado novillote con semejantes ideas que sus hermanos de encierro, aunque este amagó más que dio, entre otras cosas porque el de la capital le buscó los resortes de esa lidia que de uno en uno le dejó estar algo más a gusto con eral. Faena con valor y de valor que además remató certeramente con la espada, como viene haciendo.

Le tocó a Conquero un eral sin fuerza, pero con mucho temple y nobleza en la embestida. La suficiente como para que entre caída y caída el de Huelva enseñara una cosa importante: que dice cosas ante la cara del toro. Que de su figura menuda salen cosas que transmiten sensaciones de torero, y que se queda quieto. A veces, demasiado, como para ligar uno con otro, pero cuando engancha, llega al tendido, y al cronista. Vaya usted a saber por qué, su faena es de las cosas que más se me han quedado en el recuerdo de una tarde sin albero, pero llena de la sinceridad de un cartel repleto de esperanza.

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