Ponce, de profesión maestro

  • El torero de Chiva volvió a dictar otra lección magistral en La Malagueta en un festejo mixto en el que Hermoso de Mendoza cortó la única oreja de la tarde y sus dos compañeros se fueron de vacío

El toro que abrió plaza dio en la romana 636 kilos. Antes y después del primer rejón de castigo se desentendió del caballo, otro rejón más completó el tercio de salida. En banderillas Hermoso de Mendoza montó en primer lugar a Chenel que protestó en la primera entrada, pero luego la calidad del caballo y del jinete se impusieron, metiéndose por dentro para adornarse y recortar a la res. Entrando de largo, el jinete navarro clavó dos banderillas de perfecta ejecución. El toro embestía templado y su matador no lo dejó irse nunca. Sobre Ícaro, Pablo dejó arriba una banderilla portentosa de ejecución, después de sujetar a la res en un alarde de dominio, cara a cara, caballo y toro. Luego el de San Pelayo buscó las tablas y hubo que llegarle mucho para sacarlo de la querencia. El carrusel de las banderillas cortas lo protagonizó el estellés sobre Talismán. El cuarto era más feo de hechuras, pero transmitió y aún resultó pegajoso. Hermoso de Mendoza clavó dos rejones de castigo, tras cuya ejecución el toro siguió a la cabalgadura con buen tranco. Sobre Silveti clavó de poder a poder una banderilla muy aplaudida para luego, quebrar y adornarse. Acto seguido, entró de largo, ganó la cara y clavó con limpieza. Con el tordo Espartano volvió a dejar arriba el garapullo y se adornó con dos piruetas y al llegarle mucho, estuvo a punto de resultar cogido. Pablo utilizó a Manzana para clavar el carrusel de las cortas y dejar un gran rejonazo, con el que puso punto y final a su labor.

Si hay un torero en el escalafón que merece ser calificado como maestro sin que signifique derroche del término, ese es Enrique Ponce. En la octava del abono, con un lote infumable compuesto por dos mansos de carreta que no tenían de toro de lidia más que las cabezas, ha vuelto a dictar otra de sus lecciones magistrales. El primero, más justo de presencia y armado con mucho aparato, cabeceó en el primer encuentro y luego tomó dos picotazos y una vara corta. A pesar de que el toro, muy parado se defendía, Enrique lo llevó largo y a media altura, para favorecer la parca embestida. El toro se quería ir y se desentendía del engaño, al punto de que el matador tuvo que perseguirle hasta la puerta de toriles. Intento tras intento, incluso sacó muletazos lucidos y por sobre todo, estuvo a cien codos por encima de la condición del toro de Samuel. La presidencia fue abroncada por no conceder la oreja pedida mayoritariamente. El quinto, de feas hechuras, era también muy descarado. En el capote topó, se volvió contrario y sacó la cara por arriba. La primera vara la tomó con los pitones por encima del estribo y en la segunda se repuchó y salió suelto. Toro sin casta y sin clase que se defendió en banderillas. Pese a la condición negativa de la res, el maestro lo intentó sobre la mano izquierda, e incluso, consiguió algún muletazo de excelente trazo, pero el toro quería irse y renunció a la pelea. Nueva serie aplaudida sobre la izquierda y sobre la derecha, suertes largas y templadas. Enrique Ponce le buscó las vueltas al toro y se inventó embestidas donde no las había. En el colmo de la mansedumbre, el toro tampoco se dejó matar y paseó huyendo más de media plaza, al hilo de las tablas.

Punteó en el capote el tercero de la tarde.  No pasó de cumplidor en la primera entrada y tardeó en la segunda, en la que se quiso quitar el palo. En banderillas se dolió. Y a la muleta llegó rebrincado, descompuesto y con peligro, defendiéndose dando cabezazos. Matías Tejela no consiguió fijarlo y el intento de faena ante el peligro del toro, duró un suspiro.

El sexto fue uno de los toros de más cuajo de la corrida y tenía mucha cara. Tejela se hizo aplaudir en las verónicas de recibo; el toro ¡milagro!, repetía. Luego en la primera entrada, perdió las manos y en la segunda, midieron sus fuerzas. En el remate de la serie inicial de muletazos perdió las manos. Y luego embistió con la cara a media altura. El espada engendró una serie de buen trazo sobre la mano izquierda y el de Samuel, sumadas virtudes y restados defectos fue, con todo, el mejor de los lidiados a pie. Las series siguientes fueron menos limpias porque el toro se había acabado y la faena tuvo que terminar en las tablas.

Tarde en la que el ganado una vez más, frustró un final de festejo más brillante.

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