Escuelas taurinas

Quiero ser torero

  • Los chavales que quieren ser toreros ya no saltan las tapias para tentar becerros. Ahora estudian en una Escuela de Tauromaquia. Y en la Universidad, por si la suerte les da la espalda

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Fabián Ruiz dice que tiene menos miedo al toro que al ridículo. Eso es pundonor, o vergüenza torera. Lo cierto es que a Fabián, novillero mejicano, le marca la sombra de su padre, el torero que lleva a gala haber estoqueado al toro más grande de la historia de su país. Candilejo se llamaba y pesó 736 kilos. El ex presidente de los EEUU, Richard Nixon, lo invitó a su finca en homenaje a su popularidad. Además de su sombra, tiene su apoyo porque el padre de Fabián interrumpió su exitosa carrera taurina para acompañar a su hijo, que quiso ser torero desde que lo llevaba en brazos a las tientas. Llevan casi seis años en España y el hijo ya ha toreado en las novilladas de promoción en la Maestranza que organiza la Escuela de Tauromaquia de Sevilla.

A Lorenzo Garza no le faltan tampoco espejos en los que mirarse. Es bisnieto de Rodolfo Gaona, uno de los toreros más elegantes de la historia, que rivalizó con Joselito y Belmonte. Hijo y nieto de toreros, el coso mejicano de Monterrey lleva el nombre de su abuelo, Lorenzo, que se ganó el apodo de El Magnífico. Su bisabuelo inventó la gaonera (lance delantero que se ejecuta con el capote sujeto por detrás) y su abuelo el cite de perfil absoluto con la muleta, que inmortalizó Manolete. Lorenzo ha venido también de Méjico a probar suerte en el mundo del toro. Los dos se entrenan tres tardes por semana en el sevillano Parque del Alamillo, sede de la escuela, a las cinco en punto de la tarde, hora torera donde las haya.

Con ellos, Francisco Senín, nieto del fundador de la ganadería colombiana de Vistahermosa, y Cristian Ferrater, emparentado con Juan Belmonte. El Cossío de este grupo de toreros lo completan sus maestros, Manuel Rodríguez Tito de San Bernardo y Francisco Moreno Vega Curro Puya, sobrino de Gitanillo de Triana, que toreaba tan lentamente, que se decía que detenía el tiempo. “Gitanillo, ¿se te para el corazón cuando toreas?”, le preguntó Corrochano, una tarde en la Plaza de Madrid.

Ninguno de los muchachos que aprende a torear de salón en la hierba de este parque responde al tipo de aquellos chavales que saltaban las tapias para tentar el ganado, porque más cornás daba el hambre. Estos no quieren comprarle un cortijo a su madre, entre otras cosas porque seguramente ya lo tienen. Quieren ser toreros por afición y “ porque lo lleva en la masa de la sangre”, dice el padre de Fabián. La Escuela les exige para admitirlos que estudien o trabajen. Francisco, por ejemplo, estudia Farmacia. Cristian, que sólo tiene 17 años, 1º de Bachillerato. Su madre Miriam, accedió a su ruego de entrar en la Escuela cuando Cristian la convenció con unas notas excelentes hace dos años. “Ahora estudia poquísimo, sólo le interesa el toro”, se queja Miriam. Por si acaso, Cristian dice que quiere estudiar Empresariales además de ser torero, y de momento ya se le ha quedado una frase clásica del mundo de los negocios, que él aplica a su verdadera pasión: “Enfrentarse al toro es un riesgo, pero también una oportunidad”.

Ellos tienen la vida resuelta y el apoyo de sus padres, aunque al principio a los de Francisco y Cristian no les hizo mucha gracia la vocación de sus hijos. “Ilusión no te hace, porque esta una profesión de jugarse la vida, pero si vale y es feliz, tengo que apoyarle”, dice Miriam Ferrater. Al principio se lo tomó a broma, cuando Cristian se pasaba las tarde viendo corridas por la tele agarrado a su biberón o le pegaba pases a su perro Torito. Con siete años, el niño se iba a las tertulias taurinas y guarda una foto con El Juli pegada en el corcho de su habitación, donde otros adolescentes tienen las del grupo musical de moda. A los nueve años le permitieron entrar en la escuela y su madre piensa ya en que haga el paseíllo con la botonadura de Curro Cúchares que guarda su familia y el capote de su tío, Juan Beca, ahora retirado de los cosos y nieto de Juan Belmonte. “Yo lo veo muy serio, dice su madre, con la cabeza muy bien amueblada. Su tío dice que vale. Así que no me queda más remedio. Pero yo a la plaza no pienso ir ni muerta. Me da pánico”.

El padre de Fabián, que lleva 32 cornadas en el cuerpo, sabe del peligro que afronta su hijo, “los toros no dan besos, dan cornadas”, pero dice que el miedo se quita con la confianza que da la técnica. “El toro se vuelve parte de uno mismo, es nuestro colaborador en cada lance. Toro y torero se funden en cada pase, que es una escultura”, dice. Fabián, que tiene 21 años y ya ha toreado sin caballos, dice que el público desaparece cuando está frente al animal: “Está allá, lo sientes, pero lo que te llega es la presencia del toro, su bufido. Se siente muy bonito”, dice con el dulce acento mejicano y compara esta sensación a la de una droga.

Ambos protestan ante la supuesta indefensión del toro. “Que salga al ruedo uno de los que dice eso y se ponga frente a uno. Ya verán quién está indefenso. Mire lo que le pasó recién a Julio Aparicio, con todos su años de torero”, dice el experimentado padre. “En Portugal, donde se mata al toro en corrales, su muerte no tiene dignidad”, añade el hijo. “Más que valor, dice Tito de San Bernardo, el director de la escuela, lo que hace falta es afición y constancia”. Al principio están asustadillos, y eso que los becerros no pesan ni ochenta kilos, pero cuando se domina la técnica, el miedo se pasa, comenta. Los más valientes, asegura, son “más brutotes”. Los artistas son “medrosos”. Para Tito, pegar pases por pegarlos, no es bueno para nadie y el mejor capotazo es el que no se da. Eso les enseña a sus alumnos, postura, temple, colocación. Sobre la hierba del parque, los muchachos se citan unos a otros, uno torero, otro toro con el carretón. Más allá, otro se estira con la muleta, dando un pase largo, lento, citando al aire como si tuviera a su enemigo enfrente.

Entrar en el mundo del toro no es fácil. Cuando salgan de la escuela, estos muchachos tendrán mucho adelantado por sus relaciones familiares. Pero son ellos quienes tienen que demostrar que valen en las novilladas de promoción. “Allí es donde van los apoderados, explica y seleccionan a los que tienen futuro”. De esta especie de operación triunfo, han salido ya cinco toreros y una decena de novilleros. Salvador Cortés, por ejemplo, que debutó en la Maestranza en 2006. “Cuando llegó aquí no tenía ni idea. Tendría diez o doce años y ya es una figura”, dice Tito. Otros tres están en el cartel de la Feria de este año, Daniel Luque, José Moral y Fernando del Toro. En la plaza de más peso de España, con permiso de la de Madrid.

Por el momento, hay que trabajar duro. Coger fondo entrenando cada día, compatibilizar estudios y toreo, aprender la técnica de la lidia que les salvará de un apuro más que serio cuando estén en la plaza. Después hay que empezar a sumar gastos, “sólo el traje vale más de 1.500 euros, y luego el capote, las medias, los útiles…”, enumera Miriam. A los padres les toca la preocupación y hacer cuentas, como a todos. A los amigos, y sobre todo a las amigas, la admiración. “¿Si se liga más? Bueno, algo ayuda”, reconoce tímidamente Cristian.

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