Rafael Cerro, de la gloria al hule en la Monumental de Las Ventas

El novillero Rafael Cerro fue el gran protagonista de la final del certamen de novilladas del mes de abril celebrada en Las Ventas, por lo firme, valiente y capaz que estuvo, aunque a última hora cambió la gloria de un triunfo que le ninguneó el palco por una fuerte cornada.

Cuántas veces se ha premiado excesivamente en Madrid a novilleros que han pasado de puntillas pero que por el mero hecho de traer a su gente han salido de triunfadores. Casos hay, y muchos, aunque no procede dar nombres para no herir a nadie. Por eso lo que el usía de turno hizo hoy con Rafael Cerro no tiene nombre. O sí: el colmo de la insensibilidad.

Después de una actuación de lo más valiente, de lo más firme y capaz, sincera y de verdad, con el mérito añadido de calentar una tarde gélida y de sobreponerse a la aspereza del ganado, y después de llevarse una fuerte cornada, al presidente no le dio la gana darle una oreja que se ha había ganado a base de sudor y sangre.

Ocurrió en el cuarto, al que Cerro recibió a portagayola, galleó por chicuelinas, y toreó por delantales en un breve pero bonito quite con el capote.

El novillo, aún medido de fuerzas y algo rebrincado, permitió a Cerro muletearlo con aplomo, quietud y buenas formas en la media distancia, pulseando muy bien las bruscas embestidas del animal con temple y ligazón.

Un final entre los pitones, valiente a carta cabal, y un desplante muy a modo pusieron fin a una faena seria y madura, que contó finalmente con el mal sabor de boca de la cornada al confiarse en otro desplante con la espada ya enterrada en lo alto del lomo del novillo.

El utrero que abrió plaza fue un manso que no quiso saber nada de capotes, hizo sonar estribos en varas, se dolió en banderillas y desarrollo mal estilo en la muleta, algo que, sumado al incómodo viento, complicó aún más la papeleta para Cerro.

El pupilo de Ortega Cano, que lo saludó con verónicas rodilla en tierra y posterior quite por saltilleras, tuvo que sobreponerse a una fea volterera en el prólogo de su labor de muleta para firmar una obra que tuvo su emoción por la firmeza y el valor que demostró ante un animal violento y con malas ideas.

Tomás Campos sorteó en primer lugar un novillo que se movió con nobleza pero acusó escasa fortaleza. El de Llerena, que inició la faena con unos estatuarios sin enmendarse, consiguió momentos aislados de notable pureza sobre la mano zurda, enganchando muy adelante a su antagonista y tirando de su embestida hasta muy atrás.

Aún faltando unidad, entonada actuación del novillero de Rivera Ordóñez, que se mostró por encima de las complicaciones del de Gudaira, que nunca se entregó, y, sobre todo, del viento, que molestó también lo suyo.

Con el brusco y quedado quinto puso empeño Campos en un continuo quiero y no puedo.

El sobrero de Julio García que hizo tercero fue un animal suelto de carnes que no quiso saber nada en los primeros tercios aunque desmontó al picador en el primer encuentro, y con el que no valían confianzas en la muleta, metiéndose por los dos pitones, pegando un tornillazo a mitad del muletazo y echando la cara arriba con malas intenciones.

El mérito del mexicano Brandon Campos fue salir indemne del trance pues no tuvo la más mínima opción de lucimiento.

El sexto fue otro novillo difícil con el que, a pesar de pegar algún pase bueno a derechas y cobrarse dos volteretones de aquí de estero, apenas pudo brillar el mexicano pese a lo afanoso y entregado que estuvo.

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