Raza hidrocálida y torería levantina

Los tendidos algo más nutridos de público, el recuerdo del día anterior con ese Niñato que todavía continúa embistiendo en los corazones de los aficionados... Todo ello suponía un alivio para el calvario que está viviendo la afición sevillana. Los prolegómenos, el ambiente previo a la cita en la plaza, parecían presagiar algo extraordinario. Casi se cumple. Porque hubo momentos interesantes, con dos protagonistas por distintas vías y estilos, que no redondearon por los aceros y fueron tratados con benevolencia en los premios por un público que disfrutó y batió palmas fundamentalmente con estos dos diestros: el mexicano Joselito Adame -vuelta y oreja-, que se entregó con raza y Enrique Ponce, quien en sus bodas de plata como matador de toros tiró de oficio, siempre con clase y torería -dio una vuelta al ruedo-.

Joselito Adame tuvo el mérito de una entrega total ante su lote, al que recibió con sendas largas cambiadas de rodillas frente a toriles; además de buenos pasajes muleteriles. Ante su primero, tercero de la tarde, de preciosa lámina, se echó cuerpo a tierra para librarse de una cornada cantada. Luego, con el capote, apuntó mucho, pero faltó calidad, como en un quite por lopecinas, al paso, que resultó embarullado, pese a la gran ovación de un público ávido de lances inusuales. La faena de muleta resultó desigual, con la mayoría de series cortas, como el propio trasteo, pero con intensidad enorme en algunos pasajes, como una tanda diestra en la que el toro se paró y el mexicano resolvió con un fallero -muletazo por la espalda- improvisado para evitar una cornada. A partir de ahí la música acompañó su labor, que tuvo un final feliz junto a rayas, con la serie más honda de la faena. Todo ello intercalado con remates bellos, por bajo. Tras media estocada, precisó de dos descabellos y dio una vuelta al ruedo.

Joselito Adame volvió a jugársela en esa ruleta rusa que es la suerte a portagayola, ante ese portón tan gigantesco de toriles de la plaza sevillana. Más ruleta rusa delante de un cañón, por sus dimensiones, que de una pistola. El hidrocálido tiró de tela un pelín antes de tiempo y volvió a meter el miedo en el cuerpo a los espectadores. Las verónicas no pasaron de ganar terreno. Y en el trasteo hubo arrojo y detalles de calidad, desde una apertura con muletazos por alto a pies juntos, muy ceñidos, junto a tablas del 5, hasta un cierre arrebatador con la diestra, en el que se echó encima al toro, recibiendo un tremendo porrazo -para partirse la crisma-, del que se recuperó. En mitad del camino, en una faena basada en la derecha -mejor pitón del toro-, lo más destacable llegó con unos derechazos muy expresivos, rematados con una trincherilla singular y honda, digna de una escultura. Entró a matar en la suerte contraria, tirándose a ley, de verdad para una estocada entera. El toro buscó tablas y no caía. Pasó el tiempo, con el público atónito, esperando que se derrumbara el cornúpeta para solicitar premio. Adame esperó, sonó un aviso y tuvo que echar mano del verduguillo, que empleó en tres ocasiones -dos golpes en el primer intento-. Pese a todo, hubo petición de oreja, que la presidenta concedió.

Enrique Ponce estuvo bien ante el cuarto, de pitones tocaítos, con el defecto de embestir con la cara alta. Por el izquierdo se revolvía con prontitud. Por el derecho lo fue haciendo un Ponce que comenzó con muletazos en una apertura genuflexa elegante. Continuó alargando su embestida a base de toques en otras series. Lástima que con la música y el público de su parte, el toro se rajara pronto. En cualquier caso, cerró con unas bellas poncinas -muletazos genuflexos semicirculares, marca de la casa-, que el valenciano construye con empaque. El epílogo, con extraordinarios ayudados, rezumó torería y le dio cuerpo a la faena. En la suerte suprema, apostó por la suerte contraria para una media, pinchazo y una entera algo caída... y vuelta al ruedo.

Ponce, con el que abrió plaza, un astado moribundo tras una voltereta, al que la presidenta, Anabel Moreno, mantuvo en el ruedo entre las protestas de un público indignado con toda justicia y un rosario de caídas, hizo el paripé de un trasteo inexistente.

Sebastián Castella cerró sus dos tardes sin acierto, silenciado en su lote, como en su primera comparecencia. Ante el segundo, que se rajó muy pronto, lo mejor fue un explosivo comienzo de faena desde largo, con muletazos por alto; propinando la estocada de la tarde. Y ante el manejable quinto, labor entonada, con tandas cortas o muletazos sueltos para cerrar con un arrimón, con el público pidiendo que cortara.

De nuevo, dos horas y media de duración. Aunque ayer, el espectáculo no se hizo largo. Raza hidrocálida y torería levantina fueron las notas de valor positivo en la undécima de abono en la Maestranza.

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