Suertes en desuso, como, por ejemplo, el descabello

  • Resistencia llamativa de Manzanares para utilizar el verduguillo con el primero de sus dos toros · Los públicos de ahora no valoran el descabello como una suerte necesaria

OR lo visto, el primer Vicente Barrera matador de toros que hay en la historia descabellaba a los toros cuando estaban casi crudos y por tanto todavía muy levantados. Era tan certero que se hizo legendario su tino con el verduguillo. Tanto que llegó a valer más que una estocada. La muerte fulminante de un toro, como la que provoca un descabello fatal, tiene efectos purificadores. Este Barrera era el abuelo paterno del otro Vicente Barrera que todavía sigue en activo.

El primer Barrera fue figura del toreo. Antes de reglamentarse el peto de picar y después, antes de República de 1931 y después de la Guerra Civil. De todas las figuras de su generación fue el que más temporadas estuvo en activo. Desde 1926, en que hizo de novillero pareja con Gitanillo de Triana, hasta 1945. Torero de largo recorrido.

El toro de los años de la República tiene fama de haber sido el más duro de todas las épocas. En términos relativos, porque siempre que se habla de toros hay que dejar aparte las categorías absolutas, que engañan. Lo que hace relativa esa dureza es un detalle fundamental: los públicos exigían a los toreros quietud porque la llamada Revolución de Belmonte, y tan bien llamada, había vuelto del revés el canon del toreo. El sabio escritor Pepe Alameda reivindicó en su día la importancia de Chicuelo en ese preciso punto. A propósito del canon: Chicuelo fue el primero que ligó sin perder pasos al toro y, por tanto, el otro inventor del toreo moderno. Los toreros clásicos, o que representan el clasicismo, tales Belmonte y Chicuelo, fueron bandera de revoluciones.

Todavía se toreaba en la época de Barrera sobre los pies o las piernas. Y andando. Domingo Ortega, que mandó en el toreo entre 1931 y 1935, reinventó el toreo andado cuando estaba a punto de devaluarse o de pasarse de moda. Las imágenes grabadas descubren que el toreo andado, como recurso o adorno, puede ser bellísimo.

Es más fácil templarse en el toreo andado y cambiado que en el otro. Dentro del repertorio del toreo de clase o de calidad se incluye el toreo andado y bien andado. No movido, que es otra cosa muy distinta. Andarle bien a un toro no es sencillo. Sobre todo, porque el toreo al paso de auténtico mérito se basa en torear por abajo. Por alto no vale. O no vale lo mismo. O no tiene nada que ver. Se ha dejado de torear al paso como en los tiempos en que se pasó de moda hacerlo.

El Juli domina el repertorio del toreo andado mejor que ninguno de los de ahora. Con el capote de brega y con la muleta. Se prodiga menos de lo deseable. Pero es que no está en valor la suerte. ¿Y el descabello? Curiosa cuestión: ahora mismo la inmensa mayoría se resiste a descabellar un toro. Los públicos han dejado de reclamarlo como solían, porque el descabello es una suerte necesaria y no accesoria. La resistencia de Manzanares a descabellar al segundo toro de la corrida de ayer en Sevilla parecía deberse a un solo propósito: el temor a marrar y a que, por eso, se fuera una posible oreja. Sólo a eso, que no es una razón. Razón de toros.

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