No tanta hambre de toros

LA  de más raro ambiente de todas las corridas del abono de Sevilla es la del sábado de feria. No es de ahora, o sea, de hace poco tiempo. O desde que la preferia vino a ser primero tan larga como la feria y al cabo todavía más larga. Y más densa. Como si fuera otra feria. En realidad hay dos ferias de Sevilla. Sin hablar de San Miguel. En cuanto los trenes empezaron a volar desde y hasta Sevilla, el sábado de feria pasó a ser la fecha dulce del abono. Hasta la bandera la plaza.

Cuando los trenes se pusieron a volar por primera vez, el año 92, Manuel Díaz, redescubierto y rebautizado por el gran Paco Dorado,  estaba todavía toreando de novillero. Y en pleito por culpa de un apodo. El de El Cordobés. Tan elemental que nadie cayó en la cuenta de patentarlo en su día. De forma que ha llovido un poco desde entonces. Y esta semana más.

En Sevilla, se suponía, habría hambre de toros después de las tres suspensiones de la semana de feria. Hambre a pesar de y después de la doble ración de jamón de lunes y viernes. La frase de la feria, de ésta y de muchas, ha sido sin duda la ingeniosa salida de Eduardo Canorea para justificar la presencia por partida doble y casi triple de Juan Pedro Domecq en el elenco de ganaderos de Abril y parte de marzo también.

“Si en vez de un plato de pata negra, se sirven dos, no creo que nadie vaya a quejarse”. Sin entrar en detalles de cómo ha salido el jamón, lo cierto es que hambre de toros no parecía haber entre los abonados fijos de la influyente sombra de la Maestranza. Con un par de ligeras oteadas bastaba para detectar a simple vista y entre los habituales innumerables ausencias. De mano habrían cambiado mil y pico entradas de las buenas o de las caras. Un cambio de mano a tiempo y con garbo es una solución taurina de recurso y gracia. Lo que había después del diluvio era, por lo visto, hambre y sed de feria. De ir a la feria pero para ya no volver. A los toros. ¿Hasta hoy? Se verá.

El sábado de feria es la solución ideal para el visitante que en Sevilla siente el gancho de una tarde de toros en la Maestranza. Que pueden ser tres mil o más. El caso es entrar en la Ópera. Cante quien cante, pero que suene. Y sonaban los tres nombres del reclamo. Ese nuevo y no tan nuevo Cordobés a quien nadie se hubiera atrevido a pronosticar tan larga trayectoria cuando los días del pleito nominal. Quince años de alternativa cumplió anteayer y no ha parado desde entonces.

Rivera Ordóñez, que no perdona una cita en Sevilla ni aunque sea en sábado de feria. Y El Fandi, que en la que es ya su segunda época de matador ha decidido acoplarse como refuerzo a ese cartel mal llamado “mediático”. Porque es incombustible, popular y taquillero. Como el No nos moverán.

Y una corrida de Torrestrella, que ha pasado a ser hierro raro y caro de ver últimamente por las citas de postín o las ferias grandes. Salvo que, luego de verse las bondades de este otro jamón de jugoso pernil, decidan volver a apuntarse los mismos que hace cinco años dijeron que no era de su agrado el menú. Saldría malo algún toro, se caería alguna corrida. Con una frase hecha se cifra y zanja el asunto: “De ésas… ¡ni una más!”  De los tres toros de mejor aire de Torrestrella, el cuarto fue el de mej

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