La historia interminable de un 'miura' que no quiso marcharse

  • Un espectáculo de tres horas que, por largo, dio sensación de descalabrado disparate

EL buen aire del toro de Miura que rompió plaza resultó maldición gitana, pues fue arrastrarse ese toro, con las orejas puestas, y torcerse todo. Y tomar escorada deriva hasta casi el descalabro. Gran descalabro y disparate es que una corrida parezca interminable. Tres horas, tres. Ocho toros en la pista y dos salidas de los nueve bueyes de la parada para darse un paseíto.

Se negó a volver a corrales el segundo miura, que fue de una variedad que en la ganadería da por norma agresividad. Toros de pelo negro lustroso, estrechos de sienes, astifinos, más zancudos que agalgados y de cuello agilísimo. No se sabe si estaba cojo o sólo flaqueaba. O apoyaba mal. Pero perdió las manos y, al recuperar la horizontal, parecía descaderado. Cuesta mucho dinero un toro de Sevilla. Mucho criarlo y ponerlo, venderlo y comprarlo. No es fácil sacar el pañuelo verde de la devolución. Pero el toro amenazaba ruina.

Vino la primera de las que iban a ser dos comparecencias de los cabestros de urgencia y entonces empezó a correr el reloj. Estaba escrito que la miurada de 2008 tenía que ser corrida sin fin. El toro de marras no se dio por enterado del reclamo de cabestros y cabestrero. Al fin se estuvo en el mismo umbral del portón de toriles. Han sido cientos los toros de Miura que, de salida, se han plantado en ese territorio de frontera. Después de plantarse, solían hacer dos cosas: o volverse, es decir, girar de manos como en una pirueta para tomar el camino de regreso a corrales, pero sólo era un amago, o descararse, que es sacudirse el cuello y la cabeza y mirar desafiantemente al tendido.

Lo distintivo del miura clásico y, por tanto, fiero era barbear las tablas de salida pero hacerlo de frente a la barrera y no de lado. Y andando de costado sin dejar de desparramar la mirada por los tendidos. El cuello distintivo del toro de Miura es lo que se llama una gaita. Largo y flexible, tan elástico que da la impresión de encogerse y estirarse. Se tiene la impresión de que la diferencia entre la posición de estirada y la de encogida es grande. Levantado, el toro tipo de Miura parece mucho más alto de lo normal y eso que no lo hay más alto de agujas en todo el campo bravo. Los toros altos se descubren mucho menos que los que no lo son. Probablemente por un instinto defensivo.

No tardó en tenerse demostración elocuente de ese punto. Después de negarse a volver a corrales por activa y pasiva, el toro fue traído hasta el burladero de debajo del palco de los músicos. El más cercano a chiqueros. Desde la boca de una tronera intentó en vano atronarlo un puntillero. Padilla, que era el espada en turno, engañaba al toro a punta de capote, echado al hocico con una habilidad extraordinaria. Pero en cuanto sentía cerca el brazo del puntillero, como si le adivinara la intención, el toro se tapaba. Sin recular siquiera. Por si la culpa era de la tronera, la operación volvió a intentarse desde la barrera.

De los seis toros de Miura en liza este negro del cuello de gaita fue el de menos alzada. La barrera, por tanto, protegía a Padilla y al puntillero como un seguro escudo. Padilla volvió a exhibir su destreza con el capote pero tampoco se dejó engañar el toro esta vez. Instinto, casta. Y a todo esto, mientras el tiempo corría sin todavía pesar, el toro dejó de perder las manos, que es lo que suele suceder en esta clase de películas. Entonces Padilla pidió permiso y la espada, pretendió sin éxito que al toro se le pegara un puyazo y, al cabo, cuadró al toro y lo mató por derecho. No pasa todos los días.

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