A la playa con pudor

  • Hasta mediados del siglo XX las autoridades gaditanas emitían duras normas para todos los usuarios de las playas de la ciudad

La indumentaria con la que a principios del siglo XX se acudía a la playa. La indumentaria con la que a principios del siglo XX se acudía a la playa.

La indumentaria con la que a principios del siglo XX se acudía a la playa. / d.c.

Orden de la Dirección General de Seguridad: "Está absolutamente prohibido para toda persona mayor de 14 años el uso del traje de baño por las calles de la ciudad. El uso del pantalón corto solamente estará permitido en clubs deportivos y restaurantes de los núcleos de verano. En general, no están permitidas las manifestaciones de inmoralidad o situaciones obscenas que puedan afectar las costumbres tradicionales de nuestro país". Los calores del verano siempre pusieron muy nerviosas a las autoridades civiles y religiosas de una ciudad tan costera como Cádiz. Las normas morales y los edictos públicos controlando vestimentas y actitudes en las playas se hicieron habituales desde la segunda mitad del siglo XIX y se mantuvieron hasta bien entrado el siglo XX. La que abre esta información es una orden estatal que data de 1963, publicada en la edición del 2 de julio de Diario de Cádiz.

Tras la autarquía, la dictadura comenzaba a abrirse de forma muy tímida a las costumbres de las democracias europeas, pero aún costaba aceptar los bañadores cortos y, mucho más, los bikinis. Así que mejor dictar normas antes de provocar escándalos. Claro que peor se estaba en los años 30. Informaba el Diario de una serie de órdenes dictadas por el gobernador civil, Daniel Arriaza.Se especificaba que eran "órdenes estrictas", por si alguno tenía el pensamiento de saltársela. Su objetivo era "cuidar del buen orden y del mantenimiento de la moral pública". El gobernador, relata la crónica, ordenó a la Policía Armada que controlase las buenas costumbres, advirtiendo que "la más ligera sombra de inmoralidad o desvergüenza sería sancionada con severidad". "Es necesario que desaparezca de las playas de Cádiz esa vergonzosa promiscuidad de sexos con ropas que nada ocultan y ese pobre espectáculo de desnudeces entre ellos", continuaba. Advertidos todos, las sanciones serían muy rigurosas.

En tono ostensiblemente menos amenazante, los distintos ayuntamientos de finales del siglo XIX y principios del XX ya publicaban edictos para ordenar de forma correcta el uso de las playas y de los baños públicos, especialmente los del Real y el Carmen. En 1888, el Ayuntamiento acordaba con la Comandancia de Marina que los baños de mar solamente se efectuasen "en los baños establecidos en el muelle de San Carlos, en la Alameda Apodaca y en el Real de la Caleta. Además, se podría hacer uso de las playas de La Caleta y del Sur, extramuros. En los baños habría separación por sexos, ocupando cada uno un sector. Ninguna persona podría pasar a la playa o introducirse en el agua sin ir decentemente cubierto". Para eso se exigía que todos debían vestirse en las casetas y galerías.

Se especificaba por parte de la autoridad municipal que La Caleta podría utilizarse por los hombres desde el amanecer hasta las 09:00 y desde las 16:00 a las Oraciones. El resto de horas podría por las mujeres, con el horario contrario en la playa del Sur (La Victoria). Es decir, que eso de ir en familia a la playa, nada.

Las normas iban más allá de cuestiones morales y se dirigían también a los usos de la playa por parte de la industria local. Así, en 1904 se publicaba en el Diario de Cádiz que el uso del agua del mar por parte de industrias, como la de los tintoreros, o el lavado de las caballerías y animales se debía hacer fuera de estos horarios públicos.

Claro que las normas están para incumplirlas, por lo menos para unos cuantos. Con apenas diez años de vida, en 1877, el Diario ya advertía que, "aunque hace poco ya se publicó por la autoridad local un edicto prohibiendo absolutamente los baños en completo estado de desnudez, se ha hecho por algunos individuos tan poco caso del mismo que la mayor parte de los días se ven infinidad de ellos, particularmente en el trayecto que hay desde la puerta de la Caleta al Castillo de San Sebastián, hacerlo en tales condiciones".

Se lamenta la crónica que "muchas personas, algunas de ellas señoras que, por precisión o por recreo, pasan a la mencionada fortaleza, tienen que privarse de ello por no presenciar semejante espectáculo".No hubo escarmiento. Años más tarde, en 1914, un suelto del Diario informaba de una petición que el gobernador civil hizo al alcalde para que extremara la vigilancia ante el incumplimiento de las normas cívicas. Decía el gobernador civil de turno que "muchas mujeres y niños se bañaban en aguas de La Caleta de nueve de la mañana a cuatro de la tarde, cuando esas eran horas reservadas para el baño de los hombres". Tras la queja, la guardia municipal esmeró su vigilancia.

Nada hacía pensar a estos rectores de la cosa pública que en el último tramo del siglo XX los bañadores se reducirían al mínimo.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios