Objetivo abierto a la conciencia medioambiental

  • Fotógrafos de naturaleza cuentan en el cierre del festival del sector en Alcalá sus experiencias y el fin social de la profesión

Viajar por todo el mundo en busca de parajes únicos y animales en peligro de extinción, captar de primera mano la erupción de un volcán o sacar a la luz los seres que habitan en océanos y mares. Éstas son algunas de las ventajas de formar parte de ese grupo de aventureros y amantes de la flora y la fauna que se concentran en el sector profesional de los fotógrafos de naturaleza, que durante dos días ha celebrado su congreso y festival internacional en el Teatro Riberas del Guadaíra. Pero en este trabajo no todo se resume a ser testigo de los hechos; lo importante es transmitir, mostrar a través de la fotografía qué está pasando en la naturaleza y cómo la mano del hombre influye en ella. Quizás, la invitación a este encuentro no llegó a tiempo a los protagonistas de la Cumbre de Durban.

Entre stands, cámaras y objetivos fotográficos, en el teatro de Alcalá de Guadaíra han convivido estos días hasta seis exposiciones que mostraron con detalle la obra de profesionales como José Benito Ruiz, presidente de Aefona (Asociación Española de Fotógrafos de Naturaleza). Él lo tiene bastante claro: "Este trabajo es vocacional, casi siempre autodidacta. Desde la asociación promovemos la formación y nos preocupamos del aprendizaje de los más jóvenes". Entonces, ¿qué requisitos necesita cumplir quien se introduce en este mundo?: "En Aefona es fundamental tanto la calidad técnica como la ética. El deber de conservación está por encima de todo. Nuestras fotos tienen que ser útiles, por ejemplo, para la conservación de especies protegidas". Y para cumplir con el ejemplo basta echar un vistazo a la publicación Paisajes de mar, en la que José Benito Ruiz participa con su trabajo. "Es un recorrido por toda la costa española. El fin es mostrar lo que se ha destrozado y proteger aquellas playas aún vírgenes". También se trata, a través de la imagen, los vertidos de petróleo, la contaminación lumínica, la construcción de carreteras sobre dunas y un largo etcétera con un elocuente mensaje medioambiental "y sin retoques, soy un purista".

Y aunque parezcan auténticos óleos, son fotografías. El maestro Antonio Camoyán ha sabido retratar como nadie el alma de Río Tinto. Sus texturas y colores le cautivaron cuando, con 18 años, acompañado por su padre, tomó su primera fotografía en el lugar. Desde entonces, este paisaje se convirtió en una "obsesión" que le llevó incluso a abandonar la medicina para dedicarse de pleno a la fotografía. Tras mucho viajar, Camoyán afirma no haber encontrado otro entorno natural similar: "Tan sólo en Argentina hay un río rojo parecido y en Venezuela un yacimiento minero, pero ninguno con la densidad, el color y el barro del Tinto".

Y, entre anécdotas, Juan Gil, vicepresidente de Aefona, confiesa su debilidad por los flamencos que habitan en la colonia del Delta del Ebro. Estas aves fueron las "culpables" de que en 2001 Gil recibiera un premio internacional en Inglaterra y de que, desde entonces, no haya podido separarse de su cámara. Su pasión le ha llevado a viajar a lugares como Finlandia, "a 42 grados bajo cero, y a Noruega para fotografiar al oso polar".

Pasar la noche en una tienda de campaña, camuflado, a la espera del ejemplar deseado es una experiencia que se repite en la profesión. Eduardo Blanco es uno de los más jóvenes que han asistido al encuentro. Desde hace cinco años se dedica a la fotografía de naturaleza y su material ya ha sido publicado en revistas como National Geographic o Geo. Sus trabajos sobre el paraje semidesértico de las Bárdenas Reales, en Navarra y el titulado Pura Vida, que desarrolló con otros colegas en Costa Rica, son motivo de orgullo para él y para la saga de estos guardianes que custodian el entorno en papel fotográfico.

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