Renacimiento en Santa Cruz

  • Los propietarios de la Casa de Salinas, construida en 1570 por la familia Jaén, han puesto en marcha un programa de visitas guiadas a este palacio situado en la calle Mateos Gago

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Una de las fiestas mayores de Sevilla, la Semana Santa, es resultado directo del Barroco. La mayoría de las tallas y los pasos procesionales que se diseñan en la actualidad siguen los cánones de esta corriente artística de los siglos XVII y XVIII. La pintura de Murillo y Zurbarán, así como los retablos de las iglesias de la ciudad, es herencia de esta corriente artística que llegó de Italia. Sin embargo, la época de esplendor de la capital andaluza comenzó antes, cuando se le concedió el monopolio del comercio con las Indias, a principios del XVI. Las riquezas que llegaban a Sevilla permitieron que nobles y comerciantes edificaran sus palacios en el estilo entonces imperante, el Renacimiento. Un ejemplo es la Casa de Salinas, construida hacia 1570 por la familia Jaén. Después de, aproximadamente, 300 años bajo la propiedad de los Jaén, el palacio pasó por varias manos hasta que, en la década de los 30 del pasado siglo, la adquirió la familia Salinas, que la sometió a un importante proceso de rehabilitación para recuperar los elementos originales, eliminando actuaciones posteriores. Hace menos de seis meses, esta familia -formada por 12 hermanos y que sigue habitando la casa- puso en marcha un programa de visitas matinales de media hora de duración.

"Lo más destacado de la casa es la armonía, ya que fue construida de forma simultánea en el solar que dejaron otras viviendas más pequeñas", explica Cristián Salinas, uno de los propietarios, que también hace referencia al hecho que diferencia este palacio de otros de su mismo estilo como la Casa de Pilatos o la Casa de los Pinelo: "Es un edificio vivido". Precisamente por esa razón sólo se muestra la planta baja, en un régimen restringido: de lunes a viernes, de 11:00 a 14:00.

Las encargadas de conducir a turistas y locales por las dependencias del edificio son Rosa Valle y Cristina Ortiz, estudiantes de la Facultad de Turismo y Finanzas de la Universidad de Sevilla. Las dos jóvenes reciben a los visitantes en el zaguán de la casa y les explican que la entrada está proyectada en forma de codo: "De esta forma, el interior de la casa no podía verse desde fuera", apunta Rosa Valle.

La entrada a la casa se hace a través de un pequeño patio con una fuente de mármol, separado del patio principal por una cortina de color granate. Según asegura Salinas, la reacción de los visitantes al traspasar el visillo siempre es la misma: detenerse en la esquina a mirar los distintos elementos del espacio. Las yeserías platerescas de los arcos de medio punto -soportados por columnas de mármol de Carrara traídas de Génova- contrastan con el color rojizo de las paredes y los azulejos sevillanos originales del siglo XVI.

Después de dejar el patio, la guía conduce a los visitantes al comedor de verano -presidido por una larga mesa de madera que los Salinas utilizan cuando el frío de la planta baja lo permite-, para después subir la escalera que conduce al segundo piso. Las vidrieras de la planta alta, que sirven para tamizar la luz, muestran su color original cuando el sol incide sobre ellas, pero los visitantes se fijan más en el artesonado -del siglo XVI, como todos los de la casa-, antes de bajar otra vez, ya que no es posible acceder a la segunda planta por ser donde hace vida la familia Salinas.

Antes de dirigirse a otro patio, el público entra en una sala de estar donde contrasta el mobiliario clásico con un cuadro abstracto de gran formato de Manuel Salinas, otro de los hermanos de la familia propietaria y célebre pintor sevillano. Un mosaico romano preside, junto con una talla de la Virgen de los Remedios procedente del convento homónimo, el segundo patio del edificio. "Muchas veces, la gente no saca la cámara hasta que no llega al mosaico", señala Rosa Valle, para después relatar que José Gestoso -que también fue propietario del palacio- trajo desde las ruinas de Itálica este vestigio arqueológico del siglo I y que representa el cultivo de la vid.

Como si se tratara de una de las visitas VIP -que ofrecen los propietarios de una forma más personalizada-, Bruno Salinas afirma que la casa también tiene algunas leyendas. Una de ellas narra que los restos de Murillo fueron depositados en el patio pequeño cuando, en el siglo XIX, fue derribada la iglesia de Santa Cruz, situada en el espacio que hoy ocupa la plaza del mismo nombre. "Se dice que el pintor estaba enterrado en la capilla que la familia Jaén tenía en la parroquia y que le entregaron los restos cuando fue demolida", apunta Bruno Salinas.

Los visitantes vuelven al patio principal y, antes de irse, la guía les conduce a un despacho presidido por otro cuadro de Manuel Salinas. "A veces, durante la ruta, la casa huele a los guisos que se hacen en la cocina y es una de las cosas que más llama la atención al público", cuenta Rosa Valle. La joven asegura que los turistas quedan impresionados por los artesonados y que recibe muchas preguntas sobre la familia que vive en la casa palacio.

Muchas de las impresiones quedan reflejadas en el libro de visitas. Entre las anotaciones en varios idiomas, la mayoría de las personas que acuden a la Casa de Salinas felicita a la familia por la decisión de mostrar su patrimonio a la ciudadanía. Otros hacen hincapié en la simpatía de las guías, pero no son pocos los curiosos que, además de mostrarse satisfechos, piden que se abra la segunda planta para poder ver el resto del edificio.

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