Análisis

Razones del vuelco político

  • Sorprende observar que ni PSOE ni PP ni Cs sean capaces de entender qué les han dicho los andaluces

Susana Díaz, en la Ejecutiva del PSOE-A, ayer. Susana Díaz, en la Ejecutiva del PSOE-A, ayer.

Susana Díaz, en la Ejecutiva del PSOE-A, ayer. / Julio Muñoz · Efe

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Ni todo un lunes poselectoral ha bastado para que algunos de los protagonistas de la política andaluza entiendan qué ha pasado para que, por primera vez en 36 años, haya una mayoría social en el espectro político que va del centro a la extrema derecha. Y, por consiguiente, una minoría del centro a la izquierda más radical.

Es compresible que un golpetazo tan brusco e imprevisto como el resultado electoral de este, esta vez sí, histórico 2 de diciembre de 2018, deje sonado a cualquiera. Pero sorprende que una política con la experiencia de Susana Díaz no haya salido de su burbuja ni después de ver que el PSOE-A no suma para gobernar ni solo ni con el apoyo de otro. Ni con el de dos, porque no hay socios compatibles para hacerlo realidad.

Díaz ha decidido en estas horas obviar lo que parecería no sólo lo más razonable y lógico, sino lo más atinado: analizar y explicar qué razones movieron el vuelco electoral e ideológico.Sobre todo porque todas las razones conducen a una sola: hartazgo de 36 años de Gobierno monocolor socialista –levemente salpicado con verde PA o IU, socios a los que abrasó–.

Díaz no quiere ver que el abstencionismo en la izquierda que ha permitido que la fragmentación le afecte a ella mucho más que nadie, incluso más que al PP, no es porque el votante de izquierda fue perezoso, sino porque el PSOE no le ofrece ya motivos para votarle, por puro agotamiento.

Cuesta entender que Susana Díaz no haya salido de su ‘burbuja’ y juegue al trilerismo

Lejos de entender que la política, ni española ni andaluza, no se basa ya en el maniqueísmo bipartidista sino en un sistema de partidos con cuatro o cinco actores capaces de acaparar diputados por decenas, incluso en la extrema derecha, la presidenta en funciones optó por una lectura del resultado propia de trileros y que ya avanzábamos desde la misma noche electoral. Lo dijo ayer ante los periodistas: los 12 escaños de Vox no deben tenerse en cuenta y por eso la izquierda tiene 50 asientos frente a 47 del centroderecha. Negación de la realidad y cero autocrítica, más allá de un lacónico “algo hemos hecho mal”.

¿Sólo mal? ¿No es capaz de comprender que la pulsión de cambio ha llevado a un voto trasversal en toda Andalucía a un partido populista de ultraderecha? ¿Es que de eso sólo culpa al PP, que también es responsable, sin duda?

¿No se da cuenta de que el ultranacionalismo español que ha exacerbado Vox tiene su origen en que un partido que siempre tuvo sentido de Estado decidió gobernar con el apoyo del independentismo que trata de dinamitar ese mismo Estado y que ese Gobierno fuerza a la Abogacía del Estado a que se retire la acusación de rebelión para dejar en sedición el mayor ataque al orden constitucional desde el 23-F de 1981? ¿No comprende que los indignados de Andalucía –sean cazadores, taurinos, sanitarios, jornaleros o urbanitas– se abrazan al populismo de derechas porque quieren desalojar a una organización política que, se dice de izquierda, está isquémica, desconectada de la realidad y que lleva 40 años ininterrumpidos en el poder, desde el origen mismo del autogobierno, en la preautonomía?

Y el PSOE andaluz, todavía de Susana Díaz, no es el único que se resiste a leer los resultados con sentido común. Juan Manuel Moreno Bonilla se expresó ayer como si no hubiese perdido en cuatro años y medio, no en cuarenta, la mitad del apoyo que heredó de Javier Arenas: 50 diputados que hoy son 26. El segundo peor resultado. Se agarra a la lógica de que se puede dar la paradoja de presidir la Junta con el mismo apoyo de Gabino Puche en 1990. Pero lo cierto es que debería preguntarse ¿por qué el indignado, el que quiere el cambio, no le ha elegido como opción abrumadoramente mayoritaria para ser la alternativa? Presume de que salvó el segundo puesto, y es cierto que no es poco, pero que no sirve de nada sin una reflexión profunda sobre qué hacer ahora. ¿Es consciente de todo lo que tiene que cambiar, él y el PP, si asumen la tarea de gobernar?

Ciudadanos y Juan Marín sólo quisieron ver la parte positiva, indudable, de su resultado, su espectacular crecimiento en votos y escaños. Y no sólo obvian su fracaso en el sorpasso, sino que se comportan como si lo hubiesen logrado. La pose, barrunto, no durará más allá de unas semanas.

Ni PP ni Cs se dieron cuenta ayer de que lo único que tienen que hacer es pactar un Gobierno del cambio sin contar con Vox. Mejor hoy que mañana. Y exigir a Díaz el cordón sanitario que pide lo ponga ella con la abstención del PSOE. Y eso que Vox se lo dejó claro: no será un obstáculo si hay cambio.

Para todos, en el horizonte ya despuntan las Generales.

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