En tres palabras

El susanismo ha muerto, viva el susanismo

  • Desde el desastre del 2-D, tras lo de las primarias, Susana Díaz trata de sobrevivir al efecto devastador de dos derrotas y eso determina su estrategia

Susana Díaz y Mario Jiménez, en el Parlamento andaluz. Susana Díaz y Mario Jiménez, en el Parlamento andaluz.

Susana Díaz y Mario Jiménez, en el Parlamento andaluz.

1. LA CABEZA DE MARIO.

Las interpretaciones sobre los cambios en el PSOE andaluz, con la defenestración de Mario Jiménez, se han multiplicado. Está la versión oficial virtuosa del “aire fresco”, según la cual se trata de aquello tan unamuniano de renovarse o morir; la versión beatífica, que considera que hay que contrarrestar el estilo perruno que han impuesto las derechas con sus portavoces en el Parlamento con otra clase de discurso más técnico para marcar carácter; la versión bestiario de Susana Díaz como la hidra policéfala de Lerna que se alimenta de sus compañeros con la voracidad del Saturno de Goya; o la versión del cortafuegos según la cual Susana suelta lastre del susanismo para sobrevivir al avance del fuego sanchista... Más que interpretaciones, en muchos casos son opiniones. Y las opiniones son como los culos, como le gusta decir a Clint Eastowood: todo el mundo tiene uno. Así que a saber.

En todo caso hay algo seguro: Susana Díaz, desde el desastre del 2-D tras lo de las primarias, trata de sobrevivir al efecto devastador de las dos derrotas y eso determina su estrategia. Desde el sanchismo han filtrado que ellos no se han cobrado la cabeza de Mario; de modo que es una pieza sacrificada por ella. La reina del sur se enroca entre consejeros fieles; y la unanimidad al votar el nuevo portavoz delata que aún inspira respeto... o miedo. Tal vez para salvar a Susana haya que matar el susanismo. En las secuencias dinásticas, un rey debe morir para que haya otro rey, pero Susana Díaz aspira a que un susanismo muera para que le suceda otro susanismo. En todo caso, la guerra no ha terminado en el PSOE, a pesar del espejismo de las treguas, de modo que la obsesión es sobrevivir. Esa, como decía el gran cineasta bélico Sam Fuller, es la máxima gloria a la que aspirar en la guerra: sobrevivir.

2. DEMOLICIONES BENDODO.

De momento, la liquidación del susanismo no es solo un trabajo interno, sino también la acción lenta y sistemática de demolición que el Gobierno está aplicando con la herencia recibida. Bendodo en eso es realmente bueno. Y si en la Diputación de Málaga supo manejar facturas de farmacia o el aperitivo del ex presidente en su despacho para desacreditar a sus predecesores, aquí ha encontrado minas de oro político. Esta semana han sido los 8.655 millones pendientes de cobro, en el limbo de la mala gestión, con deudas que llegan a acumular 30 años, y 3.500 millones quizá ya irrecuperables, 1.500 en derechos de cobro prescritos y otros 2.000 en libramientos de pago sin justificar. Por supuesto, como sostiene el PSOE, las derechas siempre dan apariencia de corrupción a la cuestiones administrativas –en definitiva las cuentas están controladas por Madrid y Bruselas desde hace años– pero esta clase de datos es gloria bendita para Demoliciones Bendodo.

Tal vez la mala administración deba entenderse como una cierta forma de corrupción, pero, más allá de ese debate, estos datos son bombas de espoleta retardada en la plaza pública. Una semana los 8.655 millones pendientes de cobro; otra los chiringuitos como Andalucía Emprende con ocho de cada diez euros del presupuesto destinados a las nóminas de cientos y cientos de enchufados; otra es la ocultación en las listas de espera de medio millón de andaluces; otra, el absentismo laboral bananero aquí o allá; otra los porcentajes bárbaros de presupuestos sin ejecutar… Más allá de la guerra de encuestas y de las cabezas cortadas, no será fácil sobrevivir a la filtración constante de datos siniestros por parte del aparato de propaganda de San Telmo. Y en el PSOE saben lo implacable que puede llegar a ser esa maquinaria de propaganda.

3. ¿PERO FUNCIONA EL CAMBIO?

“El Cambio funciona” dictamina Moreno Bonilla en su primer final de curso. Es una curiosa obsesión. Ya tras los primeros cien días, ese fue el veredicto del autobombo presidencial: “el cambio funciona”. Es más, lo había dicho antes: “en menos de cien días se puede decir que el cambio funciona”. Empieza a tener el aire goebbelsiano del lema eslogan mil veces hasta que parezca verdad.

De momento hay algo seguro: el cambio era necesario. No hacía falta siquiera el goteo constante de filtraciones de su aparato de propaganda para llegar a esa conclusión. Andalucía era una administración herrumbrosa. Ahora bien, el cambio, más allá del cambio, ¿realmente funciona? Parece muy pronto para insistir tanto en el eslogan.

Ya sabemos que la gestión era deficiente, ¿pero ya se sabe que la gestión del Gobierno de las derechas es eficiente?

Ya sabemos que se acumulaban listas de espera ¿pero ya se sabe que las listas de espera están resueltas por el Gobierno de las derechas más allá de la primera operación tempestiva de imagen?

Ya sabemos que Andalucía sufría problemas de vertebración, ¿pero ya se puede decir que es una comunidad vertebrada por el Gobierno de las derechas?

Ya sabemos que el fracaso educativo y los niveles PISA situaban a Andalucía a la cola, ¿pero se puede decir que ahora sí funciona a pesar de que sus primeros planes hayan naufragado apenas estrenados?

Ya sabemos que no se atendían los problemas de vivienda, ¿pero cuántas se han construido o siquiera activado?

El cumplimiento presupuestario estaba en niveles pobres de ejecución, sí, ¿pero ya se puede considerar que el presupuesto del Gobierno de las derechas se ejecuta exhaustivamente cuando apenas llevan dos semanas con presupuesto?

Sencillamente esas preguntas tardarán en poder responderse. También en Canal Sur, más allá de los nombramientos interesantes y de las primeras decisiones con criterio, hasta tener la perspectiva de una temporada completa; y así todo. Dictaminar en seis meses que el cambio funciona no sólo es absurdo, sino además ridículo. No se trata de reclamar modestia –virtud inexistente en política– pero sí un mínimo decoro. Habrá tiempo para celebraciones, pero ¿no deberían de momento centrarse un poco en trabajar?

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