Las razones de la pintura | CRÍTICA

Alfonso Albacete, una voluntad de arte

  • El creador antequerano reflexiona sobre los mitos y sobre el lugar y la práctica de la pintura en la excelente retrospectiva que le dedica el CAAC

'El jardín japonés' (2009) de Albacete. 'El jardín japonés' (2009) de Albacete.

'El jardín japonés' (2009) de Albacete.

El gran cuadro (2,25 x 3,60 m) es la imagen de un sótano. Dos ventanas laterales acogen una tímida claridad. Otro vano circular, más ávido, deja en el muro una elipse de luz. La ventana de la derecha dibuja una escalera que se desvanece en penumbra hasta un breve rectángulo luminoso, la puerta, apenas el umbral. Las alternancias de luz y el título, Jacob 12, remiten al héroe bíblico y a su escala hacia las potencias celestes. Pero al sueño de Jacob antepongo su terquedad. Quiso conocer lo más oculto, el nombre de Yaveh. El afán le costó pelear toda una noche y una rodilla maltrecha, pero quedó su empeño: ir más allá de las palabras gastadas. Es este uno de los afanes del arte, muy claro además en Alfonso Albacete (Antequera, Málaga, 1950): más de preguntarse por los límites de la pintura se ejercita en ampliarlos.

Nuestro tiempo ama las palabras simples. No busca claridad sino confort: una expresión densa, un análisis sutil, una metáfora atrevida inquietan. Es mejor el tópico, el eslogan, la receta que evitan la fatiga (y la responsabilidad) de pensar. El arte hace justo lo contrario: un poema, si logra decir algo, ha ensanchado las fronteras del lenguaje. Un cuadro va más lejos porque a la nueva forma añade el desconcierto del color. ¿No es este itinerario el que traza Albacete con una tenacidad digna de Jacob?

Lo vemos en sus paisajes. Reduce el museo de Viena a una oblicua (eco de Brueghel en Los cazadores en la nieve), que hace crecer un cielo, verdadera aventura de color, tachonado de cuervos. Más adelante, un nocturno vertical: casas y palmeras, abajo, suben en la medialuz hacia una luna al filo del eclipse. En la sala contigua, la 5, un gran paisaje, El mar de la China, un lienzo de casi 22 metros, dividido después en 24 piezas, recoge la memoria del tiempo y el espacio de un vuelo sobre las islas testifos de la angustia de Lord Jim. La pintura suele delimitar el paisaje encerrándolo en la perspectiva.

Albacete subraya desde arriba la profundidad del mar y lo hace deslizar, viajero, como David Hockney, en sus road paintings, y los pintores chinos en esos pliegos que, al desenrollarse, hacen soñar no con el enclave pintoresco sino con el placer de recorrerlo. De vuelta al pasillo central, Primer Ulises, un bodegón donde las frutas, limones, se transmutan en color y ceden el protagonismo a un gran plano: no es la representación de un mantel sino el mantel mismo, aunque sin llegar a serlo porque ese mantel se ha tratado como pintura.

Esta intervención en los géneros tradicionales brota de una reflexión que se materializa en el estudio del pintor. Tropezamos con él en el pasillo central: el autor trabaja entre trazos y campos de color. En la sala 2 reencontramos el mismo cuadro pero en plena ejecución. El pintor, detenido su trabajo, lo examina. Un arco (metáfora del cuadro) permite ver la obra, el autor y algo más: un juego de espejos que multiplica la figura del artista. ¿Afán narcisista o índice de la autorreflexión del artista, sembrada, por su osadía, de incertidumbres? ¿Qué hago al pintar? ¿Quién soy cuando pinto? En la misma sala, la obra que abren estas notas y otro signo del valor del estudio: un cuadro lo recoge completamente vacío. Abandonado por quien trabajó en él, Albacete lo presenta como límpido lugar de la memoria.

'Estudio del pintor', otra de las obras incluidas en la antológica. 'Estudio del pintor', otra de las obras incluidas en la antológica.

'Estudio del pintor', otra de las obras incluidas en la antológica.

La sala 1, frontera a la anterior, se dedica al cuadro. Desde su génesis hasta su comentario ante un atento auditorio que el autor titula con sorna Sínodo. Destacan dos piezas: El huerto de Sebastián interrumpe el ir y venir de los bañistas con un segundo cuadro, dentro del primero, que evoca tal agitación y deja ver los útiles de pintar. Natura 1 muestra al pintor y oculta el cuadro (sólo vemos el bastidor), no en un cuidado jardín, sino en un huerto que hermana sensualidad y color.

En la sala 6 sólo hay interiores aunque ninguno está cerrado. Abiertos al entorno, Albacete fuerza el lenguaje perspectivo para construir un lugar reservado pero no clausurado. Dicen los filósofos que sólo a través del mundo exterior se llega a la conciencia de sí mismo. Esto sugieren los cuadros. Un excelente cuadro, El jardín japonés, condensa, cadencioso, experiencias acumuladas, pero prefiero Estancia: es la imagen misma de ese mundo interior sin el que el cuadro sería trivial y de poco valdría el estudio.

La muestra presenta así, junto a la heterodoxia de los géneros, tres momentos de la invención artística, anclándolos en lo que yo llamaría voluntad de arte. No como la entendía Riegl, sino como afán de rastrear palabras y figuras que aún carecen de significado disponible. Tal vez por eso Albacete reescriba los mitos, en especial Salomé, en la alta escalera que no dudó en subir para consumar una pasión contradictoria. Una palabra final: consigan el catálogo. Los textos del comisario, Mariano Navarro, Bea Espejo, Francisco Jarauta, Armando Montesinos y el propio Albacete merecen leerse y guardarse. 

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