Arte

El enigma del hombre delgado

  • Franck Maubert publica 'El hombre que camina', un acercamiento entre el ensayo y la memoria sentimental a la célebre escultura de Giacometti, a quien el Prado celebra con una gran muestra

'El hombre de camina' de Alberto Giacometti. 'El hombre de camina' de Alberto Giacometti.

'El hombre de camina' de Alberto Giacometti. / D. S.

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Siempre nos ha parecido muy acertado lo que decía Alberto Giacometti: "¿No cree que es una aventura mucho más peligrosa pintar un rostro que un viaje a Egipto?". En el recorrido de un rostro, uno halla la tempestad y la tiniebla, el enigma y la duda. Por Borges sabemos también que no hay mayor aventura en el tiempo que el paciente trazado de dibujos y líneas sobre el que acaba aflorando un mapa: la cara, el rostro de un hombre.

Ahora acaba de llegar a las librerías un ensayo en torno a la que es, casi con toda seguridad, la obra más conocida del escultor y pintor suizo, El hombre que camina. Firma este híbrido entre el ensayo, la biografía y la propia memoria sentimental el escritor francés Franck Maubert. La que ha acabado siendo una de las esculturas más célebres de la historia del arte la incorporó Maubert a su paisaje interior una lejana tarde de agosto de 1973, cuando la contempló por vez primera en la Fundación Maeght de Saint-Paul-de-Vence, en Francia.

Maubert, autor también de Conversaciones con Francis Bacon y La última modelo (ambos publicados en Acantilado y el último, de hecho, dedicado a una musa del propio Giacometti), ha convertido al gran artista en su acompañante amigo. Es, de hecho, el hombre que ha caminado a su lado, a imagen y semejanza de la mítica y escuálida figura. En esta obra parece sintetizarse la condición de todo hombre: andar, seguir en camino. Nietzsche asoma por entre la senda para decirnos que los mejores pensamientos le vienen al hombre cuando camina.

Una mujer contempla la mítica escultura en una exposición. Una mujer contempla la mítica escultura en una exposición.

Una mujer contempla la mítica escultura en una exposición. / D. S.

Alberto Giacometti (Borgonovo, 1901–Coira, 1966) realizó numerosos modelos de El hombre que camina. Todos acabaron destruidos. Sólo cuatro obras se conservan y llevan el título de su serie de caminantes filiformes. La primera la creó en 1947 y la expuso en la galería Pierre Matisse de Nueva York. Después vendrían El hombre que camina I y El hombre que camina II, creadas para el proyecto del Chase Manhattan Bank en 1960 y 1961. Por último, El hombre que camina III quedará inconcluso, en yeso pintado trabajado con espátula, y con una pierna de varilla de hierro (la obra, la más alta de todas, se expone en la Fundación Alberto y Annette Giacometti).

En febrero de 2010, la empresa de subastas Sotheby's convirtió El hombre que camina I en lo que sigue siendo hoy por hoy: la escultura más cara del mundo (74,2 millones de euros). Pero el aspecto más espurio del dinero –para festín, eso sí, de los herederos– no ha manchado el aura, la ondulación que sigue provocando el hombre delgado.

Maubert sólo nos hace en el libro un esbozo personal, si bien breve, acerca de quién fue el artista suizo (Yves Bonnafoy ya escribió en su día el monumental Giacometti). Fue un trabajador infatigable, herencia quién sabe si de los bajíos del calvinismo. Su obsesión por el castigo divino, el trabajo, no casa bien con la vida bohemia y noctívaga de aquel París inmortal que también vivió el anguloso pero atractivo Alberto.

Subasta de la obra en Sotheby's en febrero de 2010, donde fue vendida por 74,2 millones de euros. Subasta de la obra en Sotheby's en febrero de 2010, donde fue vendida por 74,2 millones de euros.

Subasta de la obra en Sotheby's en febrero de 2010, donde fue vendida por 74,2 millones de euros. / D. S.

Puede decirse que El hombre que camina halla su origen en la pieza del caminante del antiguo Egipto y en la figurilla del arte etrusco La sombra del atardecer (siglo III a.C.). Pero su inmediato precursor, tal y como se narra en un bello pasaje del libro, será el otro hombre que camina trazado por Rodin en 1907, a quien Giacometti, con sólo 14 años, descubrió una lejana navidad al hojear un libro en una librería (el libro le costó lo que el billete de tren de vuelta a casa y tuvo que llegar andando).

La silente gravedad que provoca ver la escultura, inserta en el vacío total, tiene que ver con esa sensación que desprende de desvalimiento y, a la vez, de empeño y denuedo. Hay quien la identifica como esencia corpórea del existencialismo de Sartre (Giacometti trabó amistad y enfado con el filósofo). A raíz de un accidente, el escultor se fracturó un pie y padeció de cojera para toda la vida. Y es esta inestabilidad de los pies en el suelo lo que parece trasladarse a los pies igualmente deformes y zambos de El hombre que camina, como apreció Jean Genet.

Si para Delacroix el deleite consistía en apreciar el poder silencioso de la pintura, para Maubert El hombre que camina transmite el poder silencioso de la escultura. El creador del hombre delgado parte siempre de un bloque, de una masa. Esa masa informe es el vacío. "Cuando nace la escultura, cuando toma forma, con sus materiales pobres y su estructura endeble, ahí está su fragilidad. Es su propio tema, como un ser que debe soportar la vida y sus momentos de pulverización, de perdición", escribe Maubert.

Alberto Giacometti, el hombre que era el espejo lánguido de su caminante, lo dijo a su modo: "Intento atrapar a tientas en el vacío el hilo blanco de lo maravilloso".

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