Se acabó la magia | Crítica Del arte y de la magia

  • De la cercanía entre la magia y el arte y de la fuerza de éste para imaginar lo imposible habla el trabajo de Juan Manuel Rodríguez, que muestra hasta el 11 de mayo sus últimas obras en el Espacio Olvera de Sevilla

'El prestidigitador', una de las obras más destacadas de la exposición. 'El prestidigitador', una de las obras más destacadas de la exposición.

'El prestidigitador', una de las obras más destacadas de la exposición. / D. S.

El olvido es signo de mala salud mental. Olvidamos. Olvidamos, por ejemplo, que el consumo energético genera el efecto invernadero o que el coltán, un mineral imprescindible –dicen– para los móviles, se extrae en condiciones muy duras, frecuentemente por niños. Del olvido habló Theodor W. Adorno y le añadió otro rasgo patológico de nuestra sociedad: el hechizo. Si el olvido borra la memoria de la explotación (de seres humanos, de la naturaleza), el hechizo hace comulgar con ruedas de molino: fascinada por la lógica del mercado, esta sociedad considera inevitables el abandono a su suerte de continentes enteros, el empleo precario y la creciente desigualdad.

Adorno inició una Teoría Estética que la muerte (ocurrida hace ahora 50 años) le impidió acabar. Nos quedan, sin embargo, los borradores de su ambicioso proyecto. En ellos dice que el arte es buen antídoto contra el olvido (pone ante los ojos la dignidad del individuo, hace recordar el esplendor perdido de la naturaleza) y sobre todo socava el fatalismo del hechizo: al despertar el deseo, el arte hace pensar que las cosas pueden ser de otro modo.

Pero el arte tiene esta potencia, añade el pensador alemán, por ser afín a la magia. El arte es una magia que renuncia a su mentira. Conserva, sin embargo, su osadía: el atrevimiento de suscitar otra imagen del mundo, el afán de recuperar conexiones perdidas o desenterrar posibilidades abandonadas. Por eso el arte abre salones sellados de la memoria y oxigena las ascuas del deseo.

De la cercanía entre arte y magia habla el trabajo de Juan Manuel Rodríguez (Málaga, 1979). Autodidacta, con técnica cercana al fotorrealismo, señala, con sorna, la fuerza del arte para imaginar lo imposible. Pone por delante la verdad: el arte no engaña. Lo recoge un óleo, Juego de manos: sobre una mesa están los vasos del trilero pero sin trampa, los tres vasos son transparentes. En parecida dirección, un castillo de naipes que titula pomposamente El método.

'El deseo de creer'. 'El deseo de creer'.

'El deseo de creer'. / D. S.

El prestidigitador es un cuadro más ambicioso. El amplio formato (casi un 1,80 metros de alto por 2,5 de ancho) y los colores sobrios realzan el gesto sacerdotal, casi taumatúrgico del artista y las serenas líneas del cuerpo de una joven en plena levitación. Pero hay que leer la obra junto a otra más pequeña y con la misma gama de color, colgada en medio de la sala. Es también una levitación. No de un cuerpo sino de un cuadro del que sólo vemos el revés, lienzo, bastidor y cuñas. Rodríguez enlaza así con una reflexión del arte del siglo XVII: pintores que mostraban el revés de un cuadro cuyo asunto quedaba oculto al espectador.

Así lo hicieron Velázquez y el joven Rembrandt. Cornelius N. Gijsbrechts, más radical, ocupó por completo la superficie de un cuadro con el revés de otro. Con tales obras querían señalar el alcance de la pintura: era capaz de construir un mundo pero sólo como artificio. Rodríguez reinterpreta la venerable tradición. Su cuadro del revés y elevándose una cuarta sobre el suelo habla sobre todo de la osadía del arte. El deseo de creer, tal es el título del cuadro, es una profesión de fe laica: aún merece la pena hacer arte, aún hay que atreverse a decir cuanto se silencia (o se olvida) e ir más allá del hechizo, más allá de la experiencia correcta, de la lógica del mercado, de las cautelas de las administraciones, de la cultura de lo trivial.

'El objeto'. 'El objeto'.

'El objeto'. / D. S.

El objeto es otra pieza de interés. El artista, solitario, aparece ante un plano vertical que el peso del cuerpo logra flexionar, convirtiéndolo en horizontal, como hiciera Velázquez en Pablo de Valladolid. La figura, ligeramente inclinada, parece transportar o examinar algo que no vemos ni podríamos en ningún caso ver porque en verdad no hay absolutamente nada. Podemos, eso sí, imaginar: ¿qué ocupa la inteligencia del artista?, ¿qué imagina?, ¿qué ve? De este modo el autor convierte al espectador en cómplice o tal vez lo está invitando sin más a la osadía de ver lo que otros aún no ven (como decía Breton) o a la aventura de pensar y sentir libremente.

En una dirección parecida, otro lienzo, El peregrino. En el espacio, tan limpio como el del cuadro anterior, el artista reviste la imagen del viajero y transporta, no sé si sus sueños o sus inquietudes, sobre la nuca, como Atlas, el viejo titán, llevaba sobre sí el peso del mundo.

Rodríguez sintoniza así hábilmente con la tradición barroca del arte de ingenio y su exposición es una ocasión para visitar el nuevo emplazamiento del Espacio Olvera, en un lugar que muchos definirán por su cercanía a los centros comerciales de la calle Luis de Morales y otros, los más veteranos, lo pondrán en el barrio de La Calzada: al fin y a la postre, la calle Mallén tiene una generosa longitud.

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