Arte para el confinamiento Barnett Newman y un problema central de la pintura

  • El maestro del expresionismo abstracto encontró la inspiración y el sentido de su obra en el desamparo de los hombres y mujeres, en la vulnerabilidad

'Vir Heroicus Sublimis', una obra con la que Newman invoca a la "conciencia del individuo". 'Vir Heroicus Sublimis', una obra con la que Newman invoca a la "conciencia del individuo".

'Vir Heroicus Sublimis', una obra con la que Newman invoca a la "conciencia del individuo".

Se declaraba judío, mantenía los vínculos con esa comunidad y guardaba celosamente su tradición. No así sus creencias: era un convencido agnóstico. Este judío agnóstico dedica una densa y trabajada obra a Jesús de Nazaret. La expuso por primera vez en el Museo Guggenheim de Nueva York: las catorce piezas de Las estaciones de la cruz (evocación del Via Crucis) abrían, a lo largo de las rampas del museo, un espacio de recogimiento. ¿Qué alentaba esta obra de raíces tan contradictorias?

El autor, Barnett Newman (Nueva York, 1905-1970), hijo de judíos polacos, formó parte del grupo de los pintores abstractos de Nueva York, pero fue un artista tardío: hizo su primera exposición individual en 1948, a los 43 años. En esa demora pudo influir el proceso de liquidación del negocio familiar (un comercio de confección), hundido por la crisis de 1929, y el desaliento ante los intentos fallidos por lograr una plaza de profesor de dibujo. Pero había una razón más honda: el problema de Newman era qué pintar, qué merecía la pena llevar al lienzo.

La pregunta sobrevuela sus críticas del arte de su tiempo. Las que escribe a inicios de los cuarenta, lo muestran buen conocedor del arte europeo que, sin embargo, cree ajeno a la cultura americana. Los pintores norteamericanos tampoco le convencen. La abstracción (como la de Stuart Davis) es demasiado superficial. El realismo social de Ben Shahn, en alza durante los años de la depresión, le parece mera crónica y sus análisis, muy inferiores a los del surrealismo. Sus dardos más afilados los dirige al llamado regionalismo: la evocación de la América rural por Grant Wood (American Gothic) y las escenas urbanas de Tom Benton no eran más que una explotación de lo local, con recursos robados a los modernos, para lograr aceptación social y buenos resultados comerciales.

Valora a Roberto Matta, Tamayo, Milton Avery, Calder y sigue su trabajo, pero la respuesta a aquella pregunta decisiva la va a encontrar en otro lugar, en el arte de los primitivos. En esos años Betty Parsons (será la galerista del expresionismo abstracto) ofrecía muestras de arte esquimal, polinesio o de las minorías étnicas norteamericanas. Estas exposiciones las organiza Newman. Estudiando su contenido y cuidando su diseño, llega a una conclusión: el arte brota del sentimiento de desamparo de hombres y mujeres ante la naturaleza, surge de la sentida fragilidad de los humanos frente a fuerzas naturales que los desbordan. Esto sí merece ser llevado al lienzo, como hacen Tamayo y Gottlieb que con la pintura moderna tratan las tradiciones aborígenes americanas.

Sus cuadros son lugares que invitan a quedarse en ellos, para descansar o meditar

Las obras de su primera exposición evocan mitos primordiales, como Génesis, imagen arcaica del amanecer del mundo, pero ese mismo año tropieza con un cuadro que lo inquieta hondamente. Lo ha pintado él mismo, casi sin pensarlo y al verlo de nuevo lo conmueve y  altera, le hace pensar. Cambiará el rumbo de su pintura.

'Onement', una obra que cambió el rumbo de la pintura de Newman. 'Onement', una obra que cambió el rumbo de la pintura de Newman.

'Onement', una obra que cambió el rumbo de la pintura de Newman.

El cuadro, no muy grande (69,2 x 41,2 cm), lo atraviesa de arriba abajo, en el centro, una estrecha banda rojo cadmio, aplicado de modo gestual sobre una cinta adherida al lienzo. El resto, más teñido que pintado, es rojo mucho más oscuro. Lo titula Onement, neologismo que cabría traducir como condición y calidad de ser uno. Es una evocación de la singularidad y fragilidad del individuo que desde ahora será idea central en su pintura.

Construye campos de color, interrumpidos por bandas verticales que sugieren un espacio que, detrás, permanece oculto. El color sale del lienzo e invade el espacio como una nube, en contraste con el silencio de las bandas verticales. Newman expone estas obras, algunas tan grandes como Vir Heroicus, Sublimis (242 x 542 cm) de modo que no puedan verse de lejos. Incluso construye un murete que dificulta la visión panorámica del cuadro y obliga, por el contrario, a recorrerlo, pasearlo, dejarse penetrar por el color y por el ritmo de las bantas verticales. Son cuadros, dice Newman, que no buscan crear entornos sino lugares. Quien mira un entorno se queda fuera de él. El lugar, como el makom hebreo, invita a quedarse en él, incita al descanso o a la meditación. Tampoco quieren estos cuadros ser imágenes estilizadas del individuo. Aspiran a despertar la conciencia de ser individuo, a la vez singulares y frágiles. El arte occidental, desde la escultura griega, buscó sobre todo la belleza, Newman intenta otra dirección, señalada por Hegel: la esencia del arte radica en "poner al hombre ante sí mismo".

Desde esta perspectiva se entenderán Las estaciones de la cruz. Los cuadros, gama de negros y blancos con bandas verticales tocadas a veces por pinceladas gestuales, son una sostenida meditación sobre las palabras de Jesús en la cruz: Elohim, Elohim ¿lamma sabachtani?, "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?", denso compendio de la dignidad del individuo y de su fragilidad. 

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