Romances entre oriente y occidente | Crítica

Hijos de Grecia

En el Patio de la Montería junto a Fahmi Alqhai cantan Carmen Linares, Ghalia Benali y Mariví Blasco. En el Patio de la Montería junto a Fahmi Alqhai cantan Carmen Linares, Ghalia Benali y Mariví Blasco.

En el Patio de la Montería junto a Fahmi Alqhai cantan Carmen Linares, Ghalia Benali y Mariví Blasco. / Juan Carlos Muñoz

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Se trata básicamente de dos cosas. Un concierto de música renacentista y otro de Ghalia Benali. La puesta en escena de la cantante tunecina, como su voz grave, nos recuerda a las grandes divas del Magreb y Oriente Medio del siglo XX, lo cual ya justifica de por sí un concierto. Las pinceladas flamencas fueron eso: unas seguiriyas del repertorio de Carmen Linares, una farruca, que parece ser el estilo revelación de esta Bienal, del repertorio de Dani de Morón y los tangos finales. Puramente testimonial, pese a tratarse de dos grandes maestros. Antes de los tangos Fahmi Alqhai justificó el recital apelando al mestizaje y al diálogo de culturas. Aplaudimos por supuesto las buenas intenciones aunque todos los conciertos que hemos visto en este festival, como todos los que veremos, como toda cultura, incluso las de los indígenas del Amazonas, son hijos del mestizaje.

Por eso la selección de los romances a que alude el título de la obra, la parte renacentista del concierto, se centra en el cancionero fronterizo que cuenta los encuentros y desencuentros de moros y cristianos en la Edad Media española. Algunos de estos pasaron al flamenco, en las voces del Negro del Puerto, Alonso y Dolores la del del Cepillo o Antonio Mairena. No así los seleccionados para este recital que firman musicalmente Juan del Encina, Pedro Guerrero o Luis de Narváez. La voz de la gran Mariví Blasco es siempre un placer y la Accademia del Piacere es un conjunto fabuloso con un solista virtuoso, fenomenal. Faltó, eso sí, la búsqueda en el romancero hispano de los orígenes de lo jondo que podemos rastrear en peteneras, caña y otros estilos flamencos, singularmente el corrido. Nada que ver con la farruca, que era una tonada de moda en la España de principios de siglo XX hasta que el gran Faíco la coreografió con la ayuda de Ramón Montoya. El programa de mano nos explica que el concierto pretendía buscar la huella árabe en el flamenco a través del romancero. Pero lo cierto es que lo árabe, que sin duda existe en lo jondo, es francamente difícil de rastrear en el flamenco. Nadie lo ha conseguido hasta ahora. Tampoco la Accademia del Piacere. Por contra, como digo, se ha perdido una hermosa oportunidad de rastrear los orígenes remotos de lo jondo, que sin duda son más fácil de encontrar en el romancero castellano. A cambio, hemos tenido un gran concierto con intérpretes de altura, a los que sumar el gran instrumentista iraní Kiya Tabassian, que ofreció algunas variaciones impresionantes.

Como impresionante fue el comienzo del concierto que busca en los modos gregorianos los modos del romancero para después introducir lo árabe. De eso se trataba, de conectar músicas de repertorios muy distinto a partir de las afinidades armónicas y/o rítmicas. Buscar el oriente del flamenco en el Magreb actual apunta en la buena dirección. Siempre que tengamos presente a Grecia. Porque las culturas del Mediterráneo, ya se sabe, son Grecia. En Grecia está el origen.

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