'D. Quixote' | Crítica

Don Quijote de los arrabales

Andrés Marín, en el Teatro de la Maestranza con su particular interpretación de El Quijote. Andrés Marín, en el Teatro de la Maestranza con su particular interpretación de El Quijote.

Andrés Marín, en el Teatro de la Maestranza con su particular interpretación de El Quijote. / Juan Carlos Muñoz

Andrés marín, ayer en el Teatro de la Maestranza con su particular interpretación del 'Quijote' Andrés marín, ayer en el Teatro de la Maestranza con su particular interpretación del 'Quijote'

Andrés marín, ayer en el Teatro de la Maestranza con su particular interpretación del 'Quijote' / Juan Carlos Muñoz

Lo primero que hay que decir de este  D. Quixote de nombre francés, estrenado el pasado noviembre en el Teatro Chaillot de París, uno de sus mayores coproductores, es que es el espectáculo más complejo que ha pasado hasta ahora por esta Bienal. Los artistas, los ya sabios como Marín, van alternando lo pequeño con lo grande según su momento y, sobre todo, según su economía. Así, si en la Bienal pasada veíamos al Marín más íntimo y flamenco, en esta se presenta con un trabajo ambicioso y espectacular. Y no por las dos grandes pantallas publicitarias y la pista de skate que nos apabullan desde el escenario, sino por la cantidad de materiales, fantásticos muchos de ellos (sobre todo los musicales) y de información que ha logrado atesorar durante el proceso, implicando al mil por cien a un nutrido equipo artístico y técnico, y poniéndoselo muy difícil al responsable de la dramaturgia, Lauren Berger. A pesar de su experiencia y de sus textos (que se proyectan pues a La Tremendita, por efecto del sonido, no se les entienden), éste no ha logrado del todo condensarlos y hacerlos llegar al espectador.

La pieza no pretende contar las aventuras del célebre caballero, que sirve sólo de inspiración para un personaje anónimo y barbudo que cambia a Rocinante por un patín eléctrico, que se define más por lo que no es o no quiere ser y que, impulsado por la imaginación y por el sueño, o más bien por su capacidad de soñar, emprende un viaje sin retorno por los arrabales de cualquier ciudad sin nombre.

El entramado musical constituye la verdadera columna vertebral de la compleja pieza

Como el Quijote más manierista, ése que queda suspendido entre los ideales del Renacimiento y los excesos del Barroco, el de Marín se mete en demasiados charcos y fracasa una y otra vez en su inútil intento de construir un mundo más justo. En medio de una sociedad dominada por la publicidad y por el fútbol, cambia la espada por los guantes de boxeo dejándonos, junto a los otros héroes del baile -Patricia Guerrero y Abel Harana- una de las escenas dancísticas más tiernas y hermosas del espectáculo. Porque si el bajo y la percusión imponen un ritmo frenético en el que Marín participa haciendo música con su cuerpo, con la pista y con todo lo que tiene a mano, el chelo y, sobre todo la tiorba, dulcifican y humanizan los ambientes nocturnos. Aventuras en las sombras, perfectamente iluminadas y amplificadas, en las que Marín y los suyos derriban los límites y se lo permiten todo, hasta bailar bulerías sobre un monopatín, como hace Harana en una de las escenas más hilarantes, o cantar un romance (La Tremendita) con atuendo y casco de motera.

Es cierto que no se ve claramente a veces la senda por la que caminan, pero el talento musical y dancístico de Marín es realmente extraordinario. Incluso podría decirse que, por encima de los textos, del magnífico trabajo de los tres bailaores, de las proyecciones que contrastan la tentación del sueño americano con sus pequeñas existencias sin futuro –incluida una deliciosa animación–, es la música la que dirige y protagoniza este abigarrado trabajo del que cada espectador podrá hacer su propia lectura.

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