Bienal

Abierta estaba la rosa

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A mi tempo. Cante: Marina Heredia. Guitarra: Miguel Ángel Cortés, José Quevedo 'El Bolita', Diego del Morao. Percusión: Paco González. Palmas y coros: Los Melli, Jara Heredia, Anabel Rivera. Dirección de escena: Hansel Cereza. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Lunes, 10 septiembre. Aforo: Media entrada.

Poco a poco, a su ritmo, como prometía el nombre del espectáculo, la cantaora granadina se fue abriendo hasta cuajar uno de los mejores recitales que ha dado en nuestra ciudad. Los estilos más jondos sonaron en los primeros compases, así que el clímax llegó a ritmo de rumbas, tangos y bulerías.

La cosa empezó por milongas para derivar pronto hacia los fandangos misóginos del Chocolate, esos cantes tremendistas, posguerra pura, a los que Heredia cambió el sentido para hacérnoslos más políticamente correctos. En su voz metálica y brillante plena de vida, de juventud, de entusiasmo, de perfección, estos cantes nacidos de la miseria quedan extraños. En la soleá por bulerías estuvo pletórica de compás, como el Bolita y el Morao, y esculpiendo la melodía de forma categórica. Con todo, lo mejor de esta primera parte más grave fue la caña de Tío José el Granaíno en la versión de Morente, con el paseíllo coral y con una soleá de cierre deliciosa, una letra de Manuel Machado.

Poco a poco la cantaora se fue abriendo y rompiendo ese aura gélido que suele envolver sus comparecencias. Natural, se sintió relajada en la escena, sobre todo a raíz del número dialogado con un coro gaditano que irrumpió en el patio de butacas, y el sucesivo tanguillo que ejecutó acompañada, y en competencia burlesca con los de Cádiz. Y es que la noche iba de homenajes a los maestros: Chocolate, Morente, los tanguillos para Chano... y otra maga del ritmo, Adela la Chaqueta, en un brillante cuplé por bulerías. Para acordarse de Bambino, con sus congas festeras y todo, subió al escenario la cantante Mónica Naranjo. Una de esas rumbas arrebatadas, un bolerazo frenético que supuso un duelo de divas de voces poderosas e imposibles. Ahí la granadina se acabó de romper. El tanguillo y la rumba fueron dos fogonazos de color que dotaron de calidez el concierto, pese a que el teatro no pasaba de la mitad de su aforo. Y de nuevo Morente: el primer poema que musicó el cantaor granadino fueron los tangos de doña Rosita, a principios de los 70, aunque no los grabara hasta casi 20 años después. Así que Marina Heredia no pudo reprimir una lágrima en los cantes del Sacromonte, cuando encaró el carismático estribillo "abierta estaba la rosa". Abierta estaba la cantaora, con la voz caliente, pletórica, y recordando al maestro en los versos de Lorca, Manuel Machado, San Juan de la Cruz o en un salmo de la Biblia. Fue el momento de más emoción de la noche, la nostalgia por lo que se nos fue, la felicidad porque sigue entre nosotros, su música, su legado ético. Y, para el final, otro maestro: bulerías de Camarón, desde el Viejo mundo de Omar Khayyam, con música de Kiko Veneno, hasta sus trabalenguas intimistas de mediados de los ochenta. Una nueva lección de cante a compás.

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