Bienal

Fiel y generosa con su Sevilla

Siete golpes y un camino. Coreografía, dirección y diseño de vestuario: María Pagés. Música: Rubén Levaniegos, Isaac Muñoz, Georges Bizet, María Pagés, popular. Letras: María Zambrano, Akiko Yosano, Marguerite Yourcenar, Margaret Atwood, Cécile Kayirebwa, Forug Farrojzad, Widdad Benmoussa, Charles Baudelaire, María Pagés, El Arbi El Harti, Antonio Machado, Ben Salh, Federico García Lorca, Pablo Neruda, Miguel de Cervantes, Rubén Levaniegos, popular. Baile: María Pagés, Isabel Rodríguez, María Vega, Eva Varela, Lucía Campillo, Sonia Franco, Macarena Ramírez, José Barrios, José Antonio Jurado, Paco Berbel, Rubén Puertas. Cante: Ana Ramón, Juan de Mairena. Guitarra: Rubén Levaniegos, José Carrillo. Percusión: Chema Uriarte. Violonchelo: Sergio Menem. Violín: David Moñiz. Diseño de iluminación: Pau Fullana. Lugar:  Teatro de la Maestranza. Fecha: Miércoles, 17 de septiembre. Aforo: Lleno. 

Lleva casi toda su carrera fuera de Sevilla, pero María Pagés ha  mantendio casi siempre su cita con una Bienal que la adora -el público le dedicó una de las mayores ovaciones que hayamos escuchado- y que el año pasado le otorgó el Giraldillo del Baile.

Por eso, aunque estaba inmersa en un nuevo y gran proyecto, que estrenará próximamente en Valladolid, no ha querido faltar a su cita y ha preparado una función especial para su tierra, a partir de algunos fragmentos de sus espectáculos anteriores, especialmente de los  últimos: Autorretrato (estrenado en 2008) y esa Utopía dedicada a Niemeyer con que nos visitó la pasada edición.

 

Con esta premisa, huelga decir que Siete golpes y un camino no es un trabajo ambicioso desde el punto de vista espectacular; es una pieza sencilla, sin escenografía ni efectos; sin esos músicos invitados de otros países que suele invitar... se podría decir que sin sorpresas.

Pero en el momento actual es realmente una maravilla ver cómo se mantiene una compañía estable con siete estupendos bailarines y siete músicos de primera categoría; cómo se respeta y se ilumina el escenario para ir cambiando las atmósferas y los ritmos; cómo y cuánto se baila.

 

Por otra parte, si bien es cierto que se podían reconocer muchas de las piezas, no lo es menos que los públicos cambian y que es una gran oportunidad para los más jóvenes ver el estilo de una compañía de esta categoría y los recursos de una artista como María Pagés: sus fantásticas castañuelas y el   humor que rezuma en los tanguillos de Autorretrato, la precisión con los bastones, el vuelo lírico que se alcanza en algunos momentos, potenciado  por el sonido del violonchelo, el movimiento de los bailarines por la escena, la voz de Ana Ramón y Mairena cantando letras de poetas -muchas poetas de otras lenguas en el primer número, dedicado a la palabra- con las guitarras de Lebaniegos y Fyty... Una conjunción y una disciplina que sólo se logra con un trabajo diario de años.

Y por último, resaltar la labor  de una Pagés madura en todos los sentidos que, a pesar de sus 50 cumplidos, se entrega como nunca: creando fantásticas imágenes con sus brazos, siempre increíbles, y con el traje rojo de Utopía, pero también por alegrías, con una maravillosa bata de cola, y por esos tientos que rompen en unos tangos de Triana con los que la sevillana dio lo mejor de sí. Por eso la aplaudieron a rabiar.

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