Ser, ni conmigo ni sin mí | Crítica Mercedes de Córdoba y su verdad

Mercedes de Córdoba en toda su dimensión dramática. Mercedes de Córdoba en toda su dimensión dramática.

Mercedes de Córdoba en toda su dimensión dramática. / Juan Carlos Vázquez

La vida de cualquier artista, por grande que sea, siempre está atravesada por las dudas, las inseguridades… Esto ha hecho que últimamente muchas bailaoras –y bailaores- estén utilizando el escenario para conjurar sus conflictos internos.

Es el caso de Mercedes de Córdoba, que hace de este Ser, ni conmigo ni sin mí, un viaje en cinco etapas por sus miedos, sus incertidumbres y sus esperanzas.

Después de bailar en muchas compañías ajenas, especialmente en la de Eva Yerbabuena, de la que conserva una gran impronta, y de ganar premios como el del Concurso de Córdoba, Mercedes ha madurado hasta convertirse en una bailaora realmente sólida, rotunda.

En este espectáculo, estrenado en Córdoba en 2018 y refrendado en el pasado Festival de Jerez, la artista aparece sola con su baile y sus sentimientos más introspectivos, es cierto, pero también lo es que se ha rodeado de un equipo de primera que ha contribuido a hacer de este, tal vez, su mejor espectáculo. Empezando por la música de un extraordinario y cada vez más maduro Juan Campallo, que la sostiene con la dulzura de su guitarra sin dejar de brillar en solitario, como hace, entre otras cosas, con una hermosa granaína.

Y por el cante, porque Mercedes aprendió hace mucho a bailarle al cante de ‘El Extremeño’, el patriarca de los cantaores que tantas veces la acompañara en el grupo de Eva. Y también al onubense Jesús Corbacho y a Antonio ‘El Pulga’, que gritó su verdad desde el proscenio, provocando el aplauso de un público repleto de artistas flamencos.

Todos, incluidos Vega y Oruco, forman un coro que arropa, que explica con sus letras o sirve de eco a las tribulaciones de la mujer, movidos con inteligencia por la mano del director artístico Ángel Rojas. De este fue la idea de colocar la enorme cruz inclinada que preside el escenario, metáfora evidente del peso existencial con el que todos cargamos.

Dada su temática, el espectáculo es sombrío y melancólico, de ritmo lento. Y en su centro, la bailaora se muestra segura dentro de su dramatismo, mandando como nunca en el escenario y comunicando una verdad carente de todo artificio.

Con el taranto, uno de sus ritmos preferidos, ya dejó claro su entronque con el baile flamenco más clásico y la limpieza y la velocidad de sus pies. Más tarde se permitiría ironizar, incluso reírse de sí misma, dejándose rescatar de su jaula por Corbacho, con el que baila unos luminosos caracoles. Lleva una preciosa bata de cola blanca a la que el cantaor va añadiendo lunares de colores.

Pero la alegría es siempre efímera, y pronto se arrancaría ella los lunares y los volantes de la bata para entregarse a un diálogo íntimo con ella misma y con un precioso mantón bordado con el que a veces se pelea.

Por grandes que sean las penas, sin embargo, es una suerte poder compartirlas, tener un hombro en el que descansar, y Mercedes tiene el de Juan, que la rodea con su guitarra formando un trío lleno de ternura que llegó al corazón del espectador.

Al final del recorrido llega la serena aceptación. Bajo la cruz, ella y su coro se entregan a la soleá. Todos de negro y dando lo mejor de cada uno, sobre todo la bailaora, que se vacía por completo en ella, rebuscando desde el presente el baile del pasado, tomándose el tiempo necesario para desarrollarla a fuego lento con todo su cuerpo, aunque sus escobillas sean como ráfagas. Por decirlo con palabras de Rojas, ‘para vivir en el ser en el que habitas y regalarte el tiempo para descubrirlo’.

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