Bienal

Recital de temperamento

Melchora Ortega. Cante: Melchora Ortega. Guitarra: Santiago Lara. Palmas: Manuel Cantarote y Diego Montoya. Lugar: Dormitorio Alto de Santa Clara. Fecha: 17 de septiembre de 2014. Aforo: Tres cuartas partes.

Con un recital de cante sin nombre que lo envuelva y sin más pretextos ni argumentos. De esta forma se presentó ayer la jerezana Melchora Ortega en la XVIII Bienal de Sevilla confiando en que lo suyo es ya en sí un espectáculo. Recorriendo el pasillo entre el patio de butacas salió la cantaora pregonando sus credenciales, segura, parándose en los tercios para mirar al público fijamente a los ojos y ponerlo así de su parte desde el principio.

Esta cantaora, de algún modo hija de la cita sevillana donde ganó el II Concurso de Jóvenes en el 98, lleva ya muchas peñas y teatros recorridos en estos años. Es lista. Sabe cómo disimular sus carencias y qué se busca en ella. Algo fundamental pero que no todos los artistas aprenden.

Con esta lección aprendida y poniendo todas sus ganas, Melchora brilló por tientos-tangos haciendo alarde de brío, genio y temperamento. A partir de ahí se descalzó como acostumbra para tocar la tierra o más bien para recordar la suya a la que tuvo presente durante todo el concierto. De hecho, la escuela de Melchora Ortega es la del cante pasional y excesivo. La de ese flamenco de zarcillos de corales y peina en el pelo con el que fue capaz de traer toda la feria de los caballos al cuartito cabal del Espacio Santa Clara. La de cantar también con los ojos.

Sin embargo, no estuvo muy acertada en las malagueñas con letra de su marido David Lagos que estrenó para la ocasión. Pareció encontrarse perdida y desaprovechó los remates, como le ocurrió también por soleares.

Además, la ausencia de sonorización deslució su actuación porque su voz se perdía sobre todo en los palos en los que contaba con las palmas de Manuel Cantarote y Diego Montoya. Claro que su virtud, como advertimos, es conocerse y donde no llegaba la voz llegaba el genio. Así, cuando se le resistía el palo tiraba de emoción y si se encontraba alguna dificultad lo suplía con la gracia. En otras palabras, la jerezana supo partirse y con su metal de eco de vino generoso regaló momentos especialmente bellos por seguiriyas.

Para terminar, ración de bulerías con la que volvió a poner la bandera jerezana en la Bienal. Energía a raudales al borde mismo del escenario donde quiso encontrar la cercanía con los presentes. Pataíta y brazos en el alto que clamaban a fuerzas no terrenales. El arte de Melchora empieza en su presencia.

Imágenes cedidas por el ICAS. Ayuntamiento de Sevilla.

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