Bienal

El baile era el centro

Imágenes cedidas por el ICAS. Ayuntamiento de Sevilla.

El baile de la frontera. Baile: Pepe Torres, Jairo Barrull y Carmen Lozano (artista invitada). Cante: David El Galli, Moi de Morón, Juan José Amador, Guillermo Manzano y Antonio Ruiz El Carpintero. Guitarras: Eugenio Iglesias, Paco Iglesias, Dani de Morón y la colaboración de Diego de Morón. Lugar: Hotel Triana. Fecha: Sábado, 20 de septiembre. Aforo: Casi lleno.

Como cada Bienal, el Hotel Triana acoge los frutos de esa geografía andaluza en la que el flamenco es todavía una forma de vivir. El sábado le tocó a Morón de la Frontera, localidad flamenca donde las haya y célebre, sobre todo, gracias al movimiento generado en los años 60 y 70 en torno a Diego del Gastor. Casi todos los artistas que intervinieron son descendientes del genial guitarrista y de su cuñado y compañero, el cantaor Joselero. Al cante, Juan José Amador, Guillermo Manzano, David El Galli, Moi de Morón y una sabrosa propina del aficionado local El Carpintero. A la guitarra para el baile dos Iglesias (Eugenio y Paco) y en solitario, la cara y la cruz: esa fuente de rítmica y de inspiración inagotable que sigue siendo Diego de Morón (hijo de Joselero), aunque la técnica a veces se le resista, y la maestría impecable que está demostrando el joven Dani de Morón. Pero como reza en el título, el baile, el buen baile de Morón, era el centro.

Jairo Barrull bailó unas alegrías rotundas y con toda la fuerza de sus 30 años en los pies, provocando varias veces el aplauso con sus remates farruqueros y sus carretillas de un lado al otro del escenario. Junto a éste, Pepe Torres (sobrino nieto de Diego del Gastor) por soleá. Rápido y fuerte de pies, como Pepe Ríos y otros maestros, pero con un braceo elegante y pausado y con una forma de pararse que raramente se ve en los bailaores actuales. Su modo de conjugar la espontaneidad con una técnica impecable fue sin duda lo mejor de la noche. Aunque la artista invitada, Carmen Lozano, armó la revolución con ese baile lleno de nervio que se desborda por momentos como un auténtico ciclón. Con todo, es su manera de recogerse por abajo lo que le aporta más flamencura. Una buena velada que podría haberse disfrutado mucho más si la manía de todos por subir el volumen no hubiera ensuciado la labor del cante y de la guitarra.

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