Bienal

Por una fracción de segundo

Gitana morena. Baile: Manuela Carrasco, Saray de los Reyes, Lole de los Reyes, La Marquesita. Cante: El Extremeño, Pepe de Pura, Miguel Poveda, Mara Rey, Zamara Amador. Guitarra: Paco Jarana, Manuel de la Luz, Juan Campallo. Voz y piano: Diego Amador. Percusión: José Carrasco. Palmas: El Choro, Jesús Corbacho. Dirección: Juana Casado. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha. Domingo, 21 de septiembre. Aforo: Lleno.

La vida, la muerte, ocurre en un instante. Carrasco da un fragmento, un hilillo, una milésima, casi una ilusión. Todo está en función de ese instante. Damos la vida entera, que se nos va, por un momento. Lo de antes es una excusa, o la preparación del terreno. La energía se dispara cuando Manuela Carrasco entra en la escena por soleá. Miguel Poveda ha abonado muy bien el terreno en los cantes de Alcalá y Cádiz.

Lo de antes es una mera preparación. El baile por tarantos, la soleá por bulerías o las alegrías son correctos, pero la energía permanece a buen recaudo. Porque Carrasco sabe que toda la noche, tantos meses de trabajo, se la juega a una sola carta. La soleá por bulerías, las alegrías, los tarantos son correctos. Y el cante del Churri visceral, templado, sutil, aéreo. Este genio multiinstrumentista se canta y se acompaña al piano con una naturalidad pasmosa y le da nueva vida a la canastera de Camarón o hace unos fandangos de leyenda. También la soleá por bulerías. Pero todo está en función de la soleá. Un fracción de segundo. Dos, por mejor decir.

Poveda entra en la escena y la energía se dispara. Hace el tango de los tientos de Cádiz. Con gusto, con ángel, pasado de compás. Y luego se templa por soleá. Cantes de Alcalá, de Cádiz. Radicales, enjundiosos, soberbios. Con la voz hermosa, joven, pletórica. Y de pronto la bailaora entra en la escena y la energía aumenta un grado más. Parecía que Poveda no podía cantar con más emoción en la voz pero así es. El catalán se inspira con los marcajes de Carrasco y esta se deja querer. Los marcajes acumulan la energía, una y otra vez, a oleadas, y nos creemos todo lo que pasa en el escenario. La adrenalina fluye desde la escena al patio de butacas y regresa. El público vive en la rueda, en el paraíso circular de la soleá. Carrasco conoce muy bien este público, este festival, y por eso ha buscado en el catalán su inspiración. Y la inspiración llega. En dos oleadas. Dos instantes, dos milésimas. Un hilo muy fino que separa la vida de la muerte, el vacío del éxtasis. De repente, casi sin darnos cuenta, todo se ha consumado. Carrasco lo ha vuelto a hacer. Aunque ya sólo sea una milésima de segundo. Dos, por mejor decir. Su arte es, cada día más, una piedra rara y preciosa. No desvelo ningún secreto diciendo que el director musical de esta obra fue hospitalizado hace unos días y que una admiradora rendida de Carrasco le ha prestado a sus músicos para esta noche. El arte, también, de la generosidad.

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