Inuyashiki | Crítica Cyborg bueno, cyborg malo

Una imagen de 'Inuyashiki', de Shinsuke Sato. Una imagen de 'Inuyashiki', de Shinsuke Sato.

Una imagen de 'Inuyashiki', de Shinsuke Sato.

Tetsuo, el hombre de hierro, de Shinya Tsukamoto, inauguraba en 1988 la era posmoderna del cyborg, mitad hombre-mitad máquina, mitad carne-mitad acero, en una época de valores en descomposición y deriva apocalíptica, y lo hacía además desde un estimulante posibilismo formal rayano con la experimentación y la vanguardia.

Treinta años después, el engendro mecánico ha sido domesticado por las maneras del blockbuster y los efectos digitales, y buena prueba de ello es esta Inuyashiki que, adaptando el manga y la serie anime del mismo nombre creado por Hiroya Oku en 2014, pone a pelear con sus superpoderes a un cyborg bueno, viejo y en plena crisis familiar, y al cyborg malo, adolescente, rebelde y furioso con el mundo, tras sufrir ambos una mutación después de un encuentro extraterrestre.

La cinta del especialista Shinsuke Sato (responsable de la saga fantástica Gantz) telegrafía (demasiado) pronto el camino paralelo hacia el duelo final de estas encarnaciones del bien y el mal en un Japón urbano y tecnificado de familias disfuncionales y adolescencias difíciles, dejando leves apuntes sociológicos (las pantallas matan) entre su espectacular parafernalia de batallas en los cielos, transformaciones y mutaciones, caos y destrucción en el skyline de Tokyo. Todo tan elemental como previsible, tan pirotécnico como entretenido en su insustancial levedad pop para públicos adolescentes y amantes del universo manga.