Hellboy | Crítica Un Hellboy huérfano de Guillermo del Toro

Una imagen de la película. Una imagen de la película.

Una imagen de la película. / D. S.

El personaje de Hellboy fue creado en un tebeo de 1993 y llevado al cine en 2004 y 2008 por Guillermo del Toro con un comprensible éxito de público y un éxito de crítica algo exagerado, pero Del Toro ha sido siempre mimado por la crítica en lo que en mi opinión –el tiempo dirá– es un caso de sobrevaloración. Lo que no quiere decir que carezca de talento, como demuestra la extrema pobreza creativa y el ruido visual y sonoro de esta basta tercera entrega del personaje ahora en manos del realizador televisivo Neil Marshall, que ha hecho contribuciones poco memorables –Dog Soldiers, Descenso, Doosmday: el día del juicio, Centurión– al cine.

Lo que en Del Toro tenía buenas dosis de imaginación fantástico-poética y vinculación creativa con el resto de su filmografía –no se le puede negar la posesión de un universo propio– aquí es rutina vulgar y plana. Se juega la carta del desmadre, el desenfreno, la exageración, el humor grueso y la autoparodia tal vez como coartada frente a las limitaciones del director. Quien así la tome, la disfrutará.

Ni tan siquiera la aparición, entre otros personajes históricos o legendarios arbitrariamente convocados, de la bruja que vive en una casa que anda sobre patas de gallina –sí, la que inspiró a Musorgski una de las piezas de Cuadros de una exposición– añade una pizca de originalidad. La sustitución de Ron Perlman por David Harbour tampoco beneficia a esta nueva entrega que descerebra al melancólico diablo rojo. Aunque el responsable, por supuesto, es el director.

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