Muñeco diabólico | Crítica Innecesario regreso de Chuky

Fotograma de la cinta, de la que ha renegado el creador del personaje, Don Mancini. Fotograma de la cinta, de la que ha renegado el creador del personaje, Don Mancini.

Fotograma de la cinta, de la que ha renegado el creador del personaje, Don Mancini.

Cuando se estrenó El muñeco diabólico en 1988 Lars Klevberg tenía ocho años y vivía en su Noruega natal. Mientras el futuro realizador crecía en su frío y hermoso país el muñeco protagonizó cuatro secuelas entre 1990 y 2004 más otras dos en 2013 y 2017. En ese tiempo Klevberg se había hecho director, había realizado dos cortometrajes de éxito que se vieron en Estados Unidos y le abrieron las puertas de Hollywood. Esto, hace muchos años, podía significar algo muy importante en la carrera de un director europeo. Hoy significa en la mayoría de los casos sumarse a la monótona rueda de cine de usar y tirar, o ver y olvidar, sobrado de remakes y de resurrecciones de filones hace tiempo agotados. Y he aquí que el noruego Klevberg se ve enganchado en la resurrección de Chucky, el siniestro muñeco creado por el guionista Don Mancini cuya primera entrega dirigió Tom Holland, mediocre director de trayectoria posterior televisiva. Chucky, en cambio, tuvo más éxito que su director como demuestran las seis secuelas.

Un éxito con raíces porque los muñecos malos -ya sean marionetas, de ventrílocuo o juguetes- tienen una larga tradición en la literatura, el cine y la televisión. Baste citar los episodios televisivos El ojo de cristal (1957) de la serie Alfred Hitchcock presenta o los más recordados El muñeco (1962), La muñeca viviente (1963) y César y yo (1964) de la espléndida y mítica Dimensión desconocida que nadie que los viera -como es mi caso- habrá olvidado; en cine basten los perversos muñecos de ventrílocuo que le amargan la vida a Erich Von Stroheim en El gran Gabbo (1929) dirigida por él mismo y James Cruze, a Michael Redgrave en el magistral episodio rodado por Alberto Cavalcanti en el film coral Al morir la noche (1945) -obra maestra del cine de terror- y a Anthony Hopkins en Magic (1978) de Richard Attenborough. Así que Mancini apostó a un caballo ganador tanto por recuperar el clásico motivo del muñeco perverso como por apuntarse al cine de terror y fantasía para adolescentes que en los 80 -con los Elm Street, Halloween, Viernes 13, Creepshow, payasos asesinos o Gremlins- conocía su primera década de oro.

¿Era necesario el regreso de Chucky? Visto lo que aporta, no. Incluso su creador, Don Mancini, ha renegado de ella. Argumentalmente, salvo la puesta al día del consumo infantil y adolescente de basura peligrosa a través de las redes, poco añade a las entregas anteriores y mucho les resta al pasar del terreno fantasmal de las reencarnaciones de asesinos psicópatas al de la inteligencia artificial de un muñeco capaz de conectarse con todos los dispositivos de la casa de su joven dueño, naturalmente tímido, parte de una familia desestructurada y con difíciles relaciones con los compañeros de su edad. Visualmente es nula porque todos los recursos terroríficos que pulsa están más que gastados. Se deja ver mientras se toma a broma a sí misma (además de al espectador) y se hace indigesta cuando intenta ponerse seria, es decir gore sin el atenuante del humor. Para fans de estas cosas la voz del muñeco, en la versión original, la pone Mark Hamill, mejor conocido como Luke Skywalker.

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