Akelarre | Crítica La noche eterna de las brujas

Amaia Aberasturi y Àlex Brendemühl en una imagen de 'Akelarre'. Amaia Aberasturi y Àlex Brendemühl en una imagen de 'Akelarre'.

Amaia Aberasturi y Àlex Brendemühl en una imagen de 'Akelarre'.

Los tiempos parecen propicios para hacer de los relatos ancestrales de brujas perseguidas y quemadas un pretexto para la reivindicación feminista y la denuncia heteropatriarcal, y el argentino Pablo Agüero (Salamandra) se suma a ellos con esta historia ambientada en el País Vasco de 1609 y filmada entre hermosos cuadros de luz tenebrista en formato cuadrado.

En un pueblo costero de hombres salidos a la mar, las mujeres abandonadas trabajan, cantan y juegan libres hasta la llegada de un destacamento del reino liderado por el juez Pierre de Lancre (Àlex Brendemühl, en su línea plúmbea) dispuesto a colgar en la hoguera a toda hembra sospechosa de practicar la brujería en alianza con el demonio.

Akelarre se encierra entonces en interiores, habitaciones y celdas para delinear su relato suspendido en el que la realidad del proceso inquisitorial y los vuelos oníricos de las féminas se dan el relevo en una sucesión poco fluida de imágenes de innegable belleza y sensualidad que no encuentran empero su correspondencia con la torpeza del texto escrito y dialogado y las dudosas prestaciones de un elenco que subrayan demasiado el carácter contemporáneo de la propuesta.