Mi gran pequeña granja | Crítica Una utopía sostenible (y publicitaria)

Cargado de las mejores intenciones ecologistas 2.0, este documental sobreproducido y didáctico da cuenta de la aventura de John Chester y su esposa Molly, operador de cámara y cocinera respectivamente, con la puesta en marcha de una granja tradicional y sostenible al Norte de Los Ángeles después de una vida rutinaria y urbanita.

Un proyecto inspirado por los más nobles valores del regreso a la armonía con la naturaleza y filmado a lo largo de 8 años, en el que vemos la transformación de un terreno abandonado y yermo en un vergel casi paradisiaco en el que la diversidad de especies y la regeneración del suelo han sido capaces, siempre con paciencia y sorteando numerosos obstáculos, de crear un equilibrado y autosuficiente ecosistema.    

Narrada a dos voces por el propio Chester y su esposa, que recuerdan a su perro Todd y al gurú Alan York como inspiradores del proyecto, Mi gran pequeña granja intenta sortear cierto idealismo ingenuo mostrando las contrariedades y contratiempos de su empeño (plagas, coyotes asesinos, la amenaza de las inundaciones e incendios…), pero sus formas y su retórica, cargadas de recursos narrativos y dramáticos demasiado cinematográficos (drones, música constante, cámaras lentas, embellecimiento publicitario y, sobre todo, una cierta disneyficación del mundo animal), lo contradicen y ponen bajo sospecha a cada nueva secuencia.