Para toda la muerte | Crítica El alcanfor de la comedia

En su tercer largometraje, ahora con guion de Ana Graciani, el compadre Alfonso Sánchez (El mundo es suyo, El mundo es nuestro) sigue metiendo con calzador (esa postiza voz en off del prólogo y el epílogo) el trasfondo de la crisis económica y sus consecuencias entre los curritos, familias y cuñados españoles como coartada poco convincente y pelín cínica que intenta disimular la caspa caducada de su fórmula cómica, reducida aquí a un triste y alargado sainete de portal, escalera y piso amplio sobre un patético opositor empeñado en conseguir su plaza fija de funcionario cueste lo que cueste.

Para toda la muerte estira lo que tal vez podría haberse resuelto en veinte minutos, principal lastre que se deja sentir en unas escenas interminables y sin sentido del ritmo y en una confianza ciega y sorda en los dudosos chistes escritos y las prestaciones cómicas en modo histrión de un elenco que, de nuevo con Alberto López al frente en un tipo que nos recuerda inevitablemente al bético Joaquín, suma atropelladamente caricaturas de brocha gorda y situaciones grotescas que completan el vodevil de apartes, entradas y salidas que airean a duras penas el olor a alcanfor de la propuesta.

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